domingo, 21 de febrero de 2016

El nacimiento de la civilización maya


Zamná

En tiempo que nos posible precisar, pero que se fijan una época muy anterior a Jesucristo, apareció por las bocas del Pánuco, río que está entre Tamaulipas y Veracruz, un grupo numeroso de inmigrantes que procedía de las islas. Habían viajado por mar. Dejando algunos de los de su raza, como los huastecos, fueron descendiendo lentamente al sur, hasta que allá por el siglo VII a. C., se presentaron en las costas occidentales de Yucatán y desembarcaron. Eran los mayas.
Con ellos sido notable personaje, dechado de sabiduría, que se llamaba Zamná y también Itzamná e Itzamatul. El, cuando le preguntaban cuál era su nombre, respondía: “Yo soy el rocío del cielo”, que a eso equivale la palabra maya. Fundó un reino cuya capital fue Itzamal, que quiere decir “el rocío diario del cielo”.
La fama de Zamná voló por toda la península y los países vecinos, y de todas partes iban presurosos las gentes a consultarle sobre sus cuidados. Se cuenta que él fue el primero que puso nombre a todas las costas de Yucatán. A él se le atribuye también la invención de la escritura. Era un gran médico, pues sanaba a todo los enfermos. Dícese que también resucitaba a los muertos.
Cuando murió, el pueblo le lloró como a un padre. Sus grandes hechos y singulares virtudes hicieron que fuese considerado ya, no como hombre, sino como una divinidad. Dividieron sus restos mortales en tres partes, y sobre cada una levantaron inmensas pirámides de piedra, es decir, templos grandiosos.
La del Oeste de la plaza contenía la mano derecha y se llamaba Kabul. Era templo famosísimo al que acudían en tropel los peregrinos desde lejanas regiones para llevar limosnas y ricas ofrendas, y atravesando la península por anchas vías que se dirigían hacia los cuatro puntos cardinales.
La mayor parte de las tres pirámides se alzaba sobre la cabeza del profeta, y se llamaba Kinich-Kakmó. Allí se hacían rogativas y sacrificios en tiempos de hambres y pestes. A la hora en que el fuego quemaba el sacrificio, es decir, en el momento en que la luz dorada del sol bajaba del cielo, descendió volando una guacamaya de variados y lindos colores.
La tercera pirámide fue llamada Ppapp-Hol-Chac, y se levantaba sobre el corazón y las cenizas del venerado muerto. En ella moraban los sacerdotes. Zamná fue, pues, el civilizador más antiguo de Yucatán.
La leyenda le pinta como un hombre extraordinario y aún la gratitud popular le convirtió en Dios las grandes pirámides que se han mencionado subsisten aún en Itzamal, y proclaman con sus lenguas de piedra, silenciosamente en la gloria de Zamná y de su pueblo.

Votán

Por la misma época en que Zamná civilizada Yucatán, cuenta la tradición que llegaron otros inmigrantes por las costas de Chiapas, en el Océano Pacífico. Como los mayas, también éstos eran navegantes. Venía capitaneándoles un sacerdote también, cuyo nombre era Votán. Le llamaban, igualmente, Teponahuaste, que quiere decir señor del palo hueco, en memoria de haber llegado por la mar en un barco. Era sabio como Zamná, y obraba prodigios. Dícese que en Soconusco fabricó a soplos un palacio, y nombró una señora con servidumbre, para que lo guardase juntamente con un tesoro que allí depositó.
Los compañeros de Votán, se llamaban a sí mismos culebras, es decir, chanes. Votán era un chan, una culebra. Se estableció en la ciudad de Na-Chan, ciudad de las culebras, que se llamó después Palenque, a poca distancia del Usumacinta, río que viene de las montañas de Guatemala, riega Chiapas, traviesa Tabasco y se arroja majestuoso en el Golfo de México.
Votán hizo frecuentes viajes al lugar de su origen, y dicen que siempre encontraba su regreso mayor número de chanes, lo que significa que la inmigración continuaba. Siguió la corriente del Usumacinta hasta su desembocadura, y toda la región se cubrió de ciudades. Además de Nachán, fue también notable Yaxbite u Ococingo.
Unió a los chanes con la gente del país por medio de matrimonios, y así resultó un nuevo pueblo. Dividió las tierras y las repartió entre las familias, estableciendo así el derecho de propiedad individual,  cosa que no se observa entre los nahoas cuyo sistema fue la propiedad comunal o de comunidades.
Enseñó su pueblo la agricultura. Fundó la religión y el gobierno sacerdotal, como Zamná. El gobierno de los sacerdotes se llama teocracia.
Votán fue, pues, el civilizador de Chiapas. A su muerte fue también verificado; el pueblo le adoro como a un dios. Votánides se llamaron sus descendientes, que continuaron ejerciendo poder sacerdotal y desarrollando aquella brillante civilización del sur. 

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