domingo, 12 de octubre de 2014

La hermana de los Ávila

El convento de la Concepción fue de los primeros en ser levantados en la recién conquistada Nueva España, y por consiguiente, de los primeros en recibir como novicias a hijas, familiares y conocidas de los conquistadores españoles.
Durante aquella época vivían en la esquina de lo que hoy son las calles de Argentina y Guatemala, los hermanos Gil, Alfonso y doña María de Ávila; ella era una joven muy bonita y de gran elegancia, y esto sirvió para que tuviera pretendientes que no correspondían a su condición social. Entonces sucedió que la muchacha se enamoró de un mestizo de familia humilde, conocido como Arrutia, quien se aprovechó del amor que le tenía doña María para casarse, y así gozar de su fortuna y alcurnia.
Por obvias razones, los hermanos Ávila se opusieron rotundamente a que el mestizo cortejara a su hermana, en especial Alonso de Ávila, quien le prohibió buscar a su hermana; pero Arrutia con el mayor descaro le dijo que él nada podía hacer, si doña María lo amaba, y que poco importaba si se oponía, pues el corazón de la joven ya era suyo. Lleno de santa a ira, don Alonso fue en el acto a contarle lo sucedido a su hermano Gil, quien propuso que la mejor solución sería matar en duelo al oportunista, pero don Alonso pensó que no valdría la pena mancharse las manos de sangre porque solamente se trataba de un despreciable mestizo, y que lo mejor sería darle una pequeña lección. Después de meditar las cosas detenidamente, los hermanos decidieron ofrecerle una buena cantidad de dinero para que desapareciera de la capital de la Nueva España.
Al escuchar aquella jugosa propuesta, el mestizo aceptó sin pensarlo,  marchóse a Veracruz y de ahí a otros sitios; mientras tanto por dos años la desconsolada doña María sufría y lloraba sin consuelo.
Gil y Alonso, al ver sufrir y llorar a su querida hermana, la convencieron para que ingresara de novicia en un convento, pues tal vez en los rezos y la cercanía con Dios, la ayudarían a encontrar la paz espiritual. Finalmente eligieron el convento de la Concepción, y después de pagar como dote una fuerte cantidad de dinero; entonces la llevaron enclaustrar diciéndole que el mestizo, el amor de su vida y la razón de sus tristezas, jamás regresaría su lado, ya que sabían de muy buena fuente que había fallecido.
Sin mucho entusiasmo doña María ingresó como novicia al convento, en donde empezó a llevar una vida claustral, pero sin dejar de llorar su pena de amor, recordando al mestizo entre rezos, ángelus y maitines. Durante las noches, en la soledad de su celda olvidaba su amor a Dios, su fe y de todo lo religioso, para dedicar sus energías a pensar en su adorado Arrutia, el dueño de su corazón.
Pasó el tiempo, y mientras se encontraba recluida en el convento, se enteró de que su amado había vuelto, pues había regresado a pedir más dinero a los hermanos Ávila. Finalmente una noche, cuando ya no pudo resistir más aquella pasión que la quemaba por dentro, decidió quitarse la vida ante la ausencia de su amado. Sujetó una cuerda, se hincó ante Jesucristo para pedirle perdón, y acto seguido se dirigió hacia la fuente que había en la huerta del convento, amarró la cuerda una de las ramas del árbol de duraznos, volvió a rezar pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer, y por último se lanzó para así dar fin a su vida.
A la mañana siguiente, la madre portera del convento la encontró muerta, balanceándose de un lado a otro con el viento. Los restos mortales de María fueron bajados y sepultados esa misma tarde en el cementerio interior del convento, y hasta aquí parecía que está triste historia de amor había terminado. Un mes después, una de las novicias vio una aparición reflejada en el agua de la fuente; pero esta no sería la única, pues dichas apariciones se volvieron cada vez más frecuentes, por lo que se llegó a prohibir a las monjas que salieran a la huerta después de que se metiera el sol.
Durante muchos años en el antiguo convento de la Concepción, que hoy se ubicaría en la esquina de Santa María la Redonda y Belisario Domínguez, las religiosas veían en la huerta aquella figura blanca y espantosa de doña María en su hábito, colgada del árbol de durazno. Así, durante mucho tiempo las monjas veían aquella figura espantable; de nada les sirvieron los rezos, las misas y duras penitencias, para que el alma en pena se alejara del convento.

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