domingo, 5 de agosto de 2012

El Real Monasterio de Jesús María


Antes de que la conquista cumpliera medio siglo, había ya en la capital de la Nueva España una buena cantidad de hijas y nietas descendientes de conquistadores, quienes habían despilfarrado su fortuna a manos llenas, dejando a su descendencia como herencia solamente sus títulos nobiliarios y la más absoluta miseria. Ante tal problema  se decidió entonces emprender el proyecto de fundar un convento de monjas, en donde fuesen admitidas las descendientes de conquistadores sin pagar dote alguna.
El personaje que concibió la idea fue Pedro Tomás de Denia, quien consultó a Gregorio de Pesquera, individuo acaudalado ya anciano, que después de servir al rey en algunas conquistas, decide retirarse a México para ocuparse en obras piadosas; este hombre acogió con tanto entusiasmo el proyecto, que ni tardo ni perezoso desembolsó más de cuatro mil pesos para impulsar los trabajos, y  también se comprometió a recolectar limosnas, en tanto que el autor del proyecto se dirigió hacia los minerales para juntar ocho mil pesos, con los cuál era suficiente para echar a andar la construcción. Con el apoyo del alcalde Bernardino Albornoz, quién era muy estimado por el virrey don Martín Enríquez y por el Arzobispo don Pedro Moya de Contreras, se pudo echar a andar el proyecto sin problema alguno.
Ya se tenían los recursos económicos para la construcción, ahora hacía falta escoger el lugar, buscaron a propósito una casa que se acomodara lo mejor posible a sus necesidades, hasta que dieron una cerca de la Santa Veracruz; solamente la separaba del templo una pequeña callejuela, que colindaba con el hogar del Mariscal de Castilla. La casa fue comprada por cuatro mil novecientos pesos y las escrituras fueron entregadas  en abril de 1578, entonces hubo la necesidad de recaudar más fondos por medio de las limosnas, para el mantenimiento de las religiosas y la construcción de la nueva iglesia; uno de las almas piadosas que cooperaron fue Pedro García, quien entregó ocho mil cuatrocientos para que con los réditos se sufragaran los gastos de seis religiosas que el habría de nombrar; esta suma más otros generosos donativos, dieron la nada despreciable cantidad de cuarenta y tres mil pesos.
Mientras los recursos se reunían, el Arzobispo Moya de Contreras había ya obtenido una breve del papa Gregorio XIII el 21 de enero de 1578, en donde se determinaba que las religiosas del nuevo convento debían seguir las reglas y la vestimenta de las monjas concepcionistas. Tanto niñas como adultas, solicitaron su ingreso en el nuevo recinto pero no podían admitir todas; entonces para encontrar una solución se estableció una comisión precedida por el factor Martín de Irigoyen, y nombraron a siete religiosas con cien pesos anuales, algunas de las aceptadas fueron lasa nobles: doña Juliana Quiñones, doña Leonor Pérez, doña Leonor Pacheco de Figueroa y doña Isabel de Mendoza. Para fundadoras y maestras, fueron asignadas diez monjas del convento de la Concepción, quienes se repartieron los cargos como mejor conviniera para el buen gobierno del recinto. Las mentes creadoras de este proyecto, Pedro Tomás de Denia y Gregorio de Pesquera, fueron quienes formaron las primeras ordenanzas, supervisadas por don Pedro Moya de Contreras y autorizadas por Gregorio XIII; este último permitió tres años más tarde el traslado del convento al lugar donde estuvo funcionando durante muchos años.
Ya se encontraba el recinto religioso en funcionamiento, pero siempre había prevalecido la idea de levantar un monasterio para doncellas pobres que no pudieran pagar lo que exigía la dote; entonces varias personas de buena posición contribuyeron a que esta obra fuera una realidad. El nuevo claustro fue concebido con una torre y una campanilla; donde serían recibidas todas las que tuvieran el sincero deseo de profesar, pero también había cabida para aquellas que después de recibir su educación,  y aun así no sintieran la vocación de la vida religiosa, sino más bien de dedicarse a la familia, entonces eran libres de cumplir su misión en la vida. No contento con lo que había hecho, Denia se embarca a España para informar a todas las altos jerarquías y para pedir que se pudiera aumentar el número de religiosas enclaustradas.
Mientras tanto las monjas ya no la veían llegar con la incomodidad por el sitio que se les había asignado, pues era húmedo, estaba en los arrabales y por ser un lugar muy reducido para albergar a otras querían ingresar con dote; y ante las constantes quejas de las religiosas, el Arzobispo les dejó a su libre decisión el nuevo sitio donde establecerían el convento,  eligiendo el lugar en que podemos ver el templo hasta nuestros días.
Al poco tiempo se comienza la construcción de la iglesia y para el convento, muchas casas aledañas fueron compradas y remodeladas para el noviciado; obteniendo su permiso de traslado el 11 de septiembre de 1582, y al día siguiente fueron conducidas hacia el nuevo monasterio con él acompañamiento y modestia debidos del provisor, el alcalde del crimen y otros caballeros, trasladando a las religiosas en literas y coches cerrados. El virrey marqués de Villa – Manrique, acompañado de los oidores y otras personas de alto rango, tomó posesión del convento; la abadesa y demás religiosas estaba hincadas en señal de respeto, y a su paso le besan  la mano al virrey. En cuanto a Denia, obtuvo una real cédula, con la cual el rey mantenía al convento bajo su protección y patronato, asignándole tres mil ducados anuales por veinte años; pero tan pronto recibió una carta del Arzobispo Moya de Contreras, concedió al sitio religioso mucho más de lo que se había solicitado. Esta excesiva “generosidad” del rey no fue gratuita, pues quería esconder algo muy vergonzoso; ¿qué era lo que ocultaba con tanto celo?
Corría el año de 1571, cuando el Arzobispo se le vio trayendo a una niña en brazos de poco más de dos años, la cual procreó el rey con la hermana de Moya de Contreras. La sobrinita del religioso, doña Micaela,  fue criada de acuerdo a su descendencia noble en el absoluto de los secretos; pero poco después de cumplir los trece años la pobre chiquilla perdió totalmente el juicio, situación que la condenó a pasar el resto de su vida recluida en un lujoso cuarto del convento, con un grupo de religiosas a su servicio.
En 1588 el monasterio no tenía más que su primitiva capilla, hasta que el conde de Monterrey aprobó el plan de levantar una iglesia más grande y suntuosa el 9 de marzo de 1597, a donde asistieron todas las personas importantes de la época para presenciar la bendición de la obra; mientras tanto Denia luchó hasta que se cansó para que el convento fuera reubicado en su antiguo lugar, esfuerzos que fueron por demás infructuosos. El proceso de construcción de la iglesia un poco lento debido a la falta de fondos, pero finalmente fue terminada en 1621, faltando solamente la torre; fue dedicada el 7 de febrero del mismo año por el Arzobispo don Juan Pérez de Serna, y al día siguiente hubo una muy solemne procesión desde la Catedral, hasta el nuevo templo, donde fue depositado el Santísimo Sacramento en el altar mayor.
Como se mencionó anteriormente, las monjas siguieran las reglas de las concepcionistas, entre las cuáles estaba que debían realizar labores de su sexo para recaudar fondos que les ayudaran a cubrir sus gastos. Como dato curioso, les puedo contar que había dos claustros; en el que profesaban era en de Jesús María, y el que estaba acondicionado de escuela, pero no profesaban era el de Nuestra Señora del Rosario

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