domingo, 6 de diciembre de 2015

El callejón del Muerto


En la calle que hoy se le conoce como de República Dominicana, allá por los rumbos de la Villa de Guadalupe, fue ésta testigo de que las promesas que se les hacen a los santos hay que cumplirlas…vivos o muertos.
Nuestra historia comienza con don Tristán  de Alzucer, un buen hombre que tenía un hijo con su mismo nombre, a quien amaba por su parecido físico a él, de buena apariencia, pero sobre todo por ser buen hijo y buen cristiano. A los 25 años de edad aproximadamente, el joven regresó de  su viaje a las Filipinas, después de haber fracasado en el intento de obtener fortuna; el muchacho volvió a reanudar su vida en tierras mexicanas ahora como comerciante poniendo un estanquillo, en el que pondría todo su empeño y esfuerzo para que el negocio prosperara, pues apenas con lo que ganaba le alcanzaba para vivir modestamente.
Tiempo después, el joven se vio obligado a emprender un viaja a Veracruz porque iba escoger y comprar mercancía para su surtir su negocio; así emprendió su largo viaje hasta aquel lugar, y apenas hubo arribado a su destino, comenzó a escoger entre una gran cantidad de artículos de buena calidad, las mejores ropas que apenas habían llegado a la costa. Apenas había trascurrido dos días de su estancia en la costa, cuando cayó gravemente enfermo de una fiebre que se le conocía como terciaria, la cual le recorría todo el cuerpo sin permitirle respiro; su padre al enterarse fue presa de la desesperación y el dolor de no poder hacer algo por su hijo, pues era el único que tenía, sin saber qué hacer, se hincó ante una imagen de la Virgen de Guadalupe para pedirle que su retoño recuperara la salud, prometiéndole que si se recuperaba, se iría caminando hasta el templo del Tepeyac para agradecerle el favor concedido, y que si era necesario se iría de rodillas cargando una cruz .
Finalmente el milagro fue concedido, a pesar de que los médicos no le daba esperanzas de vida al muchacho, debido a las terribles fiebres terciarias que lo aquejaban, el excesivo calor de sangre, pero sobre todo porque venía de  una zona que se encontraba a varios metros sobre el nivel del mar y un clima templado, siendo en Veracruz todo lo contrario.
El milagro ya estaba hecho, entonces ¿Qué seguía?, pues cumplir la promesa, pero el problema era que a don Tristán se le había olvidado dicha promesa, más no la intención de llevarla  a cabo, pues pensaba hacerlo cuando  tuviera más tiempo , estuviera de mejor humor y que el negocio marchara mejor, pues en aquel momento era temporada de bajas ventas. Don Tristán que siempre fue buen cristiano, contaba con la amistad de don Fray Gama de Santa María Mendoza, arzobispo de México, por lo que cierto día, después de haber terminado la misa, se acercó al religioso para que le diera consejo. Le contó sobre la terrible enfermedad de la que logró aliviarse su hijo, y la promesa que le hizo a la virgen de Guadalupe si este recuperaba la salud, Fray Gama  de carácter bonachón, considerando a su buen amigo, le perdonó aquella promesa, pues según sabía él, la virgen era conocida por su generosidad y el amor que tenía al prójimo; así que lo más seguro era que lo dispensaría. Don Tristán salió muy contento de la plática sostenida con el religioso, centrando ahora su preocupación en sacar a la venta los artículos que tenía en bodega para que no se le echaran a perder con la humedad y el salitre que se formaba, pues recordemos que la ciudad de México siempre ha padecido de inundaciones.
El 12 de mayo 1608 el arzobispo fray García, se encaminó al Tepeyac como cada año solía hacerlo; cuando hubo arribado a su destino se la pasó ahí la mayor parte de día rezando y meditando, y ya para cuando el sol comenzaba a ponerse abordó su carruaje para que la noche no lo agarrara en el camino y llegar a buena hora. Cuando entro por la calle de San Andrés, grande fue su sorpresa al encontrar a don Tristán dirigiéndose hacia el norte, por lo que el religioso intrigado le preguntó a donde iba con tanta premura, a lo que su amigo le respondió que iba a cumplir su promesa porque Dios no le iba a perdonar un olvido tan grande, también le pidió que rogara por su alma. El buen hombre hablaba con una voz cavernosa que le retumbaba en el pecho y su rostro pálido presentaba las cuencas de los ojos hundidas, como si de un difunto se tratase.
Cuando fray García volvió a buscar a su amigo, se dio cuenta que este había desaparecido, así como había llegado: de la nada. Impresionado y temiendo lo peor, el religioso se dirigió a la casa de don Tristán, rogando a Dios en el camino que no fuera lo que estaba pensando y que aquella horrible visión fuera producto del cansancio de su viaje. Sin embargo, al llegar el arzobispo a la casa de su amigo, lo encontró tendido en la cama con las manos cruzadas y atadas sobre el pecho, sujetando con sus inertes dedos un Cristo de metal oscuro, el cuerpo estaba rodeado por cuatro cirios y su hijo al pie de la cama llorando desconsoladamente por la muerte de su amado padre. El religioso cayó de rodillas aterrorizado y arrepentido hasta lo más profundo de su alma, por haber mal aconsejado a su amigo.
Así que ya sabes, si alguna vez te llegas a topar a un hombre de estas características que vaya rumbo a la Villa, ya sabrás que se trata de don Tristán de Alzucer, pero no te asustes, mejor rézale una oración para pedir por el descanso de su alma.
¿Ya cumpliste tu promesa? No te vaya a pasar  lo que a don Tristán.

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