Desde la llegada de los domínicos a tierras
mexicanas en el año de 1526, quisieron como toda orden religiosa que se
preciara, fundar su iglesia y su convento, pero por diversas circunstancias no
lo lograron hacer, hasta que por fin el gobernador Alonso de Estrada les cedió
unos terrenos en donde levantaron el convento principal, terminándolo en el año
1590.
Pasaron algunos años ya establecidos en la capital
de Nueva España, cuando fundaron el colegio de Santo Domingo de Porta Coeli, a
un costado de la Plaza del Volador, donde podemos visitar el templo hoy en día.
Para llevar a cabo dicho proyecto compraron las casas de doña Isabel de Luján,
nieta de Alonso de Estrada, la cual las vendió a la Provincia de Santiago de
México por la suma de doce mil ochocientos dos pesos; los inmuebles fueron
arreglados para el fin que se les pretendía dar, y la Provincia tomó posesión
de estos el 18 de agosto del mismo año.
El colegio tuvo como primer rector al padre fray
Cristóbal de Ortega, lectores de
teología a fray Antonio de Hinojosa y fray Diego Pacheco y como profesor a fray
Damián Porras, en donde impartieron cursos de gramática, filosofía y teología.
Porta Coeli fue aprobado en el capítulo provincial de 1604 y por el general de
la orden fray Gerónimo Xavierre en el capítulo celebrado en Valladolid de
Castilla, en siguiente año; con esta serie de trámites se le concedía a la
recién fundada institución los privilegios que gozaban los demás colegios y
universidades de la orden de predicadores, para lo cual fue ratificado por el
siguiente general de la orden fray Agustín Galamino, en noviembre de 1609.
La iglesia fue terminada varios años después, ya que
hasta 1711 fue dedicada. El colegio fue ampliado comprando casas contiguas, el
pequeño templo conservó sus dimensiones originales y su aspecto no fue
modificado en lo absoluto, así que podríamos decir que esta joyita quedó
atrapada en un túnel de tiempo. Pero no
por ser una iglesia pequeña hay que menospreciarla, ya que es notable por sus
altares y adornos; situado de sur a norte, teniendo en esta orientación su
puerta principal y el fondo el altar mayor. Sus torrecillas apenas sobresalen
de las azoteas contiguas, en tanto que en su fachada todavía podemos ver aquel
aire de otra época en la leyenda en latín, que dice: “Terriblis est locus iste.
Domus Dei est. Et Porta Coeli”, que traducido al español quiere decir, “Este es
un lugar estremecedor. Es la Casa de Dios. Y la Puerta del Cielo.”
En frente del colegio fue colocado un tablado para
que los jueces se sentaran para presenciar el auto de fe celebrado en la Plaza
del Volador en 1649; dicho tablado se encontraba comunicado con el interior por
medio de una abertura, dentro de la cual se levantó un dosel negro con las armas reales bordadas en
oro, una mesa revestida de terciopelo negro
con sus almohadas y sillas que hacían juego, y un hermoso tintero de
plata para el tribunal; la fachada fue adornada con ocho columnas jaspeadas y
el texto escrito del tema que debía tratarse durante el sermón; sobre el arco
que sostenía la parte superior de la abertura se colocaron las armas del
Pontífice reinante Inocencio X, y a sus lados las estatuas de la Fe y la
Justicia .
Durante aquella época las órdenes religiosas
buscaban en estos colegios la instrucción que les diera la fuerza necesaria
para guiar y combatir, pues el ideal era aparecer anonadados ante la grandeza
de Dios, pero a la vez proyectar la imagen de fuertes y poderosos ante la
sociedad y la naturaleza, combinando estas actividades con la meditación. La
orden de predicadores sujetaba a sus integrantes a tres votos: unión con la
comunidad, libertad exterior y la ilustración que da el estudio; esta filosofía
se extendió por todas partes y entre los miembros más destacados estuvieron
fray Bartolomé de las Casas, defensor de los indígenas.
De la grandeza de Porta Coeli solo quedan las
crónicas escritas en papel, que nos recuerda lo que tras sus muros vivieron sus
integrantes para formar religiosos que pudieran enfrentarse a la época que les
tocó vivir; apenas algunas personas recuerdan al pasar por aquella humilde
iglesita, que allí se afanaron otros más en la expansión en la intelectualidad
y el fomento de la sed del saber.
Con la entrada de las Leyes de Reformas, el
convento pasó a ser de propiedad privada
y el templo fue cerrado, pero años después fue abierto nuevamente para
el culto. Afortunadamente se libró de la destrucción que desencadenaron dichas
leyes, y hoy en día podemos apreciar su belleza; no debemos de perder la oportunidad de visitar la
réplica del Señor del Veneno, protagonista de muchas leyendas. El templo de
Porta Coeli hoy en día está dedicado al culto católico del rito greco malaquita
o melkita.

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