domingo, 30 de marzo de 2014

El músico de los muertos

Una mandolina aparentemente inofensiva, aseguran propios y extraños que al rasguear sus cuerdas, bailaban los espectros. Si, en verdad bailaron al compás de su sonido, pero será mejor que vean y lean como sucedió.
Era el año en gracia de 1574 cuando era virrey de la Nueva España, Martín Enríquez de Almanza (1568-1580); durante su gobierno se establecieron en 1571, el tribunal de la Inquisición, y en 1572 la Compañía de Jesús. Murió en 1583, siendo virrey del Perú.
Nuestro personaje central  atraído como todos, por afán de riquezas y aventuras, llegó a la Nueva España, era un juglar italiano de nombre Fabiano, y tocaba tan maravillosamente la mandolina, que atraía a cuantos lo escuchaban; hombres y mujeres lloraban de  emoción, cuando oían las bellas notas que interpretaba aquel juglar ciego. Los cortesanos y caballeros de linaje comenzaron a llevar al músico a dar serenatas, quedando tan satisfechos con los resultados, que agradecidos le pagaban con largueza; oprimiendo contra su pecho aquellas monedas, se aleja por las calles, pero su falta de visión la compensaba presintiendo los pasos apagados de otra figura que se acerca en dirección contraria, temeroso se aferra a su pequeño tesoro y pregunta receloso quien se encontraba ahí. Al obtener la respuesta de que se trataba de un fraile agustino, sintió un enorme alivio; enseguida le pidió ayuda         para poder regresar al mesón donde pernoctaba, el cual se encontraba muy lejos de ese lugar, pero el religioso nueva llevar a unos aposentos cercanos para que pasara la noche. La pareja que el destino uniera aquella noche, para escribir una de las páginas más macabras de la leyenda, se alejó hacia el convento.
Y desde aquella noche, fuera y Genovevo de Talamantes y el juglar ciego, se hicieron grandes amigos; tanta era su fama que le rogaron cantara y  tocara en el convento e interpretó pasajes bíblicos con tanta veracidad y vehemencia, que hechizó a los frailes.
Y después, cierta noche un extraño personaje fue a llamar ante la puerta de la vivienda de Fabiano, para ofrecerle que fuera a tocar a esas horas, las cuales le pagaría con largueza; el juglar ciego siempre sumido en las sombras, se aleja con el extraño embozado, que parece ser sombras también.
Al día siguiente el fraile Genovevo visita a su amigo, pues le parece extraño que estuviera durmiendo tan tarde; el músico le relata que durante la noche fue a un palacio en donde había personas de Francia, que le habían pagado con oro de ese país. El ciego le pide al religioso entonces, que le guarde su dinero más el que se la acumulara, por regresaría en la noche a tocar a aquel palacio. Su oro fue contado y guardado, para después entregarle un recibo como comprobante.
Decidido averiguar quién daba que el oro al juglar ciego, el fraile espía aquella noche, mas no tuvo que aguardar mucho tiempo, pues a poco ve acercarse la figura del misterioso personaje embozado, quien sin dejar ver su rostro, llega ante la puerta del músico y llama repetidas veces. El religioso lo sigue, es verdad, más la distancia se hace por momentos mayor, más que prudente; pasan una calle, se meten por callejones, cruzan la plaza de Armas y continúan hacia la salida de la traza de la ciudad, y al fin se pierden de vista, como si se los hubiese tragado la noche, como si hubiesen desaparecido.
Al día siguiente el fraile interrogo al juglar con la esperanza de que al fin supiera a qué lugar lo llevaban, pero la respuesta fue la misma, y lo único que le pudo decir es que tenía que tocar durante cinco noches seguidas. Esa misma noche, el fraile logra adelantarse al embozado y al juglar, y en efecto, cuando los dos llegan a las bardas del panteón, del religioso había llegado. Fray Genovevo los sigue al interior del panteón, más al acercarse al sitio de donde escapaban la música y un resplandor segador, el fraile descubren con horror una danza macabra de seres de ultratumba. Todavía con el espanto de la impresión sufrida, el religioso le cuenta al prior sucedido para que la ayude a conjurar a los espíritus, quien le prometió juntar lo necesario y acudir al panteón.
Y así fue, listo todo, se aguarda a que el embozado y el juglar entren al panteón la noche siguiente, acto seguido se echa a andar aquella máquina religiosa que iba a luchar contra los fantasmas; armados de cruces, oraciones y agua bendita comenzaron la batalla, la confusión entre aquellos seres ultraterrenos era espantosa. Huyen aquellos seres espantables dando alaridos y lanzando quejas y maldiciones, pero nadie se da cuenta que ha quedado el fiero pirata Capitán Brasseur cerca del juglar, y de pronto en un descuido con su espada le corta una oreja. El músico cae desmayado y lo llevan a la enfermería del convento. Aquel pirata junto con otros más, habían sido juzgados por la Inquisición nueve años atrás.
Prensa de la curiosidad, puesto que el asunto la había apasionado de sobremanera, Genovevo acude al leer los archivos del Santo Oficio, después acudió con el juglar para ver cómo se sentía y para contarle lo que había encontrado. Y las palabras del fraile van formando la visión en el mundo de sombras del juglar: al verse descubiertos aquellos truhanes, se les prendió  y envió a la cárcel, el capitán Brasseur habló por sus compinches y por él, todos fueron condenados a la misma pena ¡a la ahorca! Antes de ser ejecutado, el pirata había jurado que bailaría con sus hombres y las mujeres que los acompañaban en un baile palaciego, y quería como última voluntad bailaré la fiesta del virrey por la noche; sus verdugos hicieron caso omiso, y aquellos hombres, junto con sus disolutas mujeres fueron ahorcados. Gracias a la influencia de cristianos, fueron sepultados en el panteón cerca de la traza.
El miedo que experimentó el juglar al adivinar desde el principio del relato, le paralizó el corazón, quedando muerto al instante. 
Si en alguna ocasión se llegaran a topar con una mandolina muy parecida a la del juglar ciego, piénsenlo dos veces antes de arrancarle algunas notas, pues si lo hacen correrán el riesgo de que los fantasmas vengan a danzar de nuevo; para quienes tengan dudas todavía, pueden dirigir sus pasos al Archivo General de la Nación, para consultar los antiguos documentos del Santo Oficio. 

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