domingo, 19 de diciembre de 2010

El tenedor de libros

Sentado delante de una mesa sobrecargada con grandes libros, vuelto de espaldas a la chimenea, y con medias mangas de lustrina, que le suben hasta el codo, se haya trabajando Santiago Ferlac: máquina fatalmente destinado a estampar nombre y cifras, desde la mañana hasta la noche.

Un año hace que lleva los libros de la casa Durand, percibiendo como sueldo, ciento veinticinco francos mensuales. Mezquina es la cantidad, tanto más que Santiago Ferlac tiene una hija que educar. ¡Y cuántas privaciones deberá imponerse para que ella no carezca de lo más indispensable!

En el reloj del escritorio suenan lentamente seis campanadas. Es la hora de libertad para Santiago, que se levanta y se restriega los ojos fatigados por la luz de gas, tira de las sobremangas que guarda cuidadosamente dentro de un cajón, pónese gabán y sombrero; y apoyando la mano sobre el botón del cristal, abre la puerta que le separa del almacén, el cuál es grande, espacioso.

Dependientes van y vienen de derecha a izquierda, y por todos lados: unos leen periódicos; otros, bostezando, forman gallitos de papel, que van alineando por orden de tamaño sobre un banco.

De repente, todo vuelve al orden: en un abrir y cerrar de ojos, periódicos y gallitos de papel, que van alineando por orden de tamaño sobre un banco.

De repente, todo vuelve al orden: en abrir y cerrar de ojos, periódicos y gallitos han desaparecido, los laboriosos dependientes arreglan y acomodan las piezas de tela, que, esparcidas aquí y allá, se habían extendido, durante el día, para la venta.

Más…. ¿de donde proviene tan brusco cambio? Simplemente de que se ha oído a alguien, que sube la escalera, sonarse con estrépito. Y ese alguien, los dependientes lo saben muy bien, no puede ser sino su patrón, el señor Durand, que con el acostumbrado trompetazo, les anuncia su llegada.

Ha entrado el señor Durand, que es un hombre alto y seco, de mirada de águila.

Lanza luego, en torno suyo, una rápida ojeada de investigación, y encontrándose con Santiago, que tímidamente le da vueltas al sombrero entre dos dedos:

- ¡Hola! ¿Qué tal va la contabilidad?… le pregunta.

- Pues… bien, señor… - contesta apenas el aludido, sigue allí inmóvil, vacilando, porque tiene algo que decir y no se atreve.

Al fin, armándose de todo su valor:

- Señor… - empieza, tan quedo, como si fuera a confesar un crimen… no soy rico, usted lo sabe… ¿Tendría inconveniente en facilitarme alguna cosa a cuenta de mi mes?

El patrón, de pronto, arruga el entrecejo; pero como en el fondo es un buen hombre, al observar el aire contristado de Santiago, responde:

- No acostumbro hacer anticipos, usted lo sabe; pero, en fin, comprendo; mañana es Noche Buena, y usted necesitará fondos. Vamos, pase a la caja para que le ministren a cuenta de su mes, unos cincuenta francos; el resto de su mensualidad se le completará el día 31.

Santiago, entre mil demostraciones de agradecimiento, se adelanta hacia el ventanillo, donde le prestan en filas tres monedas de oro, las cuáles han recogido y deslizado con precaución en su viejo portamonedas. Sale por fin del almacén, saludando al patrón primero, y luego a los dependientes, sin advertir, según parece, las sonrisas irónicas que estos últimos le dirigen.

Al llegar a la calle, un frío penetrante le sacude. Súmese entonces hasta las orejas el cuello del gabán, húndese el sombrero en la cabeza, y con las manos en los bolsillos, oprimiendo cariñosamente el dicho portamonedas, se aleja a grandes pasos y lanza, de cuando en cuando, una mirada a los curiosos objetos que los aparadores están exhibiendo.

Los juguetes le atraen; uno, sobre todo. Es un escaparate inundado de luz, donde los juguetes de diversas clases se hallan reunidos en abigarrada confusión, una muñeca, blonda y rizada, con grandes ojos de esmalte, sonríe, tendiendo hacia el sus manos llenas de hojiyos.

Una alucinación le perturba. ¡Si, no cabe duda, esa muñeca se parece a su Gabriela!

Entonces se olvida de que es pobre, vehementísimos deseos le acometen de comprar aquella muñeca para ofrecérsela a su niña.

- ¡Ah… pero debe costar caro! – se dice.

Y continúa allí parado, indeciso, preguntándose si entrará ó no.

En eso, la dueña del almacén aparece en el umbral de la puerta. Es una señora ya de edad y de figura respetable y simpática.

Santiago avanza señalando con cierta cortedad a la muñeca. - ¿Podría usted, señora, informarme del precio de este juguete? – Para usted, caballero, voy a enseñárselo.

Santiago penetra en el almacén tras de la propietaria, que abre el aparador, y tomando a la preciosa rubia, consulta una etiqueta que pende de uno de los dedos.

- Veinte francos, - dice.

Pero como el semblante del modesto caballero expresa la sorpresa, la interrogada creyó conveniente añadir:

- ¡No es cara! ¡Vea usted que linda! Mueve la cabeza, cierra los ojos… Y al decir esto, se la acuesta en los brazos, para que muestre a Santiago sus párpados cerrados.

El la contempla y se figura ver a su hija dormida.

Desesperado toca, oprime el portamonedas.

- ¡No puedo, - dice al fin – no puedo, es muy cara!

Y su semblante denuncia tal dolor, que la buena señora conmovida, le pregunta:

- ¿Era para su hija de usted?

- Si, señora; y por desgracia no soy rico. Tenedor de libros en una sola casa, dispongo del tiempo necesario para trabajar en otras; y las he buscado, pero, con tan mala fortuna, que hasta hora no he podido encontrar... ¡Es bien poco los que gano! Y luego, a fin de que a la niña no le falta nada, hace mucho tiempo que llevo esta misma levita, aunque las gentes rían al verme pasar, porque eso no me preocupa. Una sola caricia suya me basta para olvidar todas esas pequeñas miserias. Con tal de que ella sea feliz, yo también lo soy. Mañana es la Noche Buena, a ella le encantan los juguetes. Oh! si, sus ojos le revelan claramente cuando salimos a paseo; nada dice la remonísima… porque es tan razonable… con sus ocho años. ¡Si usted viera lo bien que se da cuenta de nuestra situación…! Al pasar por aquí, y ver esta muñeca que tanto se le parece, he sentido así, de pronto, no se porque, el vivo deseo de comprarla. Ahora, si usted pudiera rebajar algo del precio que me ha pedido, yo señora… al cabo, la compraría, porque no quiero haber molestado a usted inútilmente.

La señora enternecida escuchaba:

- Tómela usted – acabó por decirle, con voz segura; - se la dejaré al precio de costo, doce francos; pero no lo diga a nadie.

Y sin esperar respuesta, continuó:

Además, todo podrá arreglarse bien, usted, según me ha informado, es tenedor de libros, y yo, precisamente, deseaba uno. Hasta ahora yo misma me ocupaba de los papeles de la casa, pero como voy haciéndome vieja, tengo necesidad de alguien para labores. Venga usted, pues, a desempeñarlas, tan pronto como pueda, y tráigame a su hijita: yo adoro a los niños, por consiguiente, tendré un verdadero placer en conocerla… ¡Ah! Olvidaba decirle a usted que le pagaré ciento cincuenta francos al mes.

- ¡Ciento cincuenta francos! – repetía gozoso Ferlac.

- ¡Dios mío! ¡Eso junto con lo que gano ya, la riqueza!... ¡Oh, señora, que buena, cuan buena es usted! Y Santiago Ferlac rompió a llorar como un niño.

Entre tanto, el almacén se llenaba de gente, y el partió llevándose a su muñueca.

Momentos después sintiéndose verdaderamente feliz, llegaba a su casa.

Al entrar, una niña encantadora, de ocho años, corrió al encuentro, abrazándole y besándole cariñosamente.

- ¿Por qué vuelves tan tarde?

Más como desde luego fijara con seriedad sus grandes ojos en el paquete que traía su padre, éste le dijo sonriente:

- ¡Mira, mi Gabriela, mira lo que el niño Dios me ha enviado para ti!

Ella desenvolvió el paquete: acostada dentro de una caja forrada de seda, apareció la muñeca.

Y no pudo más, pero en sus ojos brilló una perla, una lágrima.

- ¡Ah padre! – exclamó.

Verdad era, pues, aquella niña comprendía.

A poco, rodeando con sus brazos el cuello de Santiago, y entre inflexiones de voz, a cuál más tiernas:

- ¡Cuánto me quieres! – dijo… -Pero yo también te quiero mucho, ¿eh? ¡mucho!

Estático ante la inmensa alegría de su hija, Santiago Ferlac olvidaba todo. De súbito se acordó:

- Oye Gabriela, vamos a ser ricos.

Y sentándose y poniéndola sobre sus rodillas, le contó lo bueno que había sido para con ellos el Niño Dios.

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