Esta festividad es de las que más importancia y
esplendor tienen en la liturgia católica. Este día conmemoramos el cuerpo y la
sangre de Cristo en el sacramento de la Santa Eucaristía, celebrado en el
Jueves Santo, víspera de la Pasión. Para
introducirnos mejor al tema, nos vamos consultar la Santa Biblia, en donde nos
cuenta que después de la tan famosa última cena con sus apóstoles, Jesús les
lavo los pies a cada uno, y acto seguido tomó un pedazo de pan, elevó
oraciones, lo bendijo, entregó a los presentes un trozo y les dijo: “Tomad y comer
que este es mi cuerpo”. En seguida tomó un cáliz con vino, elevó oraciones, lo
bendijo, y de sus labios salieron las siguientes palabras: “Bebed todos de él,
que esta es mi sangre. Haced esto en memoria mía”.
Ya bien entrados en el tema, les cuento que el
origen de las fiestas de Corpus de remonta hasta el siglo V, que en aquella
época se le conocía como Natalis Calicis y se llevaba a cabo el 24 de marzo;
pero debido a la coincidencia que había con la Pasión, la fecha fue cambiada
hasta el 8 de septiembre por la Bula Transitururs, promulgada por el papa
Urbano IV en 1262.
Entre 1240 y 1246, se tienen registros de que por
aquellos años ya se celebraba en la ciudad de Lieja, Bélgica, esto gracias a
una beata de nombre Juliana de Lieja; pero cuando el papa Urbano falleció, dicha
celebración fue decayendo; esto hubiera ocurrido, si Clemente V no hubiera
intervenido en el año de 1311 para que la festividad fuera restituida. Desde
entonces la celebración llegó para quedarse, ya que fue muy bien aceptada por
la comunidad cristiana, y con el paso del tiempo se fue extendiendo a otros
países como Alemania, Italia, Francia, Inglaterra y España. Se dispuso que el
día del festejo fuera el jueves siguiente a la Octava de Pentecostés, que es la
fiesta de la Trinidad o cincuenta días después de la Pascua del Cordero.
El primer lugar donde se celebró el Corpus, fue en
la península Ibérica en Barcelona, entre los años 1319 y 1320, esto mucho
tiempo antes de que fuera aceptado en las dos Castillas, la Vieja y al Nueva.
Tiempo más tarde, cuando corría la segunda mitad del siglo XVI, estas fiestas
pasaron a ser el símbolo predilecto del catolicismo, a raíz del Concilio de
Trento.
Los festejos de Corpus tuvieron como objetivo en
España, reafirmar la religión cristiana al inculcar todos los elementos
sagrados y la vez divertir a la gente. Durante aquella época, la celebración
iniciaba con una misa en la iglesia o catedral que hubiera en la población;
luego iniciaba la procesión enarbolando la hostia sagrada, que venía resguardada
en una custodia de oro con piedras preciosas. Atrás de la custodia se podían
ver a los eclesiásticos de todas las jerarquías que había, desde los legos, hasta
los obispos; también no podían faltar los artesanos, estudiantes de seminarios,
miembros de la realeza naturalmente, embajadores, la creme de la creme de la
sociedad. En pocas palabras: nadie faltaba a evento tan importante y suntuoso.
Después de todo este grupo de personas, hacían su
aparición las plataformas que montaban los religiosos con escenas de algunos
pasajes bíblicos, para lo cual usaban figuras esculpidas o de carne y hueso;
esto daba por resultado a personajes con disfraces de todas las formas que
pudiéramos imaginar, como máscaras, héroes mitológicos, dragones, águilas,
enanos y gigantes.
En frente de las iglesias y las plazas, se
llevaba a cabo autos sacramentales,
aunque algunas veces se hacían representaciones privadas para el rey y su
corte; entre algunos entremeses más populares durante los festejos podemos
mencionar: La Creación del Mundo, El Infierno, El Jardín del Edén, El Arca de
Noé, Las Doce Tribus de Israel y Jacob y el Ángel.
Como podemos apreciar, las procesiones en Barcelona
era de las más suntuosas que podía haber, llegando a alcanzar su clímax en el
siglo XV, pero las demás provincias tampoco se querían quedar atrás, así que
también llegaron a destacar las organizadas en Valencia, Sevilla, Toledo,
Gerona y Madrid; en esta última es importante mencionar que hizo su aparición
la tarasca, el mojigón y las tarasquillas, que bailaban y gesticulaban al ritmo
de un flauta y un tambor; estas figuras tenían la función de ir señalando el
curso que seguiría la procesión al día siguiente.
En Toledo, la tarasca aparecía montada en un
personaje que llevaba el nombre de Ana Bolena, al que acompañaban cuatro
gigantes que cerraba la marcha de la procesión; estos últimos representaban un
continente que se hubiera beneficiado con la religión católica, que los
españoles hubiera llevado a otras tierras, como Asia, África, Europa y América.
En Valleruela de Pedraza Segovia, las procesiones
eran acompañadas por danzas religiosas. Entre los más destacados eran los danzantes
de la espada, que bailaban en frente de la Virgen, al tiempo que tocaban sus
castañuelas; iban ataviados con faldas blancas con adornos rojos
y albas blusas, en la cabeza portaban mitras emplumadas, en los hombros
y mangas llevaban colgando cintas de colores. En la catedral de Sevilla se
presentaban los chicos de coro, a los que se les conocía como seises, quienes
bailaban y cantaban frente a la custodia ataviados como ángeles y tocados con
guirnaldas de flores.
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