La leyenda de la Llorona es antiquísima y se
generalizó en muchos lugares de nuestro país, como una mujer que recorría
caminos, pueblos y ciudades buscando a los hijos que había perdido. Y así llegó
a Celaya, causando gran terror en la gente que la veía o escuchaba.
Fue a principios del siglo pasado, cuando en la ciudad
de Celaya corrió la versión de que la llorona había llegado ese lugar. Una
mujer enlutada recorría la vía pública por las noches. Iba en un carruaje con 2
caballos percherones, guiado por un cochero que parecía de ultratumba; tenía la
cara pálida como de muerto, los ojos hundidos y los pómulos salientes. A su
paso y con el silencio de la noche, se escuchaban prolongados gemidos y tristes
lamentos, hasta llegar al templo de San Francisco, en donde la mujer bajaba,
ayudada por el auriga con gran parsimonia. En la puerta, daba el último grito y
penetraba a la Iglesia por la puerta cerrada. Permanecía mucho rato, y salía de
la misma manera. El fúnebre carretero la recibía, le ayudaba a subir a la
carroza y volvía hacer el mismo recorrido. Entraba y salía por lo que es hoy la
calle de Guadalupe con rumbo al camino de Camargo y Santa Rita.
Cuenta la leyenda que por aquellos días no había luz
eléctrica y la ciudad, por las noches parecía “boca de lobo”. Solamente en
determinados sitios había quinqués los que alumbraban con velas o combustible,
que daba una luz muy tenue. Cuando no había luna, de una esquina a otra no se
podía ver. Por aquella época se acostumbraba que hubiera serenos, vigilantes
que hacían rondas por la noche. Éstos serán designados por el jefe de cuartel y
se turnaban para recorrer sus respectivos distritos -los que eran cuatro en la
ciudad-. Contaba Jesús Zárate, que “a la ronda del cuartel primero correspondía
la calle de Palafox hacia el oriente, y por lo tanto a los que les tocaba ver
la aparición”. Al principio, al ver aquella mujer extraña, vestida de negro,
pensaban que era una feligresa que tenía algún enfermo grave e iba a buscar al
señor cura. Pero al percatarse que la sombra traspasaba la puerta cerrada, les
dio tal susto que corrieron despavoridos.
Todo era macabro, se escuchaba el ruido de las patas
de los caballos cuando pegaban en el empedrado, apareciendo un carruaje guiado
por la figura quijotesca de un hombre. Atrás, una mujer enlutada, que se cubría
la cara con un velo. Ella descendía del carro y se perdía en la puerta del
templo. Cuando los serenos auxiliados por sus linternas llegaban al lugar, el
carruaje desaparecía y se situaba en otro sitio. Después a una hora
determinada, salía la dama y el cochero la esperaba en la puerta de la iglesia.
Se volvía escuchar el ruido de las patas de los caballos, así como los gritos y
lamentos de una mujer atormentada, que daba hondos quejidos y un grito
desesperado de ¡Ay mis hijos, en donde estarán mis hijos…!
Aquello sucedía todas las noches y los vigilantes
esperaban con terror la hora en que hacía su aparición el carro, y al
acercarse, a estos hombres se les “erizaban los cabellos”, temblaban de pies a
cabeza, y sin embargo observaban aquello como si tuvieran imán los
acontecimientos. Nunca se atrevieron a seguir la carretela para conocer el
final de su destino; sabían que aquella mujer no era de este mundo, sino un
espectro de ultratumba que venía penando y que llegaba a la Iglesia de San
Francisco expiar sus pecados.
Los serenos se transmitían el suceso entre ellos, a la
vez, lo platicaban a otras personas y aquello se volvió “la comidilla del día”,
todo el pueblo sabía lo que ocurría por las noches en el templo de San
Francisco y al pasar frente a él, miraban con cierto temor la puerta por donde
traspasaba la sombra de aquella mujer misteriosa, que podría ser el demonio.
Señalaban con curiosidad el lugar en donde decían se paraba el carruaje con el
cochero de ultratumba.
Se cuenta, que los hombres valientes, haciendo alarde
de su hombría acompañaban a los guardias y al observar aquello, se les
enchinaba el cuerpo como gallina pelada, y no solamente no se acercaban al
lugar, sino que corrían despavoridos al ver la misteriosa aparición. Muchas
personas aseguraban que era la Llorona, que sirvió de tema a un drama de capa y
espada representado múltiples veces en todo lo largo y ancho del país. Otras,
que era una señora muy conocida que por llevar una vida descocada, que fue el
escándalo en la ciudad, y estaba en los infiernos; de ultratumba venía arrepentida
pidiendo perdón al Altísimo. Se cuenta también que la mujer misteriosa que
descendía del carruaje, era una autoviuda la que había asesinado a su marido
por encontrarlo con otra mujer. Después de este hecho, salió de Celaya y nunca
se volvió a saber nada de ella. Ahora regresaba arrepentida de haberle quitado
la vida su compañero y pedía el cielo clemencia.
Otro suceso que se cuenta es sobre una señora de las
más “encopetadas” de la ciudad, era esposa de un rico hacendado. Una mujer muy
de su casa, que vivía sólo para atender a su esposo y sus cinco hijos. Se dice
que era tan exagerada que bañaba a los niños con agua hervida y no permitía que
ninguna sirvienta se entendiera de sus pequeños. La familia vivía en la ciudad
y los fines de semana se iban a la hacienda para estar todos juntos, ya que el
señor, por su trabajo, permanecía el más tiempo posible en el rancho que estaba
un poco retirado de ese municipio.
Pero en una ocasión la señora sintió gran nostalgia
por su esposo; le pidió a su cochero se alistaran porque se iban ese mismo día
a la hacienda. El hombre al principio se resistió poniéndole algún pretexto,
pero al recibir la orden de su patrona, no le quedó más remedio que hacerlo. Y
así, muy contenta acompañada de sus hijos, después de haberse llevado hasta el
perico, llegó al rancho. Cuál sería la sorpresa de la mujer, al ver que su
esposo estaba acompañado por otra mujer la que ocupaba su lugar. Después se
enteró que los fines de semana se va Guanajuato, mientras ella permanecía en la
hacienda. La esposa, haciéndose que no estaba enterada de lo que pasaba, no
dijo una sola palabra. Ordenó a sus hijos saludarán y besaran a su padre, lo
mismo que hizo ella, mientras la otra mujer se esfumaba. Todo el día estuvo muy
contenta, por lo que el hombre no sabía qué pensar. Su esposa era muy
inteligente, comprensiva y tal vez aquí, no había pasado nada.
La señora ayudada por sus criadas hizo pastel para
merendar. Al llegar la noche, les habló a su esposo y sus hijos para ir a la
mesa. Le sirvió unas deliciosas tazas de chocolate muy espumoso, el que saboreó
la familia acompañándolo con el pastel. Habían pasado 20 minutos, cuando uno a
uno fueron cayendo muertos. Los había envenenado poniendo arsénico en el
chocolate. Aquello fue aterrador, había seis cadáveres en el piso y la mujer
enloqueció. Cuentan, que cerró la puerta del comedor, y por horas paso contemplando
a sus víctimas, hasta que los criados dieron parte a las autoridades de lo
ocurrido.
Por mucho tiempo no se supo más de ella, pero sí se
hablaba de aquel hecho criminal, de que al ver que el marido la engañaba,
enloqueció y pensó acabar con todo lo que le recordara aquel amante esposo al
que había adorado, y terminó con toda la familia. Ella por muchos años estuvo
internada en un manicomio y después se supo que había fallecido. Cuando
apareció aquella dama de negro que recorría la ciudad en un carruaje, guiado
por un cochero de ultratumba, se pensó que era ella, la que había regresado
arrepentida y llorando por haber matado a sus hijos y a su marido, en el templo
de San Francisco en donde iba a rezar, volvía a pedirle perdón a Dios por lo
que había hecho…
Por muchos años se habló de la dama de negro, la
enlutada mujer sin entrañas que recorría la ciudad de Celaya llorando y
gritando ¡Ay mis hijos, donde están mis hijos…! La que como espectros se
aparecía y traspasaba la puerta del templo. Pero después de que murió el último
de los ronderos, que dieron fe de estas apariciones fantasmales, las que se
contaban en toda la ciudad, se fue esfumando al paso del tiempo el suceso que
ocupó la mente de infinidad de personas por mucho tiempo, convirtiéndose en una
leyenda que se aplica a la “Llorona”, a su paso por la Ciudad de Celaya.

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