domingo, 22 de marzo de 2009

La venganza del Caballero Escarlata

La calzada de Tlacopan (Tacuba), corría desde atrás de la Catedral, hasta la Talxpana, pero algunos tramos tuvieron nombres diferentes, por ejemplo: san Hipólito, Puente de Alvarado, Rivera de san Cosme, etc. Un tramo de ésta calzada, hoy Primera y Tercera de Tacuba, llamose San Andrés; se le dio ese nombre, debido a que, en un tiempo hubo un colegio con ese nombre en dicho tramo. Lo ocupaban las Jesuitas, quienes al ser expulsados (1767) se dispuso que pasara a ese edificio el colegio de San Juan de Letrán.
Por 1779, precisamente cuando apareció en la Nueva España la epidemia de viruelas, habíase terminado de construir una elegante casona junto a dicho colegio, la cuál pasó a ocupar Mariana de Añorve y sus tíos y tutores Pablo y Jerónimo.
Si bien, en la literatura universal amorosa, ha habido célebres parejas como Romeo y Julieta y Abelardo y Eloísa, Mariana y Juventino de Muñoz, fueron la pareja más famosa de enamorados de la Nueva España. No hubo amor más puro y sincero que el que esa pareja, que aguardaba un navío de España para casarse. Navío en el cuál, los padres de Juventino le enviarían inmensa fortuna para que el galán pudiese pagar esponsales, y fincar su futuro.
Pero una corriente perversa se oponía a la celebración del matrimonio: Don Pablo y Don Jerónimo, tíos de Mariana, éstos rechazaban el matrimonio, porque tendría que rendir cuentas de bienes y fortuna a su sobrina y en intento desesperado de reponer las pérdidas económicas decidieron probar suerte en el juego. Pero así como aumentaba cada día el amor de Juventino y Mariana, así jugaban noche y día con desesperación, apostando cada vez sumas más fuertes; pero en vez de ganar las partidas las perdían y claro, la fortuna de Mariana iba disminuyendo día con día. Las celebraciones de sus esporádicas ganancias se prolongaban hasta la madrugada en varias tabernas de la Nueva España. Durante varias semanas fueron estas las actividades de los perversos tíos de la enamorada Mariana: juego y francachelas.
Al fin un día, llegó Juventino de Muñoz a la casa de su amada y llamó ansiosamente al zaguán, había angustia, casi terror en su rostro, cuando entró a la casa y le habló a Mariana; al saber la urgencia con que los llamó el joven, los tíos temieron que habían sido descubiertos; pero en la mente de Jerónimo hubo algo más que temor: MALDAD Y MUERTE; fue el quien se enfrentó al muchacho, pero cuando habló en galán, hubo un gran tono de tristeza en sus palabras y la joven, viendo la actitud de su amado, intervino para que hablara de lo que aquejaba su alma, entonces Juventino relató su triste historia: el navío que traía su herencia naufragó en las traidoras aguas de Florida y sin ese dinero no podría pagar la dote para desposarse con su amada.
La revelación llenó de júbilo a los tíos, pues no casándose con Mariana, no tendrían que rendir cuentas de la mermada herencia. Don Jerónimo se adelantó fingiendo pesadumbre, al tiempo que su perversa mente fraguó un plan: el tío le dijo al muchacho que la boda no se cancelaría, pues el un hombre de bien y con buenas amistades, pronto amasaría una gran fortuna.
En esos momentos Juventino, el enamorado galán hizo un juramento que iba a dar origen a esta leyenda: mientras el fuego de su amor no se extinguiera y su corazón siguiera latiendo el siempre vestiría de color escarlata.
A partir de aquel día, la figura de Juventino de Muñoz fue una de las más admiradas en la capital de Nueva España; pasaba el tiempo, el joven se hizo famoso, tanto como Mariana pobre, pues sus tíos continuaron dilapidando su fortuna en el juego; durante el trayecto de la casa de juego a su casona, Pablo no pudo preguntar nada a su hermano, pero al fin se decidió: no les alcanzaba el dinero para pagar una deuda de juego, discutieron lo que iban a hacer al respecto y finalmente decidieron ir a pedir un préstamo a Don Lizardo de Zavaleta, un hombre avaro.
Al otro día fueron con el prestamista a primera hora, pero la garantía que les pidió el viejo y repulsivo avaro a los tíos de Mariana, no fue cuantiosa, pero su increíble: ¡la misma Mariana como esposa!; a cambio de devolverles su fortuna intacta. Pero había un problema; la joven ya estaba comprometida con el caballero escarlata, la forma en que iban a quitar del en medio a Juventino fue de los más cruel y cobarde: ¡el asesinato por medio del puñal!; armados como los truhanes, de puñales, aguardaron a que el joven se acercara a su casa y acto seguido le clavó el arma blanca en el pecho; sin embargo la flaqueza de Pablo al causar la muerte, Juventino cayó agonizante al suelo.
Fue tal la fuerza del golpe, que el puñal de Don Jerónimo quedó clavado hasta la empuñadura en el pecho del galán; próximo a la muerte lanzó su segundo juramento: juró ante Dios vengar su propia muerte y pidió permiso para quedarse en el mundo terrenal a velar por su amada.
Pablo y Jerónimo de Añorve huyeron como los criminales, mientras Juventino lanzaba su último suspiro.
Varias semanas Mariana vistió de luto y lloró inconsolable la muerte del amado; después hizo saber su intención de entrar de novicia a un convento; entonces, ante situación tan desesperada, decidieron decirle la verdad: habían perdido la mayor parte de la fortuna en “negocios” y no había para la dote conventual; pero no todo estaba perdido, ya que podía casarse con algún hombre rico y acaudalado, exactamente el avaro prestamista. Mariana muy confundida, no supo que responder y dijo a sus tíos que hicieran con ella lo que les viniera en gana. Pero cuando los tíos con la buena noticia al viejo avaro les dio la gran sorpresa: sabiendo que ellos le habían dado muerte al joven de la manera más cobarde y vil, decidió romper cualquier tipo de trato con los tíos y nunca volverlos a ver. A partir de entonces, la sangre de Juventino de Muñoz pareció cerrar toda puerta y camino a los dos perversos hermanos de Añorve; cuando vieron que no tenían más que un último recurso, después de haberlo intentado todo, y cometido un crimen, llevaron a su casa a jugar a quien debían: con este caballero tenían una deuda de juego y en dado que perdieran, el podría llevarse a Mariana y los ojos de Don Pedro Agüeros; que era un caballero sin moral y consumado tahúr, brincaron de lujuria, éste hombre comprendiendo que de otra manera jamás le pagarían aquellos hombres, pronunció solo una palabra: ¡Aceptada!
Jugaron las primeras manos de aquella partida vergonzosa; las frentes perladas de sudor y las manos temblorosas, indicaban que los hermanos de Añorve iban perdiendo; poseídos de nerviosismo y desesperación, lo arriesgaron todo a una sola carta, pero desgraciadamente perdieron.
La inocente Mariana no lloró, no gritó ni protestó ante el atentado; bien sabía que todo era inútil. Partió el carruaje a toda velocidad, llevándose su preciada carga; pero cuando apenas había salido de la ciudad, un inesperado personaje, un jinete misterioso comenzó a seguir al carruaje, cubriendo su identidad en las sombras de la noche, le fue a la zaga hasta que llegaron al coto de caza de aquel tahúr inmoral; Don Pedro bajó a la inerte Mariana, pero en esos momentos escuchó una voz siniestra: era Juventino de Muñoz al rescate de su amada, pero esta vez convertido en un horrible y espeluznante espectro. Antes de desmayarse de terror, Mariana pronunció algunas palabras: ¡Juventino! ¡Oh pobre amado mío!
Pero más aterrorizado don Pedro ente aparición tan espantosa, devolvió a la doncella a su carruaje, bajo las indicaciones del espectro. Quedó el tahúr petrificado allí, mientras el “Caballero Escarlata” subía al pescante para guiar a los caballos hacia la cuidad, y lo que había sido cosa de horas, se realizó en segundos; el carruaje entró a la capital de Nueva España; pero ésta causó pavor entre los noctívagos habitantes que tuvieron la desgracia de verlo.
El “Caballero Escarlata” devolvió sana y salva a Doña Mariana a las puertas de su casa y la joven le pidió a su amado le ayudara a poder entrar de novicia a un convento y después de cumplir esto que Dios le concediera el descanso eterno. Mientras tanto los malvados tíos estaban jugando a los naipes, cuando macabros acontecimientos ocurrían y cuando dijeron que respaldarían su apuesta con una casa, propiedad de su sobrina; en ese momento el espectro hizo acto de presencia. Al mismo tiempo que los hermanos reconocieron la voz de Juventino de Muñoz, miran hacia el jugador hallándose ante el horrible espectro; los dos jugadores se miraron extrañados, pues no lo podían ver. Con el terror retratado en sus rostros, los dos hermanos salieron de la taberna y pararon un carruaje para que los llevara a su casa, pero entonces volvió a sonar la voz cavernosa del espectro, causando mayor pavura en los hermanos.
A partir de aquella noche, el fantasma del “Caballero Escarlata” no los dejó salir a la calle; acorralados, aterrorizados, sin otra salida, imploraron el perdón del espectro una noche y dictó entonces su sentencia: pedir limosna para juntar el dinero de la dote y una vez hecho esto, confesar a la ley su crimen.
Dice la leyenda y asientan documentos, que los tíos imploraron la caridad pública, reunieron en dos años la dote conventual y pagaron tan nefando crimen con sus vidas en la horca.
Pero el vulgo que conoció de esto, dio en asegurar que el “Caballero Escarlata” seguía apareciéndose en defensa de enamorados en desgracia, o sea, un espectro pavoroso embellecido con la leyenda.
Como dato curioso les diré que a la iglesia del colegio vecino a la casa de Mariana, se trajo el cadáver de Maximiliano embalsamado; y se dice que Juárez y Lerdo de Tejada efectuaron a media noche y con mucho sigilo, una visita al cadáver del archiduque; era al efecto gobernador José Baz, quien acompañó a los dos personajes.
Y por cierto que las personas adictas al imperio concurrieron en forma tumultuosa, y se dieron a criticar el fusilamiento de Maximiliano, esos mexicanos desorientados, criticaron duramente al gobierno de Juárez y dieron en llamar aquella iglesia “La capilla del Mártir”; pero ninguno se comprometió a hacerlo en el tiempo corto que quería Baz. Y entonces el tomó la cosa por su cuenta.Acompañado de una cuadrilla de gentes, una noche casi demolió la capilla, y luego le prendió fuego a todo con aguarrás; el incendio se propagó rápidamente y terminó también con la casa que ocupara Mariana de Añorve. De la casona no queda nada, ni del colegio de Jesuitas, lo que quedó se demolió durante el gobierno de Porfirio Díaz para construir ahí, la dirección de correos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

LA HISTORIA ES BUENA , PERO LE FALTAN LETRAS ,NO ESTÁ IMPECABLE ,
ME REFIERO A QUE LE RESTA CACHÉ .
AUN TODO, ME ENCANTAN LAS LEYENDAS
COLONIALES,ENHORABUENA .