Corría el año de 1740, cuando era virrey de la Nueva España don
Juan de Acuña y Bejarano, marqués de Casafuerte y caballero de la Orden de
Santiago, y asunto extraño: era oriundo de Perú.
En aquel año en particular, trascurría un frío y cruel invierno
que calaba hasta los huesos, haciendo que la ciudad se volviera más lenta;
sucedió que por estos días el coronel prior del Consulado don Juan Gutiérrez
Rubín de Celis cayó profundamente enamorado de la hermosa y joven sobrina del
virrey, doña Sara de García Somera y Acuña. La hermosa dama contaba con
solamente dieciocho años de edad, en plena flor de la vida; con estos atributos
no era de asombrarse que todo el tiempo se pudieran ver pretendientes rondando
por su casa, ubicada en la segunda calle del Relox (hoy república de
Argentina). Decían los caballeros más atrevidos que su hermoso y bien formado
cuerpo iluminaba cualquier alcoba.
¿Dónde conoció don Juan a la bella dama? Fue en una fiesta en el
palacio virreinal en que la vio por primera vez, y desde ese día comenzó a cortejarla;
desde luego Sara se dejaba querer, pero se negaba a darle en tan anhelado “si”.
¿Quién era aquel caballero enamorado como jovencito? Era un buen
hombre de noble alcurnia, que llegara a la Nueva España con una gran fortuna,
la cual acrecentó al igual que su fama de potentado; por si esto fuera poco,
tenía un importante cargo en la Aduana al servicio del rey. Todas estas
cualidades le habían otorgado una muy buena reputación, a la que su dinero
había contribuido en gran medida. Se le podía ver en cuanto sarao había, pues
su estatus de caballero de la Orden Militar de Santiago le daba todo el derecho
del mundo.
El amor de don Juan hubiera sido perfecto, si no hubiera tenido
una gran desventaja en su contra, que ni todo su dinero podía cambiar: su edad,
pues tenía ya casi los sesenta años. Para el eso no importaba, dicen que el
amor no tiene edad y mientras haya ganas de vivir y mucho entusiasmo, hasta se
puede rejuvenecer un poco; esto precisamente le sucedió al caballero enamorado,
a quien se le podía ver caminando más erguido, con más energía y vitalidad, por
dentro se sentía más joven.
Como todo hombre rico que se precie, don Juan llevaba la
ostentación al extremo. Toda su vida se le había visto trasladarse en su litera
o en una carroza jalada por los más finos caballos; ambos medios de transporte
estaban recubiertos de seda, decoradas con cortinillas de terciopelo rojo y
bordadas con hilos de oro y plata. Ya desde 1716 tenía fama de ostentoso, y más
cuando asistió a los festejos de la toma de posesión del virrey don Baltasar de
Zúñiga Guzmán Sotomayor y Mendoza, marqués de Valero y duque de Arión,
perteneciente a la cámara de Su Majestad. Cabe destacar que el nuevo virrey fue
el primer gobernante en llegar soltero a la Nueva España, ya que era muy joven
y por desgracia también murió joven,
después de dejar durante cinco años el gobierno virreinal. Hay documentación que
corrobora su prematuro deceso, en donde dice que en el año de 1722 enviaron a
Madrid su corazón para que fuera guardado en el convento de las monjas
capuchinas. Aquel gobernante siempre se caracterizó por lucir siempre de lo más
elegante, y en ocasiones especiales le gustaba lucir una gran peluca blanca al
estilo Luis XV.
En una de aquellas fiestas, en especial la celebrada en el año de
1716, asistió el infaltable don Juan Gutiérrez Rubín con 14 años menos en su
haber; en aquella ocasión el caballero se fue al extremo en lujo y ostentación:
llegó con su traje tapizado de joyas, con hermosos bordados de perlas e
incrustaciones de pedrería, cadenas, anillos, alfileres de oro prendidos sobre
la seda blanca con encajes en cuellos y pecho, broches de oro y plata en su
sombrero de ala ancha, hebillas de oro en su calzado y las incrustaciones de
rubíes en las empuñaduras de su espada y daga ambas de lo mejor de Toledo. El
acaudalado caballero no perdía la oportunidad de exhibir su riqueza en el
palacio virreinal, ya que las joyas con ese brillo espectacular que tienen, es
imposible que pasen inadvertidas bajo las luces de las lámparas de aceite.
El tiempo pasó y a don Juan le dio por enamorarse ya hasta los
sesenta años, cuando conoció a la bella jovencita sobrina del virrey marqués de
Casafuerte; sin embargo, doña Sara dudaba en aceptar la propuesta de matrimonio
del viejo rejuvenecido, pero fue tanta su insistencia, que finalmente le puso
una condición aconsejada por su tío: le daba un plazo de seis meses para que
terminara de construir el edificio de la Aduana que se encontraba en muy malas
condiciones. ¡Eso era imposible! ¿Cómo construir un edificio en tan poco
tiempo? El viejo salió de la casa de su amada con el ánimo en el suelo, pero su
ánimo se vio otra vez arriba cuando leyó un verso del “Libro del buen amor”,
del Arcipreste de Hita:
Esta dueña me hirió con saeta
envenenada,
Me atravesó el corazón y la
traigo en él clavada;
No la puedo arrancar por más
fuerza que haga,
La llaga va en aumento y el dolor
no aminora nada.
¡Solo tenía seis meses! ¡Había que empezar lo antes posible! En el
acto don Juan de Celis fue a buscar al arquitecto más reconocido de la época,
don Pedro de Arrieta, quien le dijo que terminar un edificio así en tan poco
tiempo era prácticamente imposible, apurándose le quedaría en dos años. Ante la
respuesta negativa del constructor, el rejuvenecido caballero fue con todos los
arquitectos que había, pero todos le salieron con lo mismo.
Desesperado por conseguir el amor de doña Sara, decide el mismo
dirigir la obra. Contrató a negros, criollos, españoles, indios, mestizos y a
cuanta gente estuviera dispuesta a trabajar, ahora si ¡manos a la obra! El
trabajo comenzaba desde las seis de la mañana y concluía hasta las ocho de la
noche. A don Juan incluso se le ocurrió que vinieran las esposas de los
trabajadores para que ahí mismo les dieran de comer y beber; muchos indios y
mulatos dormían en el lugar de la obra, son Juan les había proporcionado los suficientes
petates y cobijas para tenerlos cerca.
Los días iban pasando rápidamente, y con ellos el insomnio del
caballero iba en aumento, debido a que la obra iba avanzando muy lentamente; ya
iba para el cuarto mes y tuvo que contratar más gente. Los canteros,
carpinteros y herreros comenzaron a trabajar de noche.
Cuando faltaba solamente un mes para que el plazo llegara a su
fin, apenas empezaban a poner las vigas del techo de la segunda planta; todo
era trabajo, trabajo y más trabajo, no había tiempo que perder, cada minuto y
cada segundo eran valiosos. El tiempo pasó, y cuando ya faltaban escasos
quinces días, don Juan regañó a los herreros porque la herrería de los balcones
y de los pasillos estaba bastante mal hecha, pero no había tiempo para volverla
a hacer, ya como cayera, el chiste era terminar la obra.
Por fin llegó el 28 de junio de 1741 día en que el plazo llegaba a
su vencimiento; los habitantes hasta se levantaron temprano presas de la
curiosidad y el morbo. Don Juan Gutiérrez, vestido con sus mejores galas, con
una nerviosa sonrisa y su corazón aceleradas palpitaciones, subió a su carruaje
y se dirigió a la casa de su amada; al llegar tembloroso le dijo que había
cumplido con la condición que le había pedido y ahora era el turno de ella de
cumplir su palabra. A la doncella le costaba trabajo creer tal cosa, hasta que
el caballero le entregó sobre un cojín de terciopelo rojo, las llaves de la
Aduana; halagada doña Sara tomó las llaves y esbozó una sonrisa.
En agosto del mismo año la pareja contrajo nupcias en la Catedral:
la bella jovencita de dieciocho primaveras y el hombre de sesenta con todo y su
rejuvenecida de amor. Toda la gente más importante de la época fue invitada a
la boda, y como siempre no faltan los colados que se metieron con un pequeño
soborno a los guardias, que ya andaban bien borrachos.
Desde aquel día, don Juan vivió muy feliz el resto de sus días; en
cuanto a doña Sara, nadie lo sabe. Pero los que si podemos saber, es que la
Aduana está en frente de la Plaza de Santo Domingo, recordándonos que para el
amor no hay obstáculos ni cosas imposibles de hacer, con tal de estar con la
persona amada.
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