domingo, 27 de enero de 2013

Santo Niño Cautivo

Muchos templos hay en la vieja Europa, en donde se puede adorar al Niño Jesús y de él hablan con gran ternura.  En la Santa Iglesia Catedral no había una solo imagen a la cuál venerar, ¿Por qué no hacer el encargo de un Niño Jesús? En Sevilla vivían escultores de gran talento, que podrían convertir un simple pedazo de madera en una hermosa imagen del Señor en su infancia, en la suave primavera del vivir. Estas y otras cosas dijo en el cabildo el señor canónigo don Antonio Vallejo y Solórzano, hombre bien cultivado dentro de la doctrina evangélica, culto y de fino sentir; sabía predicar con mucha elegancia, por lo que sus sermones eran en todo México de mucha autoridad y opinión. Vestía las más finas telas y joyería, comía en las más finas porcelanas de la China y utilizaba cubiertos hechos de plata, los más finos encajes engalanaban la mesa durante la toma de sus alimentos; y no se diga las hermosas pinturas de buenos pinceles, imágenes estofadas, marfiles y damascos, fragantes maderas talladas.
Por todos estos factores, el pudiente personaje era muy tomado en cuenta para todas las situaciones en el cabildo de catedral. Todos se arrimaron con gusto a su parecer.
Al día siguiente fueron despachadas cartas a Sevilla para el deán de esa archidiócesis, con el fin de mandar labrar al mejor imaginero de la ciudad el tan anhelado Niño Jesús; magníficos dineros fueron enviados junto con la carta  para que el trabajo caminase de prisa, vaya que esto mueve las manos  y con elegante ritmo. El deán, don Gil Bermúdez de Castro mando en su mensaje de respuesta, que la obra estaba al cuidado de Mairena, escultora de renombre, quien pondría  toda su delicada ternura de mujer en el trabajo que se le había encomendado; también don Gil anunciaba que Su Majestad el rey había otorgado una prebenda al doctor don Francisco Sandoval Zapata, nombrándole canónigo racionero de la Catedral de México, y que él sería quien llevase la imagen en el cofre de su equipaje.
Una vez terminada la escultura, le fue entregada al doctor Sandoval, para que emprendiera el camino a Cádiz y ahí emprendiera el su viaje en una embarcación de alto porte. El Niño fue colocado en un improvisado altarcito, en donde los marineros le ofrecían flores de papel hechas con gran curiosidad, conchas,  caracoles y candelas; estas iban acompañadas de fervorosas peticiones para que llegaran con bien a su destino.
Sus planes cambiarían cuando cierta tarde divisaron velas en el horizonte, amarillas por el sol. Eran barcos piratas, que se acercaban a todo remo a la nave cristiana, en donde se pusieron inmediatamente a la defensiva, en espera del ataque. Entre sangre, gritos y pólvora, los turcos finalmente lograron apresar la nave, afianzaron cadenas en la borda y la arrastraron hasta sus tierras de Argel. Entre los presos, muy lleno de heridas mortales iba don Francisco Sandoval; el Niño Jesús que nunca apartó de sí era otro de los prisioneros.  
En México los señores del cabildo catedral se llenaron de gran congoja; entonces acordaron pagar un rescate para que el malvado turco les devolviese al doctor Sandoval junto con la imagen que portaba. Del negocio se encargaron los frailes redentores en Argel, ya que ellos eran los que arreglaban las libertades de los cautivos, objeto principal de su santo instituto. En el acto procedieron a hablar con el poderoso Muley Hazán, que comprara como esclavo al apacible Canónigo, tan fino y delicado de salud, a quien puso el rudo trabajo de dar vueltas sin descanso al palo de una noria para mover la pesada rueda que subía los arcabuces que vaciaban el agua en la atarjea para el riego de un huerto; el muy ladino comprendió que aquel hombre era valioso, al pedir en tan poco tiempo rescate por él, por lo que decidió elevar su precio. Aquel regateo se prolongó por mucho tiempo, tanto, que finalmente Sandoval fue llamado por el Creador.
Pasaron los meses, que después se convirtieron en años, y no se sabía en donde estaba la escultura del Niño. Los mercedarios hicieron arduas diligencias para dar con la preciada imagen, y Hazán no tardo en enterarse, así que ni tardo ni perezoso también se encargó de buscarla por cielo, mar y tierra, pues planeaba cobrar una buena cantidad por ella. Finalmente la encontró en la sucia celda de un cristiano, a quien le servía de un gran consuelo en el horrible cautiverio en que vivía; fue descubierto el pobre infeliz y en el acto le arrebatan al Niño, después le asestaron latigazos en su espalda y palos en su cabeza.
Dos mil pesos cobró el perro turco por entregar el Niño Jesús y los restos del canónigo para que después de tanto tiempo, llegaran a su destino final. La ciudad de México se engalanó para dar el recibimiento: se pusieron sus mejores ropas y joyas, las personas más importantes de la época estuvieron presentes, entre ellos el jubiloso canónigo Vallejo y Solórzano. Con bombo y platillo, en una suntuosa procesión acompañada de cánticos, llevaron la imagen hasta el altar mayor, y  de ahora en adelante sería conocido como el Niño Cautivo, el cuál dicen que su vestimenta es un réplica exacta del traje que usaban los cristianos cautivos por el turco infiel, solo que para el Niño le fueron añadidos algunos detalles para que le luciera mejor.
El canónigo doctor don Antonio Vallejo y Solórzano pidió que se mandaran hacer copias en plomo del Santo Niño Cautivo al más afanoso maestro de la Academia de San Carlos, para regalarlas a todas las catedrales de Nueva España. Los restos de Francisco Sandoval Zapata fueron sepultados un 14 de febrero en San Agustín.
Dio la casualidad que la imagen llegó a tierras mexicanas  en el día del Evangelio del Niño perdido de Jerusalén, es decir, un 24 de diciembre; por lo que se decretó que la celebración del Niño fuera este día, acompañado de cantos y una solemne procesión. Actualmente podremos encontrar al imagen en la capilla dedicada a Nuestra Señora la Antigua, que se abre frente a la del señor del Buen Despacho. A los descendientes de la familia Solórzano se les concedió el honor de guardar la ropita y vestirlo cada año para la solemne festividad.

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