Si caminamos hacia el número cincuenta y cinco por
la calle que hoy conocemos como Maestro Justo Sierra, que antiguamente se le conocería
en su primer tramo como Monte Alegre, y en el segundo se le denominaba de
Chavarría, podremos encontrar la casa que se dice perteneció al Capitán don
Juan de Chavarría y Valero. La amplia casona construida en tezontle consta de
dos pisos, marcos de cantera, hermosas
sobrias ventanas de un muy acoplado estilo; el nicho que adorna la fachada
tiene una mano que sostiene una custodia, aunque en aquella época será más
común poner un santo.
Don Juan nació en la ciudad de México, y fue
bautizado en el Sagrario Metropolitano el 4 de junio de 1618. Dos lugares de la
República llevan su apellido patronímico por haberlos explorado el de
Chavarría: la Sierra de Durango – Sinaloa inclinada hacia el Río Presidio y
cercana hacia el Espinazo del Diablo, y la Roca de Barra en Tamaulipas, que
comunica la Laguna de San Andrés con el Golfo de México.
Algunos hechos que coincidieron con el capitán
Valero son:
A fines del siglo XVI llegó a tierras mexicanas don
Rodrigo de Vivero y Velazco, y poco tiempo después contrajo matrimonio con
Melchora Aberrucia, después tuvieron un hijo que llevó el mismo nombre del
padre; el primogénito don Rodrigo de Viviero y Aberrucia fue el primer Conde
del Valle de Orizaba y primer Vizconde de San Miguel Tecamachalco. Años más
tarde se desposó con doña Leonor Ircio de Medoza, con quien procreara un niño y
una niña.
Este niño se convertiría en el segundo Conde de
Orizaba, don Luis de Vivero Ircio de Mendoza, fue el que aupó la famosa Casa de
los Azulejos; pasan los años y contrae nupcias con doña María Hurtado de
Mendoza, naciendo de esta unión el tercer Conde Orizaba don José Vivero Hurtado
de Mendoza, edificador de la residencia campestre de Mascarones.
El capitán don Juan de Chavarría y Valero emparentó
con los condes de Orizaba, casándose con la hermana del segundo Conde, doña
María Luisa Lorenza de Vivero Ircio de Mendoza, tuvieron tres hijos: Juan, Luis
y José de Chavarría y de Vivero.
Corría el año de1582, cuando doña María Saldívar y
Mendoza y su esposo don Santiago del Riego, decidieron ser patronos para la
fundación del Convento de San Lorenzo, recibieron ayuda económica de don Juan Fernández
Riofrío y su esposa doña María Gallardo de Riofrío; sin embargo ninguna de las
parejas llegó a ver terminado dicho trabajo, a cargo del arquitecto don Pedro
Briseño. Después la responsabilidad recayó en don Juan de Chavarría, siendo quien
llevara el proyecto a feliz término, recibió también la bula de Clemente VIII y la cédula
aprobatoria del Rey Felipe II de España.
Por esta labor, Valero fue premiado con la orden de
Caballero de Santiago, la cual rivalizaba con las de Espuela de Oro, la de San Gregorio, la
de San Silvestre y la del Santo Sepulcro; Chavarría llegó a sentir un amor tal
por aquella iglesia, que mandó labrar su sepulcro con su estatua orante, y que
todavía podemos ver en su interior.
Se cuenta que por aquellos años, vivió un sacrílego
ladrón llamado Eufrasio Pedontero, que tenía fama de ser toda una joyita en las
artes del robo. El 11 de diciembre de 1676 decidió urtar las tres potencias de
oro del Santo Cristo de la Caña, en el Templo de San Agustín, pero al llevar a
cabo este acto, el miedo y espanto invadieron su alma, acto seguido resbaló
entre los barrotes arrastrando velas y cirios. Con miedo, ansias y agonías, el
caído no sobrevivió, desencadenando el accidente un terrible incendio en todos
los rincones de la iglesia. Las crónicas de la época nos cuentan lo sucedido
aquel trágico día: “… Noche desgraciada
para la Nueva España, esta del 11 de diciembre. Se celebraba el aniversario de
la aparición de la aparición de la Virgen de Guadalupe en la parroquia de San
Agustín, cuando un caballero, vistiendo un traje de capitán, fuerte y robusto,
como de 58 años de edad, sea abrió paso entre la multitud y penetró en la
iglesia, cuyo interior era un horno. Y exponiendo su vida avanzó más, hasta el
altar mayor, y con fuerte mano tomó la
custodia del Divinísimo. Y rápido y decidido como entró, abandonó el templo,
casi ahogado y con las copas ardiendo. Ese hombre, don Juan de Chavarría y
Valero, piadoso y rico, fue el valeroso militar quien rescató la divina forma…”
El templo fue reedificado más tarde, y por
haber puesto en peligro su existencia,
en ese tan noble acto heroico, el Rey le concedió permiso para honrar su casa
con el símbolo que vemos actualmente en la hornacina que se mencionó al principio.
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