domingo, 7 de febrero de 2016

La esposa que volvió de las sombras (Sucedió en la hoy Avenida Hidalgo)

El alma de los muertos no tendrá punto de reposo, cuando alguna pasión insana la detenga en este mundo. Sí, porque algunas almas han sido perturbadas en sus siglos de reposo, gracias a fuerzas diabólicas y perversas. Este relato verídico traído para ustedes desde el siglo XVI, nos habla de un acto de poder sobrenatural, que perturbó el sueño eterno de una muerta.
Miremos por el carcomido hueco hacia el pasado, para ver cómo era la hoy avenida Hidalgo, en el último tercio del siglo XVI. Era en ese siglo virrey en Nueva España, don Martín Enríquez de Almanza, cuya administración fue trágica y siniestra. Vivían en la casa marcada con el número 22 de la que entonces se llamó calle del Portillo de San Diego, dos alegres personas; llamábase ella doña Leonor de Azpeitia y el don Juan de  Rivera y Villavicencio, amantes y fieles esposos llegados de Castilla. Pocos meses tenían de casados y se amaban tan entrañablemente, que no gustaban de separarse ni un momento. Venidos con la corte del virrey de Almanza, todos temían que les contagiara de un trágico destino, más parecía que su amor intenso y puro, los ponía a salvo de toda desdicha y calamidad que azotaba a Nueva España.
Cierto día fundían su amor y su pasión en un abrazo cuando fuertes ruidos vinieron a turbarles el momento: se trataba de la criada, quien traía noticias nefastas diciendo que había espíritus malignos en la calle, pero no era otra cosa más que  la tan temida peste. La peste que asoló en aquellos días la capital de la Nueva España, fue de 1576 a 1577. Nadie conoce a fondo las causas de esta enfermedad que causaba inmensa mortandad entre los naturales; era de presumirse que, los hispanos habían acaparado el agua limpia que entraba la capital.
Entre tanto, los indios se veían obligados a beber agua de las atarjeas y canales navegables contaminados; lo cierto era que los indios caían como moscas a lo largo y ancho de las calles de la entonces capital de Nueva España, había ya en la capital varias órdenes religiosas: franciscanos, dominicos, agustinos y acababan de llegar los jesuitas. Todos con fervor piadoso ayudaban a los miserables apestados, ya tratando de curarlos, ya impartiéndoles los últimos auxilios cristianos.
La campana fúnebre, de la carreta de los apestados, causaba escalofríos. Pronto resultó insuficiente el servicio fúnebre y el virrey ordenó abrir cepas en cualquier calle, y en esas cepas se arrojaban a los muertos apestados y a veces, a muchos que aún alentaban, pero que no vivirían más. Entre las medidas tomadas por algunos particulares, destacó la tomada por el doctor don Juan de la Fuente; este galeno citó en una sala del Hospital Real, a todos los médicos residentes en ese siglo, en la capital de Nueva España, en donde se acordó que se llevaría a cabo una autopsia de los cuerpos para determinar la causa de la enfermedad.
Algunos indios y mestizos que se dieron cuenta de aquellas autopsias comenzaron a murmurar que aquellas personas eran quienes los envenenaban y les hacían todo mal. Así, mientras el doctor de la Fuente y los demás galenos trataban inútilmente de averiguar la causa de la peste, don Juan así otra cosa: lograba ser oído por el virrey de Almanza y por el entonces Arzobispo Moya de Contreras, para saber si se estaba tomando alguna medida para controlar la peste y para ofrecer su ayuda. Don Juan regreso a su casa, satisfecho de sus gestiones y contar a su esposa Leonor todo cuanto había logrado, quien se ofreció a llevar alimentos, ropas y alivio aquellos desdichados. Don Juan no tuvo otro remedio que dejar ir a su esposa, a llevar ayuda para quien lo necesitaba tanto. Todos los jacales de indios eran nido del mal y adentro había quejidos y muerte. Durante días y semanas, la mano blanca y bondadosa de doña Leonor llevó auxilio y consuelo a los enfermos, su presencia daba ánimos a los indios, que recibían comida y frases de aliento de aquella hermosa y rica dama, y tanto trato con los apestados, que al fin ella también pareció sucumbir al mal, y a su esposo no le quedó otro remedio que aguardar el triste desenlace.
La voluntad del creador fue que la hermosa, joven, rica y bondadosa dama, muriese de la terrible peste. Horas y horas pasó junto a la tumba el atribulado esposo, que no se resignaba a tan sensible pérdida, dos de sus criados que le acompañaban se acercaron a suplicarle que debía irse a descansar a su casa, y fue necesario llamar a los caballeros amigos de don Juan para poder sacarlo del cementerio. Durante muchos días, visitó la tumba de su amada, sobre la cual dejó lágrimas y flores después se encerró en su casona, y decidió que no saldría de allí, pues su esposa estaba muerta, esa estancia sería su tumba y muerto estaría muy pronto. Transcurrieron los meses, las vigilias, la pena y su desesperación, fueron perturbando su mente, hasta que enloquecido comenzó a rebelarse contra la voluntad del cielo, maldiciendo a Dios.
Llamó entonces a la criada para preguntarle sobre aquel brujo muy poderoso que había mencionado durante la peste, y le ordenó que lo llevara ante él. Obedeciendo las órdenes de su amo, la india condujo a don Juan hasta una casucha por el entonces barrio de la Candelaria de los Patos; ahí se encontraba a un hombre de avanzada edad con apariencia un poco desagradable.
Don Juan sin rodeos le pidió al brujo que resucitará su esposa y que a cambio le pagaría una muy buena cantidad de dinero; el anciano le advierte que su poder está limitado por otro superior y que el acto que pide es un reto y puede vencerlo cuando menos lo espere. Sin importarle, don Juan acepta cualquier riesgo, con tal de ver otra vez a su esposa viva; entonces el brujo comienza a invocar a los seres de la oscuridad para qué devuelvan a la vida a la mujer. Don Juan pensando que el brujo era un charlatán, se marcha furioso su casa, pero al llegar encuentra la puerta de la casa abierta, y con no sería su sorpresa cuando de pronto una grácil figura emergió del jardín: ¡era su esposa!
Renacieron los días felices, doña Leonor estaba aún más bella y don Juan aún más enamorado, de su enfermedad, su muerte y resurrección no se hablaba una palabra, pues eso parecía haber sido sólo un horrible sueño. Todo parecía normal, sólo de vez en cuando ocurrían cosas extrañas, como cuando las aves huían de su presencia, y como cuando el minino al sentirla cerca, maullaba y erizaba los pelos. Pero eso nada les importaba, ni se daban cuenta de ello, ocupados como estaban en dar rienda suelta a su amor y su pasión, todavía pasado ya, ninguna nube de temor enturbiaba su vida y sus amores. Así pasaron los meses, entregados al amor y a la pasión, sin preocuparse por los sucesos de la vida exterior.
Mientras tanto, allá en el cubil, el viejo brujo leyendo antiguos manuscritos hace un inesperado descubrimiento: el término de aquella vida se aproximaba, no podría vencer nuevamente a la muerte; por una verdadera rareza, el brujo abandonó su cubil para dirigirse a la ciudad y dar aviso al caballero. Con la rapidez que le permitían sus flácidas y temblorosas piernas, se aventuró por las calles solitarias de la capital de la Nueva España, pero quiso el destino que al cruzar la calle pasara una diligencia con los corceles desbocados, y cuando menos se dio cuenta le pasaron encima, causándole una muerte instantánea.
En esos momentos, allá en la casa de don Juan, doña Leonor sintió que algo extraño lo ahogaba, y sin darle mucha importancia se fueron a dormir. Jamás pensaron los amantes esposos, que ese iba a ser un sueño definitivo y cruel y que el despertar les aguardaba pavoroso. Al día siguiente, tras de despertarse alegre y feliz, don Juan se acercó despertar a su esposa, juguetón y alegre levantó la sábana y entonces se halló ante aquel cuadro horroroso: el rostro antes bello de su esposa, era una máscara horrible, llena de gusanos y carne putrefacta, levantó más las mantas y se halló con que todo el cuerpo era una llaga purulenta cubierta de larvas asquerosas, y ante sus ojos tuvo lugar aquella transformación de horror; los gusanos devoraban la carne de la muerta y poco a poco, quedaba el esqueleto mondo y blanco. Don Juan de ribera y Villavicencio contempló anonadado, que de aquellos lindos ojos sólo quedaban negras oquedades, y de aquellos dientes, de esa boca, una abertura descarnada, que dibujaba una mueca sarcástica y siniestra.
Las sienes de don Juan parecían estallar, su corazón la que aceleradamente su cerebro enloquecía, no podía creer que su esposa había vuelto a morir, gritaba desesperado una y otra vez para que volviera a la vida.
Días más tarde encontraron muerto a don Juan Manuel de Rivera, abrazado al esqueleto de su esposa. Nadie conoce la horrible historia, ni se supo entonces la verdad, creyeron que loco de amor, don Juan había robado el esqueleto. Tal es la verídica historia ocurrida en esta casona hoy en la avenida Hidalgo, que en aquel siglo fue del Portillo de San Diego. Mientras calman sus nervios, dejaré pasar una semana.

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