Cuando al fin llegaba el tan esperado Viernes de Dolores, día grande de animación en la Capital de la Nueva España, ya sea por ser el onomástico de muchas personas, o por la conmemoración del sufrimiento de la Santísima Virgen. Para estos actos civiles y religiosos, la ciudad tenía más actividad que nunca, pues todos salían a comprar todo lo necesario para fiesta de la Lolita, o las flores y adornos para los altares, acto que iniciaba en el ya famoso paseo de las flores. Apenas sonaban las primeras campanadas matutinas y las bandas militares, las calles que conducían a la de Roldán se hallaban llenas de multitudes de gente. Dicha calle no se distinguía por ser agradable, tenía un aspecto desagradable que le daba, los vetustos y destartalados paredones del convento de la Merced, donde estaban abiertas puertas y ventanas sin que siguieran algún orden, y en la acera opuesta se levantaban casas particulares, ruines y desaseadas. La mitad de la calle era tierra, y la otra mitas era pura agua, que bañaba los conventuales muros, que las leyes de Reforma se encargaron de derribar.
Entre las nueve y diez de la mañana todas las personas se retiraban ya fuera en carruajes a pie, para entregarse en cuerpo y alma a la larga faena de montar el altar de Dolores; se echaba mano de una mesa, algunos cajones de madera y a veces de cofres, después se colocaban de manera simétrica y luego se clavaba en la pared una cortina blanca o de color, de lino o seda; bajo esta se colgaba el cuadro de la Virgen y sobre el la imagen del Santo Cristo. El altar también era forrado con lienzos blancos adornados con moños y listones de colores; ya por último se procedía a adornarlo. Algunos ayudaban a dorar las naranjas y en hacer banderitas con popotes y hojillas de plata y oro volador, otros más se encargaban de preparar las aguas de colores con que habían de llenarse copas, botellones y todo recipiente de cristal disponible en la casa. Eran sacados de su entierro los sembrados amarillos, y los eran traídos de los corredores y azotehuelas los verdes, así como también las plantas con los mejores follajes y flores; mientras las sirvientas comenzaban a moler en sus metates grandes cantidades de pepitas de melón, echaban a remojar la chía, el tamarindo, el perifollo y la flor de Jamaica, exprimían limones y por último hacían polvo la canela. En una gran olla era agregada azúcar, azúcar y más azúcar al agua, probándola de vez en cuando para checar el punto de dulce adecuado. Los procedimientos e ingredientes para la elaboración de las aguas variaba según los recursos económicos dela familia, y no faltaba algún estudiante de química que aplicara sus conocimientos o alguien que era muy entendido en estos temas.
Los ingredientes utilizados para teñir las aguas eran:
- Coloradas- pétalos de amapola
- Tornasoladas- los mismos con una piedra de alumbre
- Doradas- cochinilla y alumbres
- Carmesíes- palo de Campeche
- Purpúreas con vivos de fuego-> flor de Jamaica, o carmín púrpura disuelto en amoniaco
- Azules- sulfato de cobre amoniacal
- Verdes- el mismo sulfato de cobre con unas gotas de ácido clorhídrico
- Amarillas- solución acidulada de cromato amarillo neutro, adicionado con carbonato de potasa en pequeña cantidad
Una vez que se reunía todo lo necesario, se procedía a colocar sobre el altar al menos doce velas adornadas con las banderitas doradas y plateadas colocadas en candeleros, las plantitas que habían sido sembradas con anticipación, las naranjas pintadas, etc.
Llegaba entonces la noche tan esperada, cuando las luces del altar proyectaban unos rayos luminosos de vivísimos colores. Después del rezo en algunas cosas, y de la ejecución de algunas piezas musicales, seguían amenas conversaciones sobre el buen gusto con que se había decorado el altar, sus variados y graciosos adornos, las pinturas de Jesucristo y los siete puñalitos clavados el seno de María para expresar los siente dolores. Las conversaciones eran acompañadas por algunas piezas musicales; mientras todos pasaban un buen rato las sirvientas entraban con enormes charolas sobre las que traían vasos de cristal abrillantado para ofrecer las famosas aguas.
Lo que resultaba un auténtico milagro era la resistencia de aquellos estómagos, que soportaban de manera estoica los excesos en las comidas y las aguas coloreadas, pues era obligatorio que los invitados probaran todos los sabores disponibles.
Durante la conmemoración de los dolores de María, los principales templos de la Capital celebraban ceremonias a todas horas del día, a las que asistían un gran número de almas caritativas. Durante la mañana habían misas solemnes, en las cuáles se cumplía en el Sagrario el precepto anual de los alumnos del Colegio de Minería y los de San Juan de Letrán en la capilla de su Colegio; por la tarde la solemne procesión del Templo de la Santa Cruz, y por la noche el ejercicio de las tres horas en la Tercera Orden de Santo Domingo y en la Santa Escuela del Espíritu Santo. En algunos Colegios, como en el de San Gregorio, los grupos de estudiantes levantaban en sus respectivas aulas altares a la Virgen de Dolores, y los rectores acompañados de algunos catedráticos los visitaban, prestando atención especial a las imágenes que los alumnos habían hecho conducir a sus casas.
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