domingo, 20 de diciembre de 2015

La poseída por Lucifer (Sucedió en la calle de Palma)

En los oscuros tiempos del mito y las supersticiones, se creía que la locura era producida por artes del demonio; hoy después de mucho tiempo se sigue creyendo lo mismo…
Esta historia terrífica y diabólica, que ha pasado a convertirse en otra página más del libraco de leyendas de la Nueva España; a no ser porque una triste y lúgubre aparición tenía lugar a cualquier hora del día, el vulgo la habría confundido por la horrible llorona, porque la figura de aquella desdichada mujer era idéntica a aquella remota aparición y casi idéntico su grito de dolor. ¿Por qué vagaba esta infeliz lanzando al aire ayes tan lastimeros? ¿Estaba loca como decía la gente  o era un ánima en pena? Vamos averiguarlo.
Viajaremos en el tiempo y no ubicaremos en el año de 1566, que estaba bajo la regencia del virrey don Gastón de Peralta, marqués de Falces, a quien tocó juzgar a Martín Cortés y conjurados; más si el famoso juicio contra el hijo del conquistador atraía la atención de toda la colonia, esta también era en ese tiempo importante.
La casa que se encontraba ubicada en el número seis de la calle de Jerónimo López, hoy de Palma, la ocupaba linajuda familia González de Gomara, formada por don Felipe Lope, su esposa Francisca, y sus hijos Beatriz y Gil. Erase Beatriz joven y bellísima y allí radicaba la importancia de la casa, pues la familia asistía a misa todos los días en la Perpetua, todos se iban en el carruaje a excepción de la muchacha que siempre iba a pie, la larga travesía que efectuaba era el mayor motivo de atención para muchos jóvenes galanes, que como era costumbre siguieron a distancia y con gran respeto a la hermosa Beatriz que irradiaba belleza y señorío. Muchos creían que la caminata de la muchacha era con el fin de exhibirse y ser admirada por todos los galanes que se apostaban a su paso y para escuchar encendidos piropos que en ese tiempo se estilaban, como por ejemplo: “Un ángel bajo del cielo para causarme sonrojos, señora, dejadme veros, aunque se cierren mis ojos”.
Sin embargo, el diario peregrinar de Beatriz tenía el dulce motivo de dar limosna a los mendigantes que hallaba a su paso, incluso sus manos blancas y finas llevaban alivio a los enfermos dándoles algún remedio para aquello que los aquejaba.
Cuando Beatriz llegaba al templo, ya estaba aguardando para verla varios galanes que eran flor y nata de la capital de Nueva España, sin embargo todo se les iba en ilusiones y suspiros, pues la bellísima mujer tenía un algo de místico y extraño que no les dejaba acercarse; siempre aquellos galanes tenían la ilusión de que Beatriz posara su mirada en alguno de ellos, pero en el fondo sabían que Dios era el único, y eso parecía lo más seguro pues ella era la damita más religiosa de toda Nueva España. De corazón noble, generosa y buena, dada a la fe y la caridad, sus padres y quienes la conocían creían que iba a ser monja; pero el destino suele cambiar las cosas muchas veces, pues se dice que el demonio mete su cola entre las personas buenas.
Beatriz se aprestaba para llevar comida y abrigo a dos enfermos, pero su madre le advirtió que no fuera sola, sino en compañía de sus nana, a lo que la muchacha ignoró los consejos maternales y salió de inmediato; sin embargo, esta vez la madre de Beatriz tenía razón, pues aquel era un barrio humilde pero en extremo peligroso, era reducto de rufianes y perversos individuos. Y dio la causalidad que ese mismo día dos de ellos la estaban espiando, prestos esperando el momento ideal para entre en acción y así lo hicieron, como fieras montaraces las dos rufianes aguardaron a su presa y la atacaron de inmediato aventándole una piedra en la cabeza, y al ver que la inerme damita había quedado turbada, se le echaron encima con el fin de despojarla de sus pertenencias.  En esos momentos críticos para Beatriz, apareció de improviso elegante y apuesto caballero, quien en un santiamén emprendió de “pajuelazos” contra el par de malandrines, y mientras esto pasaba la dama le suplicó que los perdonara, y ante tan noble petición el caballero quedó sin palabras;  como aún le durase el efecto del golpe de la piedra, Beatriz quedó estupefacta  y confusa ante el apuesto caballero, estaba embelesada, como si el nombre de aquel caballero, que era Juan Manuel García de Monte Alegre, hubiese sido una dulce flecha que se clavara en mitad del corazón, y sin saber cómo ni porque, con profunda emoción interior pronunció su nombre.
Desde aquel día, Beatriz dejó de caminar sola por los barrios humildes de la Nueva España, pues Juan Manuel se convirtió en su guía y guardián, y pronto, muy pronto, aquellos recorridos para hacer obras benéficas  se convirtieron en reuniones amorosas; la muchacha había centrado su amor, tantos años dormido, en la apuesta figura del mancebo y este a su vez estaba enamorado de ella, y ese amor, esa pasión  arrebatadora y loca fue creciendo  y creciendo a medidas que pasaban los días y las horas.
La figura y el amor hacia Don Juan Manuel se hicieron una obsesión en la mente de Beatriz, que despierta se soñaba en brazos del apuesto caballero. Aunque ahora repartido su amor entre Dios y aquel hombre, la muchacha continuaba yendo a la iglesia y dando limosna a mendigantes; pero fue precisamente uno de esos días cuando ocurrió aquello que iba a ser su desdicha. Al salir del templo se topó de buenas a primeras con Don Juan Manuel, que venía acompañado de una dama que sin duda era su esposa, a lo cual Beatriz sintió un golpe peor que aquel que le dieran los rufianes y acallando sus gemidos echó a correr, quería que la tierra se abriese, desaparecer, volar lejos, muy lejos de allí ¡Juan Manuel era casado!
Durante varios días la destrozada Beatriz se encerró en su alcoba negándose a abrir y a probar alimento. Por fin al cuarto día la muchacha abrió la puerta, pues había pensado en su congoja y que ya que había estado tan apegada al cielo, el cielo podía ayudarla; y acto seguido loca de pena y desesperación corrió ante el cristo al que le pediría, le exigiría un milagro, se dejó caer de rodillas y comenzó a implorar que a Don Juan Manuel se le castigara con la muerte, pero en seguida se arrepintió y mejor pidió aquello para la esposa del caballero.
Pero transcurrieron los días y las ansiada venganza divina no era consumada, Beatriz se sentía enloquecida día con día, casi perdió el juicio por su penar amoroso, hasta que un día decidió castigar a quien no le había escuchado, y sin medir el alcance de su sacrilegio comenzó a golpear al cristo con una espada, arrancaba esquirlas de la escultura mientras seguía echando en cara al señor crucificado el hecho de que no hubiese escuchado su petición; en ese momento su nana, que le llevaba alimento la sorprendió en tan horrible acto y acto seguido, la muchacha arrojó lejos de si la espada y se escondió en el regazo de su nana buscando tan urgente refugio, quien le dijo que esa clase de milagros Dios no los hacía, sino otra clase de seres malignos más poderosos…
Esa misma noche, cuando Beatriz trataba de encontrar la paz espiritual en el sueño, escuchó un dulce silbido bajo su ventana, corrió a asomarse  y miró hacia la calle, ahí estaba un galán apuesto y enjoyado, pero no era Don Juan Manuel, sino un caballero más hermoso, más apuesto, que hizo que el corazón de la muchacha diese vuelcos de emoción. El galante caballero miró fijamente a Beatriz y ella sintió como una chispa que le recorría todo su ser, entonces él le arrojó  una rosa, y al impulso de rara sensación se llevó la flor a su fresco rostro.
Esa noche, la muchacha creyó tener sueños espantosos, vio que tres brujas y un trasgo la rodeaban en su lecho, y que la llamaban, tiraban de ella con sus dedos afilados como garfios aprisionándola, sacándola del lecho sin que osara salir de su garganta un grito; entre aquellas horribles brujas se encontraba su nana transfigurada por la maldad. Sin voluntad para negarse, Beatriz montó sobre el repulsivo enano, entonces las brujas entonaron siniestra letanía y no bien se había dejado escuchar aquel conjuro, la muchacha se sintió  transportada por los aires a lomos del enano y seguido de las brujas, se remontaron alto, alto, ella sentía el aire frío de la noche azotándole las mejillas; no supo cuánto tiempo duró el viaje, pero recordaba haber visto hacia abajo las luces de la capital de la Nueva España; de pronto comenzaron a descender en el centro de una árida montaña, donde enormes piedras formaban un extraño anfiteatro, pero Beatriz no podía despertar del horrible sueño y así, se vio frente  un tálamo rojo vigilado por brujas horribles y seres monstruosos, las luces rojizas de las antorchas y las hogueras en torno a la cual se reunían las brujas daba a aquel espectáculo tintes infernales. Entonces, sin que tuviera tiempo de reaccionar, la muchacha se sintió sujeta por dos brujas horribles que la conducían hacia el tálamo, y lo peor del caso era que ella no podía resistirse, solo al abrirse las cortinas Beatriz estuvo a punto de gritar, pues allí en el lecho la aguardaba el ser más horrible que jamás hayan visto ojos humanos, lo último que vio fueron unos belfos que se pegaban a sus labios y garras peludas que la abrazaban.
Transcurrió mucho tiempo antes de que Beatriz pudiese gritar, abrir los ojos y darse cuenta de donde estaba; entonces se vio en su propio lecho y a sus pies aquel galán hermoso y varonil, que recién dejaba su cama aún caliente de su cuerpo, aquel desconocido la calmó de su sobresalto y ella aún presa de aquel horrible sueño lo abrazó, quien por cierto llevaba por nombre Jabel; el galán se vistió y en un santiamén se salió por la ventana, acto seguido Beatriz corrió a la ventana, pero solo vio la calle escueta, el misterioso caballero se había evaporado sin que ella viera como había podido llegar a su alcoba.
Al día siguiente la muchacha se encontraba de buen humor, más algo se había operado en su alma, algo que no reflejó el espejo, pero que salía al exterior con cualquier motivo, se había tornado mala y perversa, un ejemplo de ello era cuando aquellos mendigos y enfermos que ella socorría le pedían ayuda, lo único que ella les decía era que se marcharan y se murieran, situación a la que su madre le asustaba, pues el rostro de su hija se había vuelto afeado y sus ojos duros.
Dos días más tarde, Beatriz volvía a tener aquel sueño horrible donde las brujas la sacaban de su lecho, y nuevamente en lomos del enano volaba por los aires hacia aquel tálamo infernal en donde le aguardaba el rey de las tinieblas; y de nueva cuenta se vio empujada hacia el tálamo rojo, lugar en que sabía que la aguardaba un ente horrible que iba a poseerla, y al despertar esta vez, pudo darse cuenta que el apuesto y varonil galán Jabel estaba a su lado en su mismo lecho, además estando cerca el alba era hora de que se marchara, y en la forma audaz en que entraba, volvió a salir aquel galán de la alcoba de la muchacha.
Al día siguiente, sus padres vieron a Beatriz muy desmejorada, pálida y ojerosa, además había perdido el apetito. Transcurrieron los días  y más días, y ella estaba cada día más taciturna y pensativa, parecía extrañar al galán que hace mucho no veía, pero a medida que transcurrieron los meses, el antes bello y sonrosado rostro de Beatriz se tornó pálido, demacrado y falto de belleza, parecía como si extraña enfermedad minara su cuerpo y a pesar de todo, ella nada decía a su madre acerca de ello, hasta que al fin cuando la naturaleza finaliza su obra asombrosa, ocurrió cierta noche lo inevitable ¡¡Beatriz dio a luz a un niño!!
Y su sorpresa fue grande al ver que sus parteras habían sido aquellas horribles brujas de sus sueños, y entre ellas logró reconocer a su nana. La muchacha exigió se le devolviera a su hijo, pero aquellas mujeres le aclararon que no era de ella, sino del Demonio, y ante los mismos azorados ojos de Beatriz, las dos brujas y el enano desaparecieron esfumándose en las sombras de la alcoba, la muchacha empezó a gritar como loca por si hijo y sin tener más energías cayó desmayada.
Al día siguiente, su madre la encontró sin conocimiento, yaciente en el piso de su propia alcoba, y cuando la muchacha pudo volver en si dijo palabras incoherentes, cosas que nadie iba a creer; ante las cosas que dijo su hija, la mujer llamó a su marido, y ante los gritos angustiosos de Doña Francisca acudió Don Lope, el padre de la infortunada chica.
Llamado con premura el doctor Illescas dio un asombroso veredicto sobre la enfermedad que afligía a Beatriz: en efecto, había dado a luz un niño y debía de permanecer encerrada hasta que se le pasara su enajenación. La muchacha fue encerrada los primeros días, pero más tarde se ablandó el corazón maternal y se le dejó vagar libre por la casa; después la vigilancia decayó y la chica se dio mañas para salir a la calle, su mente desquiciada la impelía a buscar a su hijo. Su aparición por las calles no causaba miedo, pues vagaba durante el día preguntando a los transeúntes sobre el paradero de la nana y su hijo, siempre argumentando que el demonio era su padre y era el príncipe al que el mundo adoraría.
Aunque la leyenda nos oculta el fin de Beatriz, parece que murió muchos años después en una celda para dementes; la conseja popular dijo entonces que un día su padre le había dado muerte, de todos modos, aquel suceso aún nos aterra y sobrecoge. Nos vemos la próxima semana.

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