domingo, 15 de enero de 2012

Iglesia de la Santa Veracruz


Hernán Cortés fundo la Archicofradía de la Cruz para dar gracias por haber llegado a Veracruz, el Viernes Santo de 1519 cuando piso por vez primera tierras mexicanas; y por tal motivo se le bautizó al puerto  de esa manera. Es la segunda parroquia más antigua de la ciudad, junto con Santa Catarina.
En dicha asociación solo podrían  participar  las personas más importantes de la cuidad, solicitando su ingreso los títulos de Castilla y los mayorazgos, quienes tuvieron pase automático; en cuanto al virrey, se le postuló como jefe de la aristocrática hermandad. Todos los integrantes querían que se les diera el estatus de orden militar, así como los de Calatrava, Montesa, Santiago y Alcántara, para así tener el título tan rimbombante de “Caballeros de la Santa Veracruz”, y sobre el pecho portaban orgullosos unas cruces rojas.
Una vez formada la asociación, sus integrantes pidieron al Ayuntamiento que se les concediera un terreno para establecer una iglesia y una iglesia, autorización que fue dada inmediatamente y ni tardos ni perezosos empezaron los trabajos de construcción, declarándose parroquia en diciembre de 1586.
La iglesia hecha de tezontle que podemos en la actualidad, no es la construcción original que se fundó. La primera se fue deteriorando a lo largo de dos siglos que se mantuvo en pie, después se le mandaron hacer trabajos de reparación, que solo le ayudaron a extender su vida útil por 31 años más. Los Caballeros de la orden al ver el estado tan deplorable en que se encontraba su templo, decidieron derribarlo y mandar construir uno nuevo, que es el que podemos apreciar hoy en día. La obra fue comenzada en mayo de 1759, quedando 5 años más tarde terminada, y fue dedicada el 13 de septiembre de 1764 en una muy solemne ceremonia, en donde asistieron personajes como el arzobispo don Manuel Rubio y Salinas, el cabildo catedralicio, el clero, los prelados de todos los conventos, la nobleza no podía faltar y todo el señorío de la ciudad; por todos lados se podía ver el derroche de lujo y riqueza, con sus galas y joyas.
Al rey Carlos V de España le fue obsequiado por el papa Paulo III, un hermoso Cristo crucificado, a lo cual el soberano decidió donarlo a la iglesia de la Santa Veracruz; a esta imagen religiosa se le conocería como el Cristo de los Siete Velos, esto debido a que  se concedían cierto número de indulgencias plenarias  a los fieles que lo visitaran y pudiesen quitarle las siete telas que le cubrían. También  es importante mencionar que, Carlos V donó varias reliquias de santos y un lignum crucis. La imagen del Cristo es  de origen italiano, y data de fines del año 1400.
¿Qué hacían los cófrades? Todos los miembro, tenían la obligación de asistir y consolar a los condenados a muerte en sus últimos días de vida, también los acompañaban hasta el patíbulo llevando al Cristo de los Siete Velos y cubrían sus gastos fúnebres.
Durante muchos tiempo solo loa gente rica podía formar parte de la Archicofradía, asunto que no a muchos les agradaba, por lo que el virrey decidió decretar que pudiera integrarse quien deseara, con la condición de cumplir sus obligaciones, sino se haría merecedor de una multa quinientos pesos. Con el paso del tiempo los integrantes eran en su mayoría comerciantes y agricultores, quienes no lo hacían tanto por ayudar a los más necesitados, sino más bien  para tener el pomposo título de “Caballero de la Santa Veracruz”, y poderlo lucir con todos los cuates. Después el vulgo les empozó a apodar, como los “Caballeros del Petate” porque estaban escasos de fondos para cubrir los gastos de los entierros.
Entre las múltiples  cofradías establecidas en esta parroquia, había una cuyo fin era recoger los cuerpos de los muertos por justicia para darles cristiana sepultura, cosa de la que ya no se ocupaban los ilustres Caballeros del Petate; además los cófrades también recogían las cabezas y las manos de los condenados a muerte a los que se había dispuesta cercenarlas para exhibición, para así devolverlas a sus pobres dueños y que pudieran presentarse completitos el día del Juicio Final.
Como dato curioso, les cuento que el célebre arquitecto don Manuel Tolsá era muy afecto a asistir a esta parroquia, por lo que al morir sus restos fueron sepultados en dicho recinto, después fueron trasladados al Panteón de San Fernando.

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