Reglas del
convento
Cuando el convento fue trasladado al lugar que
conocemos hoy, había treinta y cuatro monjas dotadas, veintidós capellanas,
diez novicias e igual número de pupilas. El rey Felipe II, por la real cédula
firmada en Lisboa en febrero de 1583, admitió la fundación bajo su patronato,
haciéndola suya y donándole una cuantiosa suma, le concedió innumerables
gracias y privilegios; vinculando directamente el monasterio con la Corona
Española, pasando después de herencia a los reyes sucesores, pues recordemos
que ahí estaba recluida la hija del monarca. El convento siguió conservando su
propósito inicial de aceptar a descendientes de conquistadores, pero se volvió
legal cuando fue otorgada la cédula real el 2 de octubre de 1588.
La abadesa estaba obligada a informar anualmente al
rey de todo lo que hubiera ocurrido. En el convento había rectora, maestra y
pedagoga. Cuando alguna de las pupilas era llamada a la reja o torno, era
acompañada por la madre rectora; las niñas eran despertadas a las seis de la
mañana, tomaban su desayuno a las siete, oían misa, rezaban la estación y
después se dirigían la sala de labor, leían, escribían o hacían lo que se les
ordenara, a las diez y media estudiaban la doctrina, comían a las once y media,
descansaban hasta las dos en que volvían a la sala de labor, salían de ahí
hasta las cinco, después a las seis rezaban el rosario, cenaban y luego de
varios rezos se acostaban a las nueve. No podían tener dinero a ocho les
cubrían sus gastos el real erario.
Remodelaciones
y cambios
La iglesia
fue renovada por más de noventa años (1597 – 1691); el claustro fue
reparado y concluido hasta el años de 1775; después con muchas
limosnas de particulares se terminó la torre y la parte incompleta de la
iglesia y el convento. Entre sus
historias, destaca que sor Juana Inés de la Cruz formó parte de la comunidad de
beatas, así como también la fama que tenían los hermosos cantos de las
religiosas.
Al ser exclaustradas las religiosas en 1861 fueron
conducidas veintinueve de ellas al de Regina, donde estuvieron hasta 1863; pero
por desgracia, en el mismo año de exclaustración de las religiosas y hasta
1874, se estima que los hermosos retablos barrocos del templo comenzaron a
perderse. Las monjas dieron servicios religiosos hasta 1933, año en que fuera
clausurado y entregado al servicio de la Secretaría de Guerra y Marina. El convento fue vendido y convertido en
habitaciones particulares; su capital de un millón de pesos, incluía setenta y
nueve fincas; y sus capitales activos producían un rédito de cerca de nueve mil pesos.
Existe un plano que data del siglo XVIII, el cuál
sumado con las descripciones de Sigüenza y algunos documentos de los artistas
que participaron en la obra, como Luis
Juárez y Pedro Ramírez, permite que tengamos una idea del esplendor que tuvo
alguna vez éste conjunto.
Se mencionan como posibles arquitectos que le
dieran una remodelación completa al
templo, a Pedro Briseño y Manuel Tolsá.
Es de destacar las hermosas pinturas de los
evangelistas, ubicadas en las pechinas
que dan soporte a la cúpula. A pesar de que da la apariencia de haber sido
restaurada el siglo pasado, aún quedan restos que datan de la segunda mitad del
siglo XVIII; como olvidar el coro que podemos ver en la parte posterior,
elemento indispensable en todo convento que se preciara.
A finales del siglo XVIII, José Antonio González
Velázquez, quien fuera director de la Academia de San Carlos transformó la
iglesia al estilo neoclásico; también hizo importantes participaciones en San
Pablo el Nuevo y Santa Teresa a principios del siglo XIX. A partir de 1861, el
convento tuvo múltiples usos: cine, villares y vecindad; y la iglesia fue
ocupada como Archivo General de la Defensa. En
el año de 1989 el claustro principal fue rescatado del estado de
abandono en el que se encontraba.
Se cuenta que desde el siglo XIX, podemos observar
en este templo a Nuestra Señora de la Merced; seguramente te preguntaras que
hace ahí. Te cuento que la imagen fue
traída de Guatemala para colocarla en el ya desaparecido templo de la Merced,
pero después de un largo viaje estuvo durante una temporada en el templo de
Belén de los Mercedarios, pero ese tiempo fue suficiente para que la imagen
pasara a ser la patrona de los comerciantes del rumbo de la Merced.
Actualmente el convento aloja tiendas de muebles, y
artículos electrodomésticos; pero a pesar de todo es uno de los conjuntos más
completos que se conservan de conventos de monjas hoy en día.
En sus terrenos fueron construidas casas; la que se
encuentra marcada con el número 23 de Corregidora, perteneció y ahí vivió
Ignacio Zaragoza, defensor de la patria en la Batalla de Puebla. Después
de su muerte se colocó una placa que decía: “El General Ignacio Zaragoza,
vencedor del Ejército extranjero que atacó a Puebla el 5 de mayo de 1862,
habitó en ésta Casa”. La casa era de dos pisos, con balcones corridos y flores
en los dinteles de las puertas. Tiene dos patios de pobre aspecto, con
viviendas alrededor.
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