Cualquiera que camine por las calles de México
conoce cierto callejón llamado de la Condesa, ubicado junto a la Casa de los
Azulejos, y que fue célebre por cierta anécdota que se cuenta de dos hidalgos
que demostraron un amor propio exagerado.
Al callejón que desde entonces ha sido estrecho, un
buen día entraron por sus extremos opuestos dos hidalgos en sus respectivos
coches, que eran enormes según la moda de aquellos años, de esos, de amplias cajas para que dentro cupieran
hasta cuatro personas, de alto pescante, y anchas portezuelas; y claro, no
cabían ambos vehículos al mismo tiempo, de modo que para pasar uno tenía que
ceder el paso al otro, y eso de retroceder no entraba en la voluntad de ninguno
de los dos personajes.
Discutieron, alegaron razones más o menos
contundentes, dijeron que su nobleza, que sus pergaminos, que el lema de sus
cuarteles, que las hazañas de sus antepasados, no les permitían dejar el paso a
nadie fuere quien fuere, y hubo un momento en que las tizonas iban a dirimir el
pleito, lo que evitaron las autoridades reunidas en el lugar del suceso,
terminando por meterse cada uno en su carruaje, en donde estuvieron por tres
días sin salir del mismo, como si estuvieran en sus respectivas casas.
La condesita Martina, que vivía en una de las
mansiones de aquella calle, se asomó a la ventana detrás de las cortinas,
atraída por el escándalo que había afuera, entonces vio brillar las espadas y
ordenó a su lacayo recurrir a las autoridades.
Pero daba la casualidad de que la condesa quería
hacer salir su propio coche, y no tenía por el momento algún caballero que
sacara la cara por ella; cansada de estos soberbios y prepotentes varones, hace
una petición formal en una carta redactada y escrita por su confesor, para que
acudieran las autoridades competentes lo antes posible a resolver el problema que
le impedía salir de su propia casa.
Los jueces intervinieron, los abogados de los
ilustres señores no dejaron de consultar textos legales, para probar que su
respectivo cliente debería ganar el asunto, y hasta el mismo Virrey, después de
reír bastante de la tenacidad de ambos contendientes, ordenó sin réplica alguna
que los coches deberían retroceder al mismo tiempo, y salir por donde habían
entrado, el uno hacia la calle de San Andrés, y el otro hacia la Plazuela de
Guardiola, veredicto que se cumplió al pie de la letra, quedando así en su
verdadero lugar la rancia nobleza que tenían aquellos tercos mancebos. Lo que
no dice la tradición es el nombre de caballeros tan arrogantes y tan difíciles
de convencer.
Desde aquel acontecimiento tan pintoresco, aquel lugar
se le conoció como el Callejón de la Condesa, y todavía están nuestros días
lleva dicho nombre.
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