Hernán Cortés fundo la Archicofradía de la Cruz
para dar gracias por haber llegado a Veracruz, el Viernes Santo de 1519 cuando
piso por vez primera tierras mexicanas; y por tal motivo se le bautizó al
puerto de esa manera. Es la segunda
parroquia más antigua de la ciudad, junto con Santa Catarina.
En dicha asociación solo podrían participar
las personas más importantes de la cuidad, solicitando su ingreso los
títulos de Castilla y los mayorazgos, quienes tuvieron pase automático; en
cuanto al virrey, se le postuló como jefe de la aristocrática hermandad. Todos
los integrantes querían que se les diera el estatus de orden militar, así como
los de Calatrava, Montesa, Santiago y Alcántara, para así tener el título tan
rimbombante de “Caballeros de la Santa Veracruz”, y sobre el pecho portaban
orgullosos unas cruces rojas.
Una vez formada la asociación, sus integrantes pidieron
al Ayuntamiento que se les concediera un terreno para establecer una iglesia y
una iglesia, autorización que fue dada inmediatamente y ni tardos ni perezosos
empezaron los trabajos de construcción, declarándose parroquia en diciembre de
1586.
La iglesia hecha de tezontle que podemos en la
actualidad, no es la construcción original que se fundó. La primera se fue
deteriorando a lo largo de dos siglos que se mantuvo en pie, después se le
mandaron hacer trabajos de reparación, que solo le ayudaron a extender su vida
útil por 31 años más. Los Caballeros de la orden al ver el estado tan
deplorable en que se encontraba su templo, decidieron derribarlo y mandar
construir uno nuevo, que es el que podemos apreciar hoy en día. La obra fue
comenzada en mayo de 1759, quedando 5 años más tarde terminada, y fue dedicada
el 13 de septiembre de 1764 en una muy solemne ceremonia, en donde asistieron
personajes como el arzobispo don Manuel Rubio y Salinas, el cabildo
catedralicio, el clero, los prelados de todos los conventos, la nobleza no
podía faltar y todo el señorío de la ciudad; por todos lados se podía ver el
derroche de lujo y riqueza, con sus galas y joyas.
Al rey Carlos V de España le fue obsequiado por el
papa Paulo III, un hermoso Cristo crucificado, a lo cual el soberano decidió
donarlo a la iglesia de la Santa Veracruz; a esta imagen religiosa se le
conocería como el Cristo de los Siete Velos, esto debido a que se concedían cierto número de indulgencias
plenarias a los fieles que lo visitaran
y pudiesen quitarle las siete telas que le cubrían. También es importante mencionar que, Carlos V donó
varias reliquias de santos y un lignum crucis. La imagen del Cristo es de origen italiano, y data de fines del año
1400.
¿Qué hacían los cófrades? Todos los miembro, tenían
la obligación de asistir y consolar a los condenados a muerte en sus últimos
días de vida, también los acompañaban hasta el patíbulo llevando al Cristo de
los Siete Velos y cubrían sus gastos fúnebres.
Durante muchos tiempo solo loa gente rica podía
formar parte de la Archicofradía, asunto que no a muchos les agradaba, por lo
que el virrey decidió decretar que pudiera integrarse quien deseara, con la
condición de cumplir sus obligaciones, sino se haría merecedor de una multa
quinientos pesos. Con el paso del tiempo los integrantes eran en su mayoría
comerciantes y agricultores, quienes no lo hacían tanto por ayudar a los más
necesitados, sino más bien para tener el
pomposo título de “Caballero de la Santa Veracruz”, y poderlo lucir con todos
los cuates. Después el vulgo les empozó a apodar, como los “Caballeros del
Petate” porque estaban escasos de fondos para cubrir los gastos de los
entierros.
Entre las múltiples
cofradías establecidas en esta parroquia, había una cuyo fin era recoger
los cuerpos de los muertos por justicia para darles cristiana sepultura, cosa
de la que ya no se ocupaban los ilustres Caballeros del Petate; además los
cófrades también recogían las cabezas y las manos de los condenados a muerte a
los que se había dispuesta cercenarlas para exhibición, para así devolverlas a
sus pobres dueños y que pudieran presentarse completitos el día del Juicio
Final.
Como dato curioso, les cuento que el célebre
arquitecto don Manuel Tolsá era muy afecto a asistir a esta parroquia, por lo
que al morir sus restos fueron sepultados en dicho recinto, después fueron
trasladados al Panteón de San Fernando.
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