
El arzobispo don Pedro Moya de Contreras el 26 de septiembre de 1585, dio la licencia para la construcción de este monasterio, con la advocación de Señor San Jerónimo. Para que se cumpliera el objetivo se mandó “…sacar y traer el convento de la Limpia Concepción de Nuestra Señora, monjas profesas de antigüedad, aprobación y santa vida…” para que iniciar en la vida conventual a sus aspirantes.
Los patronos fueron Doña Isabel de Barrios y su esposo Don Diego de Guzmán, quienes acondicionaron en su totalidad el lugar.
Las monjas concepcionistas salieron de su casa veladas y en solemne procesión caminaron a su nueva morada, acompañadas de funcionarios eclesiásticos y civiles y del pueblo, que siempre se encontraba presente en estos eventos. La patrona y fundadora las recibió en la entrada del templo y automáticamente pidió un hábito, convirtiéndose en la primera novicia. El templo fue donado por don Luis Maldonado y fue consagrado en 1626 bajo la advocación de San Jerónimo y Santa Paula. Estos conventos, que eran muy grandes tenían otras “sucursales” de índole monjil: cocinas, huerta y refectorios; entre los corredores y claustros, los baños, celdas, salas de labor y salas de penitencia; enfermería, lavaderos, adoratorios y los lugares más concurridos: la portería y los locutorios ó rejas, donde las monjas podían recibir a sus visitas en presencia de una religiosa escucha y del otro lado de la reja sus visitantes. El convento hasta llegó a tener una cárcel para “la que no cumpliera lo que debe por amor, sea obligada a cumplirlo por temor”.
Las monjas se dedicaban exclusivamente a los rezos, elaboración de dulces, las ocupaciones en la sala de labor y la educación de las niñas puestas a su cargo y en cuanto a las labores domésticas, sus criadas eran las encargadas.
Un dato importante es que Juana de Asbaje, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz ingresó a los diez años de edad, escribió acerca de la clausura:
Los patronos fueron Doña Isabel de Barrios y su esposo Don Diego de Guzmán, quienes acondicionaron en su totalidad el lugar.
Las monjas concepcionistas salieron de su casa veladas y en solemne procesión caminaron a su nueva morada, acompañadas de funcionarios eclesiásticos y civiles y del pueblo, que siempre se encontraba presente en estos eventos. La patrona y fundadora las recibió en la entrada del templo y automáticamente pidió un hábito, convirtiéndose en la primera novicia. El templo fue donado por don Luis Maldonado y fue consagrado en 1626 bajo la advocación de San Jerónimo y Santa Paula. Estos conventos, que eran muy grandes tenían otras “sucursales” de índole monjil: cocinas, huerta y refectorios; entre los corredores y claustros, los baños, celdas, salas de labor y salas de penitencia; enfermería, lavaderos, adoratorios y los lugares más concurridos: la portería y los locutorios ó rejas, donde las monjas podían recibir a sus visitas en presencia de una religiosa escucha y del otro lado de la reja sus visitantes. El convento hasta llegó a tener una cárcel para “la que no cumpliera lo que debe por amor, sea obligada a cumplirlo por temor”.
Las monjas se dedicaban exclusivamente a los rezos, elaboración de dulces, las ocupaciones en la sala de labor y la educación de las niñas puestas a su cargo y en cuanto a las labores domésticas, sus criadas eran las encargadas.
Un dato importante es que Juana de Asbaje, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz ingresó a los diez años de edad, escribió acerca de la clausura:
“Para el alma no hay encierro ni prisiones que la impidan,
porque solo la aprisionan las que se forja ella misma”
Después de la exclaustración el convento tuvo múltiples usos, incluyendo un popular cabaret llamado “El Esmirna”. Afortunadamente fue restaurado y actualmente funciona como universidad de estudios humanísticos. Se pueden visitar pequeñas salas acondicionadas como museo, donde se exhiben restos de los baños y cerámica, los patios y el templo, por supuesto con sus coros y en donde se encontraron, parece ser, los restos de sor Juana Inés de la Cruz.
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