A fines del siglo XVI, el terror invadía los
asentamientos de indios que se hallaba fuera de la traza de la entonces capital
de Nueva España; los gritos atronaban la noche llena de aullar de perros y el
llanto de los niños, un ser monstruoso mitrado hombre mitad animal causaba el
pánico y el desconcierto entre las gentes timoratas. Aquel ser que corría, que
desaparecía entre las sombras y parecía asaltar y volar, se robaba a los recién
nacidos, entonces algunos hombres osados en defensa de sus hijos, de sus vidas
y propiedades, le lanzaban flechas, piedras y lanzas, todo esfuerzo que hacían
era inútil. Los habitantes consternados fueron al día siguiente a ver al cura
de su parroquia para contarle lo sucedido, quien se molestó porque todavía los
naturales creían en esas cosas y les dijo que se encomendaran a Dios. Los
indios alejaban cabizbajos, sin encontrar el apoyo en quien pensaban podía
ayudarles, porque no creía en lo que estaba ocurriendo.
Entre tanto el nahual continuaba merodeando cerca
de la capital, saltando por los puentes y los ríos y provocando el miedo,
muchos arrieros y viajeros vieron al monstruoso ser mitad hombre mitad coyote o
fiera, con unas garras afiladas y unos ojos de felino, pero ninguno de los
españoles aceptaba la existencia de esta criatura, hasta que una noche el
nahual se metió a la casa de don Alvar de Ordóñez. Emitiendo un gruñido
infernal, sacaba con sus garras lo que encontraba en un arcón, dentro de la
alcoba de doña Mariana, hasta que gruñido de la bestia y la ausencia del
marido, hizo que la dama se despertaré lanzar un grito de terror; los creados a
lo oír los gritos de su ama, corrieron presurosos a auxiliarla. Al llegar
hallaron a la mujer gritando en la ventana abierta, y al asomarse a la ventana
pudieron ver a la criatura que corría por los tejados, llevándose cuanto había
podido hurtar del arcón de su alcoba.
Don Alvar fue a ver a los auditores de la Santa
inquisición para informarles de tan terrible suceso, pero si los curas se
negaban a creer lo que decían era patraña, los del Santo Oficio no podían hacer
nada, entonces el caballero decide ir al Palacio Virreinal, en donde entonces
funcionaba el tribunal de la Acordada; allí fue recibido por el entonces famoso
capitán Zendejas, espadachín valiente y héroe de las batallas de Flandes, quien
escuchó con calma al angustiado hombre, pero una vez terminada la conversación
el capitán le pidió pruebas de lo que estaba diciendo, ¿de dónde las iría
sacar?
La suerte acompañó días después a don Alvar, pues
caminando por la calle que se conocía como del Muerto (hoy Republica
Dominicana), vio que venía en sentido contrario una india que vestía las ropas
que le fueron robadas a su esposa, y ni tardo ni perezoso detuvo a la mujer
mientras gritaba a todo pulmón, y no tardó en ser arrestada. El capitán
Zendejas encontró pruebas suficientes, y la india que dijo no hablar español ni
dio su nombre, fue encerrada en la celda, pasando gran parte de la noche
lanzado al aire una chocante cantinela; y hastiado, cansado de escucharla, el
guardia se acercó para gritarle que se callara, la india fijos sus ojos negros
odiosos en el guardia y le aseguró que esa misma noche saldría de ese lugar,
parte de las celdas daban hacia la calle que hoy es Corregidora y otra a Correo
Mayor. Se cree que por una de estas calles se entró el nahual para liberar a la
india, bajo el peso de la noche o de la madrugada, el capitán Zendejas vio
incrédulo la forma en que había sido doblada la reja de hierro de la celda,
pues tal parecía que fuera el mismísimo diablo quien entró una noche a casa de
don Alvar Ordoñez, situada en la entonces calle de Cruz Verde, hoy Quinta de
Regina; y todo lo destrozo, así muebles
como cortinajes de seda, brocatel, muebles y tibores de la China, y lo que fue
peor, es que diera muerte a doña Mariana sobre su mismo lecho, en donde fue
hallada degollada, con la garganta destrozada, tenía zanjadas horribles como de
garras de una fiera pero el cuello era el destrozado por el que había escapado
usual.
Aún sin que don Alvar se repusiera un poco de su
dolor, el capitán Zendejas le propuso un
plan para dar caza al terrible nahual, pues éste no tardaría mucho en darle
muerte a al afligido marido, y esa misma tarde decidieron ir con fray Baltasar Quintero
para que les diera las armas que acabarían con la bestia; cuando el capitán
llegó a ver al dominico, le entregó unas balas de plata benditas de arcabuz, flechas para ballestas y de preferencia
debían darle muerte en la mitad del pecho.
Esa misma noche, con el alma en un hilo, el capitán
se apostó cerca de la cama de don Alvar, los otros soldados estaban
distribuidos en ventanas y azoteas vigilando la posible llegada del feroz
nahual, la noche estaba tensa en los monasterios y conventos porque la hora del maitines estaba cerca; de
pronto se recortó sobre el cielo de la entonces capital de Nueva España,
aquella figura horrible espantosa, acto seguido el capitán da la voz de alarma
y dispara el arcabuz, otro soldado disparó con la ballesta consagrada, y a
pesar de la oscuridad de la noche, los españoles se dieron cuenta de que aquel
ser monstruoso había sido herido, entonces aquel maligno ser rodó o se dejó
caer siguiendo la inclinación del tejado, lanzando gruñidos pavorosos. Todos lo
vieron rodar y caer hacia el patio de la casona del viudo, sin embargo nadie
escuchó el ruido de caída alguna, los soldados corrieron lo más pronto que
pudieron hacia el patio, pero la bestia había desaparecido, entonces en ese
momento uno de los hombres descubrió un charco de sangre y un hilillo que iba
hacia la puerta, continuando sobre el
empedrado de la calle. Como había dicho el capitán, aquel ser espantoso,
endemoniado, corría a gran velocidad y parecía volar, y sin dejar de observar
el rastro de sangre continuaron al galope y casi al amanecer estaban cerca de
las cuevas de San Agustín (hoy Tlalpan), entonces uno de los soldados observó
que la sangre llegaba hasta una cueva cercana, y dando ejemplo de su valor y su
coraje, el capital se colocó las reliquias sagradas junto con sus soldados y lo
dirigió hacia la cueva; a llegar a la entrada fueron recibidos por gruñidos
espantosos de bestia salvaje, de demonio, y a la luz de una tea que habían
llevado por precaución, vieron por primera vez frente a frente al monstruoso y
horrible ser, acto seguido el capitán ordenó dispararle. Eso fue suficiente, no
pudieron errar de tan cerca y la bestia entró de inmediato en agonía, tenía
dentro de su cuerpo balas de plata consagrada y flechas impregnadas de agua bendita
y tierra Santa, mas lo terrible e increíble del caso fue que a medida que el bestial ser
agonizaba, ocurría una transformación extraordinaria, y poco a poco el nahual
iba perdiendo su horrible aspecto, para convertirse en uno de tantos indígenas
que vagaban por las calles vendiendo patos cocidos y carbón de encino, verduras
y juncos para adornos.
Los soldados
decidieron inspeccionar los alrededores, ya que sospechaban ese lugar podía ser
morada de otros nahuales, subieron de prisa y pronto llegaron a la entrada de
dos de esas cuevas, en cuyas cercanías se percibía un nauseabundo olor, el
interior de la cueva les causó repugnancia y horror, pues había un altar
maligno; se dieron cuenta que allí celebraban los nahuales sus ritos
demoniacos, para después transformarse en esos horribles animales que causaban
el pavor en la Colonia, también encontraron los huesos de los niños que habían
desaparecido.
Con motivo
de la denuncia del capitán Zendejas, el virrey ordenó la detención de
todos los indios que se dedicaban a ese culto diabólico, no se sabe si éste logró abolirse pero aún a
principios del siglo pasado, todavía se aparecían nahuales que robaban manteca,
alimentos y ropa de los humildes moradores. ¿Ustedes cómo ven?

No hay comentarios:
Publicar un comentario