domingo, 26 de octubre de 2014

La cabeza errante

Crispante en todos sus detalles es esta leyenda del siglo XVI, que forma parte de la rica policromía de nuestras leyendas, la ofrecemos aquí con todas las reservas que es de imaginarse. Tú sabes si comprendes, cuídate de no andar por las noches de luna entre las sombras de copales y pirules porque puedes toparte con… ¡Ella!

Porque tus pies pueden hechizarse, porque tus ojos pueden hechizarse. ¡Porque tu vida puede acabar de pronto! Así dice textualmente cierto antiguo manuscrito, en el que se relata esta leyenda. ¿Quién es ella? ¿Qué cosa es lo que causa el terror y la muerte? Yo te lo voy a decir, porque ésta es cosa que han dicho los antiguos y los que la han visto. Si vas a caballo por los caminos de esta tierra, en noches de luna, desviarlo de estas sombras; si no lo haces, puedes tropezar con ella, y tú y tu cabalgadura, quedar allí muertos. Porque allí te quedarás, paralizado de pavor, mientras “ella” ríe con una risa sin sonido y te mira con unos ojos que no ven.
Tampoco, si eres caminante, pases sobre esas sombras que proyectan los ramajes bañados de luna; sus ojos taladran el corazón, y sus labios, que no hablan, pero al moverse perturban la mente. “Ella”, camina aunque no tiene pies y puede llegar hasta ti; bañarte con su aliento fétido inmortal, y te quedarás allí, muerto el grotesco, con mueca de terror. Mientras la cabeza errante, la cabeza horripilante, continuará reptando, vagando por las noches en los caminos. Siete veces, siete te lo digo, para que siete veces lo recuerdes. ¡No tropieces con esa cabeza errante!

Esta es la terrible advertencia de un viejo hechicero, tal y como obra en aquellos manuscritos. Más veamos la historia de esta leyenda aterradora.
Corría el siglo XVI: en los terrenos que hoy ocupa el Hospital Juárez, se levantaba una casona sombría y aislada, edificada por don Antón García y Ballesteros. Érase éste un español natural de Guipuzcoa, que ante el repudio de la colonia se había casado con bella mestiza; ella era se hacendosa, callada y buena, atributos que la hacían buena mujer para el español. Más parecía que una onda, profunda pena la embargaba y que la melancolía mordía su corazón, porque de tarde en tarde, la mestiza permanece estática muchas horas contemplando hacia lo lejos, lo que había sido señorío azteca, a lo que siempre su esposo acudía para saber porque siempre hacia lo mismo, pero ella respondía que solamente le gustaba mirar.
Pasaron los días y los meses y la mestiza parecía cada vez más triste, más ensimismada. A medida que aumentaba el refinamiento de la esposa de don Antón, así aumentaban sus celos, hasta que una noche, asaltado por un inexplicable presentimiento, fue hasta la habitación de la mestiza y misteriosa mujer. Mas iba a abrir la puerta cuando escucha fuertes ruidos y relinchos se caballos en la caballeriza. Se arma de paso y en cosa de segundos se planta ahí para averiguar con uno de sus criados lo que pasaba, quien le comentó que a  uno de sus caballos algo le había asustado, pues había salido huyendo desbocado y relinchando por el pantano, tampoco había visto a la mestiza. En ese momento voltearon y encontraron abierta la puerta del huerto, pero al salir al sólo advirtieren sombras ominosas que forma el follaje bañado por la luna, entonces el criado se percata de unas huellas frescas que hay en la tierra, siguen el rastro hasta que llegan ante la mestiza, pero no se percatan de su transformación. Bajo la impresión recibida por la repentina presencia de la mujer, el hermoso no se atreve a decir nada, hasta que mira hacia unos matorrales en donde hay un animal al que le comieron las entrañas; asustados prefieren irse a un lugar seguro, y cuál no fue su sorpresa cuando vieron que la mujer ya no estaba.
Cuando don Antón hubo subido a sus aposentos, encontró a su mujer profundamente dormida. ¿Cómo había logrado llegar tan rápido? Finalmente el hispano comprobó que su esposa sólo salía a dar esos paseos, las noches de los martes y los viernes, y eso le hizo avivar el fuego de los celos, pues amando a la mestiza, natural era que la celara.
Y una noche de martes, don Antón decide velar para ver cuándo su esposa abandona la casa; así era, si la mestiza se iba a entrevistar con alguien, ese alguien o era invisible o se tornaba en sombras y misterios. Un silencio absoluto, imponente, invadía huerto, los caminos, la tezcalera y el pantano.  Y ese silencio y el gran misterio que flotaba bajo la luz misteriosa de la luna, hicieron caer al español en un profundo sueño, y al despertar ya había amanecido, y su mujer ya se estaba levantando para arreglarse.
Envenenado por los celos, el esposo hizo un plan: fingiría alejarse de su casa, para volver en la noche y sorprenderla, aquel día era viernes. Escondida en una cueva cercana, Antón deja caer la noche, para poner en práctica su plan; después de amarrar el hocico del caballo, para evitar un relincho que lo denunciara, se dirigió hacia su casa. Como si fuese un taimado bandido, ata a su caballo a la sombra de un árbol grueso, con sigilo y emoción llega hasta el huerto, y empuñando su espada abre la puerta de la recámara de su esposa, comprobando la vacía. Más furioso aún porque piensa que su esposa se encuentra con su amante, vuelve a bajar para dirigirse al huerto, pero al pasar ante la puerta de la cocina, tuvo un extraño presentimiento, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Creyendo que su esposa está en el interior, ingresa para buscarla, algo se mueve entre las sombras, algo viscoso y terrorífico, Antón retrocede en busca de una gran luz; con su espada de la luz, penetrar la cocina con el temor invadiendo su alma, pero al alumbrar con su farol se halla con un espantoso descubrimiento: ¡la cabeza cercenada de su esposa! Más de pronto se detiene, se da cuenta de que no hay ni una gota de sangre en torno al cuello, ni en las cercanías, también movía los labios y de sus ojos brotaban lágrimas. El pobre hombre sale gritando desesperadamente para pedir auxilio, creyendo que a su mujer le habían dado muerte; entonces de la nada se le aparece un indio hechicero diciéndole que él es el único que lo puede ayudar; entonces le comienza a contar de su larga lucha a través de los siglos contra brujas como su esposa, y cabe aclarar que el español no debe contarlo a nadie: la mujer tiene la capacidad de abandonar su cabeza separándola del cuerpo; la cabeza pierde el habla, pero no la vida y el movimiento, y en muy raras ocasiones puede recuperar la voz; el cuerpo así tomar la cabeza de un animal o de otro ser deforme, y se va por el mundo a causar males. Cuando se aproxima al amanecer, vuelve a casa, recupera el cuerpo la cabeza que suya, y el hechizo termina. ¡Vuelve a ser normal!
Al enterarse don Antón de aquellos horrores, quiere salir corriendo de su casa lo más pronto posible, acto seguido el brujo le advierte que no lo debe hacer, porque si no la bruja lo perseguirá hasta hacerlo víctima de sus malas artes. ¿Entonces qué había que hacer? El español debía seguir al lado de ella, contando con la ayuda del indígena para destruirla, y la única manera de lograrlo es evitando que su cuerpo vuelva a recuperar su cabeza humana. Ambos hombres hicieron un pacto, y si el español llegaba a flaquear, caerían sobre él todas las maldiciones.
Amanece cuando don Antón vuelve a casa, encontrando ya normal a la mestiza. Transcurrieron los días sin incidentes y así llega el martes. Aquel amor que alguna vez había sentido por ella, ahora era una inmensa pavura.
Hace horas que le huerto, el tezcal y el pantano se han sumido en el silencio, cuando Antón se dirigió a la cocina; todo estaba quieto, la puertecilla abierta indicaba que la bruja había salido.  Entonces comienza por verter sal molida y blanca dentro de una escudilla, principio de aquel rito contra brujas, y hace las siete señales que indican la hechicería antigua, después se sitúa en el oriente sur de la cocina y rocía la sal a los cuatro vientos. Venciendo su pavor de acercarse a la horripilante cabeza cercenada, lleva la sal sobre la que ha trazado los siete signos, y recordando las palabras del hechicero: “… Coge la cabeza y aunque veas que sus ojos lloran, y aunque oigas que hable úntale la sal en el cuello, si demoras la bruja tendrá tiempo de recuperar su cabeza; hazlo sin titubear, porque ella ya se ha enterado de todo”.
Y sucedió una cosa horrible: mientras Antón le untaba la sal en el cuello, la cabeza movía los ojos abriéndolos desmesuradamente, y fue tanto su esfuerzo que al fin, de aquellos labios pavorosos  escapó una voz infrahumana, preguntándole,  ¿por qué le había hecho daño tan grande?, ¿qué mal le había hecho para condenarla a no volver a su vida natural?; También le dijo de lo mucho que lo amaba y lo feliz que era su lado, pero también debía dedicarse al oficio que había heredado de sus padres. Entonces la cabeza dejó caer amargo y doloroso llanto que conmovió a don Antón, quien después de todo había amado a la mestiza, retrocede horrorizado; más a pesar de todo su arrepentimiento, el mal ya estaba hecho, la sal hechizada escarchaba el cuello de aquella cabeza horrible.
Y dice la leyenda que Antón huyó enloquecido de dolor y arrepentimiento, y no se le volvió a ver por la Nueva España. Días después de este suceso, unos amigos que llegaron a visitar al matrimonio, hallaron el cuerpo sin cabeza de la mestiza; en el acto llegaron al Santo Oficio y los alguaciles, que en vano buscaron la cabeza de la mujer, a quien suponían asesinada por el esposo.
Pero la cabeza de la bruja había huido hacia los montes, buscando las sombras que proyecta bajo la luna el ramaje de los árboles; allí aguarda el paso de sus víctimas, a quienes mata para saciar la venganza que originó su muerte injusta a manos de su esposo. Sube a las ramas nudosas, se confunde entre ellas ¡porque es ella misma, nudos y muerte!
Y así dice la leyenda que ha ido rodando, rodando, y ha de rodar por los siglos y los siglos ¡eternamente! Muchos casos se cuentan de hombres muertos entre esas ramas, por donde rampante y siniestra se esconde la cabeza errante. En la misteriosa península yucateca, existe una leyenda similar que haya conocen por “pol”, que el lenguaje maya quiere decir cabeza. ¿Más, quien puede decirnos que esa cabeza con sus tremendos poderes, no pueda ser la misma? 

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