Antes de que la conquista cumpliera medio siglo,
había ya en la capital de la Nueva España una buena cantidad de hijas y nietas
descendientes de conquistadores, quienes habían despilfarrado su fortuna a
manos llenas, dejando a su descendencia como herencia solamente sus títulos
nobiliarios y la más absoluta miseria. Ante tal problema se decidió entonces emprender el proyecto de
fundar un convento de monjas, en donde fuesen admitidas las descendientes de
conquistadores sin pagar dote alguna.
El personaje que concibió la idea fue Pedro Tomás
de Denia, quien consultó a Gregorio de Pesquera, individuo acaudalado ya anciano,
que después de servir al rey en algunas conquistas, decide retirarse a México
para ocuparse en obras piadosas; este hombre acogió con tanto entusiasmo el
proyecto, que ni tardo ni perezoso desembolsó más de cuatro mil pesos para
impulsar los trabajos, y también se
comprometió a recolectar limosnas, en tanto que el autor del proyecto se
dirigió hacia los minerales para juntar ocho mil pesos, con los cuál era
suficiente para echar a andar la construcción. Con el apoyo del alcalde
Bernardino Albornoz, quién era muy estimado por el virrey don Martín Enríquez y
por el Arzobispo don Pedro Moya de Contreras, se pudo echar a andar el proyecto
sin problema alguno.
Ya se tenían los recursos económicos para la
construcción, ahora hacía falta escoger el lugar, buscaron a propósito una casa
que se acomodara lo mejor posible a sus necesidades, hasta que dieron una cerca
de la Santa Veracruz; solamente la separaba del templo una pequeña callejuela,
que colindaba con el hogar del Mariscal de Castilla. La casa fue comprada por
cuatro mil novecientos pesos y las escrituras fueron entregadas en abril de 1578, entonces hubo la necesidad
de recaudar más fondos por medio de las limosnas, para el mantenimiento de las
religiosas y la construcción de la nueva iglesia; uno de las almas piadosas que
cooperaron fue Pedro García, quien entregó ocho mil cuatrocientos para que con
los réditos se sufragaran los gastos de seis religiosas que el habría de
nombrar; esta suma más otros generosos donativos, dieron la nada despreciable
cantidad de cuarenta y tres mil pesos.
Mientras los recursos se reunían, el Arzobispo Moya
de Contreras había ya obtenido una breve del papa Gregorio XIII el 21 de enero
de 1578, en donde se determinaba que las religiosas del nuevo convento debían
seguir las reglas y la vestimenta de las monjas concepcionistas. Tanto niñas
como adultas, solicitaron su ingreso en el nuevo recinto pero no podían admitir
todas; entonces para encontrar una solución se estableció una comisión
precedida por el factor Martín de Irigoyen, y nombraron a siete religiosas con
cien pesos anuales, algunas de las aceptadas fueron lasa nobles: doña Juliana
Quiñones, doña Leonor Pérez, doña Leonor Pacheco de Figueroa y doña Isabel de
Mendoza. Para fundadoras y maestras, fueron asignadas diez monjas del convento
de la Concepción, quienes se repartieron los cargos como mejor conviniera para
el buen gobierno del recinto. Las mentes creadoras de este proyecto, Pedro
Tomás de Denia y Gregorio de Pesquera, fueron quienes formaron las primeras
ordenanzas, supervisadas por don Pedro Moya de Contreras y autorizadas por
Gregorio XIII; este último permitió tres años más tarde el traslado del
convento al lugar donde estuvo funcionando durante muchos años.
Ya se encontraba el recinto religioso en
funcionamiento, pero siempre había prevalecido la idea de levantar un
monasterio para doncellas pobres que no pudieran pagar lo que exigía la dote;
entonces varias personas de buena posición contribuyeron a que esta obra fuera
una realidad. El nuevo claustro fue concebido con una torre y una campanilla;
donde serían recibidas todas las que tuvieran el sincero deseo de profesar,
pero también había cabida para aquellas que después de recibir su
educación, y aun así no sintieran la vocación
de la vida religiosa, sino más bien de dedicarse a la familia, entonces eran
libres de cumplir su misión en la vida. No contento con lo que había hecho,
Denia se embarca a España para informar a todas las altos jerarquías y para
pedir que se pudiera aumentar el número de religiosas enclaustradas.
Mientras tanto las monjas ya no la veían llegar con
la incomodidad por el sitio que se les había asignado, pues era húmedo, estaba
en los arrabales y por ser un lugar muy reducido para albergar a otras querían
ingresar con dote; y ante las constantes quejas de las religiosas, el Arzobispo
les dejó a su libre decisión el nuevo sitio donde establecerían el
convento, eligiendo el lugar en que
podemos ver el templo hasta nuestros días.
Al poco tiempo se comienza la construcción de la
iglesia y para el convento, muchas casas aledañas fueron compradas y
remodeladas para el noviciado; obteniendo su permiso de traslado el 11 de
septiembre de 1582, y al día siguiente fueron conducidas hacia el nuevo
monasterio con él acompañamiento y modestia debidos del provisor, el alcalde
del crimen y otros caballeros, trasladando a las religiosas en literas y coches
cerrados. El virrey marqués de Villa – Manrique, acompañado de los oidores y
otras personas de alto rango, tomó posesión del convento; la abadesa y demás
religiosas estaba hincadas en señal de respeto, y a su paso le besan la mano al virrey. En cuanto a Denia, obtuvo
una real cédula, con la cual el rey mantenía al convento bajo su protección y
patronato, asignándole tres mil ducados anuales por veinte años; pero tan
pronto recibió una carta del Arzobispo Moya de Contreras, concedió al sitio
religioso mucho más de lo que se había solicitado. Esta excesiva “generosidad”
del rey no fue gratuita, pues quería esconder algo muy vergonzoso; ¿qué era lo
que ocultaba con tanto celo?
Corría el año de 1571, cuando el Arzobispo se le
vio trayendo a una niña en brazos de poco más de dos años, la cual procreó el
rey con la hermana de Moya de Contreras. La sobrinita del religioso, doña
Micaela, fue criada de acuerdo a su
descendencia noble en el absoluto de los secretos; pero poco después de cumplir
los trece años la pobre chiquilla perdió totalmente el juicio, situación que la
condenó a pasar el resto de su vida recluida en un lujoso cuarto del convento,
con un grupo de religiosas a su servicio.
En 1588 el monasterio no tenía más que su primitiva
capilla, hasta que el conde de Monterrey aprobó el plan de levantar una iglesia
más grande y suntuosa el 9 de marzo de 1597, a donde asistieron todas las personas
importantes de la época para presenciar la bendición de la obra; mientras tanto
Denia luchó hasta que se cansó para que el convento fuera reubicado en su
antiguo lugar, esfuerzos que fueron por demás infructuosos. El proceso de
construcción de la iglesia un poco lento debido a la falta de fondos, pero
finalmente fue terminada en 1621, faltando solamente la torre; fue dedicada el
7 de febrero del mismo año por el Arzobispo don Juan Pérez de Serna, y al día
siguiente hubo una muy solemne procesión desde la Catedral, hasta el nuevo
templo, donde fue depositado el Santísimo Sacramento en el altar mayor.
Como se mencionó anteriormente, las monjas
siguieran las reglas de las concepcionistas, entre las cuáles estaba que debían
realizar labores de su sexo para recaudar fondos que les ayudaran a cubrir sus
gastos. Como dato curioso, les puedo contar que había dos claustros; en el que
profesaban era en de Jesús María, y el que estaba acondicionado de escuela,
pero no profesaban era el de Nuestra Señora del Rosario.
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