Muchos templos hay en la vieja Europa, en donde se
puede adorar al Niño Jesús y de él hablan con gran ternura. En la Santa Iglesia Catedral no había una
solo imagen a la cuál venerar, ¿Por qué no hacer el encargo de un Niño Jesús?
En Sevilla vivían escultores de gran talento, que podrían convertir un simple
pedazo de madera en una hermosa imagen del Señor en su infancia, en la suave
primavera del vivir. Estas y otras cosas dijo en el cabildo el señor canónigo
don Antonio Vallejo y Solórzano, hombre bien cultivado dentro de la doctrina
evangélica, culto y de fino sentir; sabía predicar con mucha elegancia, por lo
que sus sermones eran en todo México de mucha autoridad y opinión. Vestía las
más finas telas y joyería, comía en las más finas porcelanas de la China y
utilizaba cubiertos hechos de plata, los más finos encajes engalanaban la mesa
durante la toma de sus alimentos; y no se diga las hermosas pinturas de buenos
pinceles, imágenes estofadas, marfiles y damascos, fragantes maderas talladas.
Por todos estos factores, el pudiente personaje era
muy tomado en cuenta para todas las situaciones en el cabildo de catedral.
Todos se arrimaron con gusto a su parecer.
Al día siguiente fueron despachadas cartas a
Sevilla para el deán de esa archidiócesis, con el fin de mandar labrar al mejor
imaginero de la ciudad el tan anhelado Niño Jesús; magníficos dineros fueron
enviados junto con la carta para que el
trabajo caminase de prisa, vaya que esto mueve las manos y con elegante ritmo. El deán, don Gil
Bermúdez de Castro mando en su mensaje de respuesta, que la obra estaba al
cuidado de Mairena, escultora de renombre, quien pondría toda su delicada ternura de mujer en el
trabajo que se le había encomendado; también don Gil anunciaba que Su Majestad
el rey había otorgado una prebenda al doctor don Francisco Sandoval Zapata,
nombrándole canónigo racionero de la Catedral de México, y que él sería quien
llevase la imagen en el cofre de su equipaje.
Una vez terminada la escultura, le fue entregada al
doctor Sandoval, para que emprendiera el camino a Cádiz y ahí emprendiera el su
viaje en una embarcación de alto porte. El Niño fue colocado en un improvisado
altarcito, en donde los marineros le ofrecían flores de papel hechas con gran
curiosidad, conchas, caracoles y candelas;
estas iban acompañadas de fervorosas peticiones para que llegaran con bien a su
destino.
Sus planes cambiarían cuando cierta tarde divisaron
velas en el horizonte, amarillas por el sol. Eran barcos piratas, que se
acercaban a todo remo a la nave cristiana, en donde se pusieron inmediatamente
a la defensiva, en espera del ataque. Entre sangre, gritos y pólvora, los
turcos finalmente lograron apresar la nave, afianzaron cadenas en la borda y la
arrastraron hasta sus tierras de Argel. Entre los presos, muy lleno de heridas
mortales iba don Francisco Sandoval; el Niño Jesús que nunca apartó de sí era
otro de los prisioneros.
En México los señores del cabildo catedral se
llenaron de gran congoja; entonces acordaron pagar un rescate para que el
malvado turco les devolviese al doctor Sandoval junto con la imagen que
portaba. Del negocio se encargaron los frailes redentores en Argel, ya que
ellos eran los que arreglaban las libertades de los cautivos, objeto principal
de su santo instituto. En el acto procedieron a hablar con el poderoso Muley
Hazán, que comprara como esclavo al apacible Canónigo, tan fino y delicado de
salud, a quien puso el rudo trabajo de dar vueltas sin descanso al palo de una
noria para mover la pesada rueda que subía los arcabuces que vaciaban el agua
en la atarjea para el riego de un huerto; el muy ladino comprendió que aquel
hombre era valioso, al pedir en tan poco tiempo rescate por él, por lo que
decidió elevar su precio. Aquel regateo se prolongó por mucho tiempo, tanto,
que finalmente Sandoval fue llamado por el Creador.
Pasaron los meses, que después se convirtieron en
años, y no se sabía en donde estaba la escultura del Niño. Los mercedarios
hicieron arduas diligencias para dar con la preciada imagen, y Hazán no tardo
en enterarse, así que ni tardo ni perezoso también se encargó de buscarla por
cielo, mar y tierra, pues planeaba cobrar una buena cantidad por ella.
Finalmente la encontró en la sucia celda de un cristiano, a quien le servía de
un gran consuelo en el horrible cautiverio en que vivía; fue descubierto el
pobre infeliz y en el acto le arrebatan al Niño, después le asestaron latigazos
en su espalda y palos en su cabeza.
Dos mil pesos cobró el perro turco por entregar el
Niño Jesús y los restos del canónigo para que después de tanto tiempo, llegaran
a su destino final. La ciudad de México se engalanó para dar el recibimiento:
se pusieron sus mejores ropas y joyas, las personas más importantes de la época
estuvieron presentes, entre ellos el jubiloso canónigo Vallejo y Solórzano. Con
bombo y platillo, en una suntuosa procesión acompañada de cánticos, llevaron la
imagen hasta el altar mayor, y de ahora
en adelante sería conocido como el Niño Cautivo, el cuál dicen que su
vestimenta es un réplica exacta del traje que usaban los cristianos cautivos
por el turco infiel, solo que para el Niño le fueron añadidos algunos detalles
para que le luciera mejor.
El canónigo doctor don Antonio Vallejo y Solórzano
pidió que se mandaran hacer copias en plomo del Santo Niño Cautivo al más
afanoso maestro de la Academia de San Carlos, para regalarlas a todas las
catedrales de Nueva España. Los restos de Francisco Sandoval Zapata fueron
sepultados un 14 de febrero en San Agustín.
Dio la casualidad que la imagen llegó a tierras
mexicanas en el día del Evangelio del
Niño perdido de Jerusalén, es decir, un 24 de diciembre; por lo que se decretó
que la celebración del Niño fuera este día, acompañado de cantos y una solemne
procesión. Actualmente podremos encontrar al imagen en la capilla dedicada a Nuestra
Señora la Antigua, que se abre frente a la del señor del Buen Despacho. A los
descendientes de la familia Solórzano se les concedió el honor de guardar la
ropita y vestirlo cada año para la solemne festividad.
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