domingo, 8 de junio de 2014

El Callejón de la Condesa

Cualquiera que camine por las calles de México conoce cierto callejón llamado de la Condesa, ubicado junto a la Casa de los Azulejos, y que fue célebre por cierta anécdota que se cuenta de dos hidalgos que demostraron un amor propio exagerado.
Al callejón que desde entonces ha sido estrecho, un buen día entraron por sus extremos opuestos dos hidalgos en sus respectivos coches, que eran enormes según la moda de aquellos años, de esos,  de amplias cajas para que dentro cupieran hasta cuatro personas, de alto pescante, y anchas portezuelas; y claro, no cabían ambos vehículos al mismo tiempo, de modo que para pasar uno tenía que ceder el paso al otro, y eso de retroceder no entraba en la voluntad de ninguno de los dos personajes.
Discutieron, alegaron razones más o menos contundentes, dijeron que su nobleza, que sus pergaminos, que el lema de sus cuarteles, que las hazañas de sus antepasados, no les permitían dejar el paso a nadie fuere quien fuere, y hubo un momento en que las tizonas iban a dirimir el pleito, lo que evitaron las autoridades reunidas en el lugar del suceso, terminando por meterse cada uno en su carruaje, en donde estuvieron por tres días sin salir del mismo, como si estuvieran en sus respectivas casas.
La condesita Martina, que vivía en una de las mansiones de aquella calle, se asomó a la ventana detrás de las cortinas, atraída por el escándalo que había afuera, entonces vio brillar las espadas y ordenó a su lacayo recurrir a las autoridades.
Pero daba la casualidad de que la condesa quería hacer salir su propio coche, y no tenía por el momento algún caballero que sacara la cara por ella; cansada de estos soberbios y prepotentes varones, hace una petición formal en una carta redactada y escrita por su confesor, para que acudieran las autoridades competentes lo antes posible a resolver el problema que le impedía salir de su propia casa.
Los jueces intervinieron, los abogados de los ilustres señores no dejaron de consultar textos legales, para probar que su respectivo cliente debería ganar el asunto, y hasta el mismo Virrey, después de reír bastante de la tenacidad de ambos contendientes, ordenó sin réplica alguna que los coches deberían retroceder al mismo tiempo, y salir por donde habían entrado, el uno hacia la calle de San Andrés, y el otro hacia la Plazuela de Guardiola, veredicto que se cumplió al pie de la letra, quedando así en su verdadero lugar la rancia nobleza que tenían aquellos tercos mancebos. Lo que no dice la tradición es el nombre de caballeros tan arrogantes y tan difíciles de convencer.
Desde aquel acontecimiento tan pintoresco, aquel lugar se le conoció como el Callejón de la Condesa, y todavía están nuestros días lleva dicho nombre.

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