domingo, 9 de octubre de 2016

La dama de Negro (Leyenda de Celaya)

La leyenda de la Llorona es antiquísima y se generalizó en muchos lugares de nuestro país, como una mujer que recorría caminos, pueblos y ciudades buscando a los hijos que había perdido. Y así llegó a Celaya, causando gran terror en la gente que la veía o escuchaba.
Fue a principios del siglo pasado, cuando en la ciudad de Celaya corrió la versión de que la llorona había llegado ese lugar. Una mujer enlutada recorría la vía pública por las noches. Iba en un carruaje con 2 caballos percherones, guiado por un cochero que parecía de ultratumba; tenía la cara pálida como de muerto, los ojos hundidos y los pómulos salientes. A su paso y con el silencio de la noche, se escuchaban prolongados gemidos y tristes lamentos, hasta llegar al templo de San Francisco, en donde la mujer bajaba, ayudada por el auriga con gran parsimonia. En la puerta, daba el último grito y penetraba a la Iglesia por la puerta cerrada. Permanecía mucho rato, y salía de la misma manera. El fúnebre carretero la recibía, le ayudaba a subir a la carroza y volvía hacer el mismo recorrido. Entraba y salía por lo que es hoy la calle de Guadalupe con rumbo al camino de Camargo y Santa Rita.
Cuenta la leyenda que por aquellos días no había luz eléctrica y la ciudad, por las noches parecía “boca de lobo”. Solamente en determinados sitios había quinqués los que alumbraban con velas o combustible, que daba una luz muy tenue. Cuando no había luna, de una esquina a otra no se podía ver. Por aquella época se acostumbraba que hubiera serenos, vigilantes que hacían rondas por la noche. Éstos serán designados por el jefe de cuartel y se turnaban para recorrer sus respectivos distritos -los que eran cuatro en la ciudad-. Contaba Jesús Zárate, que “a la ronda del cuartel primero correspondía la calle de Palafox hacia el oriente, y por lo tanto a los que les tocaba ver la aparición”. Al principio, al ver aquella mujer extraña, vestida de negro, pensaban que era una feligresa que tenía algún enfermo grave e iba a buscar al señor cura. Pero al percatarse que la sombra traspasaba la puerta cerrada, les dio tal susto que corrieron despavoridos.
Todo era macabro, se escuchaba el ruido de las patas de los caballos cuando pegaban en el empedrado, apareciendo un carruaje guiado por la figura quijotesca de un hombre. Atrás, una mujer enlutada, que se cubría la cara con un velo. Ella descendía del carro y se perdía en la puerta del templo. Cuando los serenos auxiliados por sus linternas llegaban al lugar, el carruaje desaparecía y se situaba en otro sitio. Después a una hora determinada, salía la dama y el cochero la esperaba en la puerta de la iglesia. Se volvía escuchar el ruido de las patas de los caballos, así como los gritos y lamentos de una mujer atormentada, que daba hondos quejidos y un grito desesperado de ¡Ay mis hijos, en donde estarán mis hijos…!
Aquello sucedía todas las noches y los vigilantes esperaban con terror la hora en que hacía su aparición el carro, y al acercarse, a estos hombres se les “erizaban los cabellos”, temblaban de pies a cabeza, y sin embargo observaban aquello como si tuvieran imán los acontecimientos. Nunca se atrevieron a seguir la carretela para conocer el final de su destino; sabían que aquella mujer no era de este mundo, sino un espectro de ultratumba que venía penando y que llegaba a la Iglesia de San Francisco expiar sus pecados.
Los serenos se transmitían el suceso entre ellos, a la vez, lo platicaban a otras personas y aquello se volvió “la comidilla del día”, todo el pueblo sabía lo que ocurría por las noches en el templo de San Francisco y al pasar frente a él, miraban con cierto temor la puerta por donde traspasaba la sombra de aquella mujer misteriosa, que podría ser el demonio. Señalaban con curiosidad el lugar en donde decían se paraba el carruaje con el cochero de ultratumba.
Se cuenta, que los hombres valientes, haciendo alarde de su hombría acompañaban a los guardias y al observar aquello, se les enchinaba el cuerpo como gallina pelada, y no solamente no se acercaban al lugar, sino que corrían despavoridos al ver la misteriosa aparición. Muchas personas aseguraban que era la Llorona, que sirvió de tema a un drama de capa y espada representado múltiples veces en todo lo largo y ancho del país. Otras, que era una señora muy conocida que por llevar una vida descocada, que fue el escándalo en la ciudad, y estaba en los infiernos; de ultratumba venía arrepentida pidiendo perdón al Altísimo. Se cuenta también que la mujer misteriosa que descendía del carruaje, era una autoviuda la que había asesinado a su marido por encontrarlo con otra mujer. Después de este hecho, salió de Celaya y nunca se volvió a saber nada de ella. Ahora regresaba arrepentida de haberle quitado la vida su compañero y pedía el cielo clemencia.
Otro suceso que se cuenta es sobre una señora de las más “encopetadas” de la ciudad, era esposa de un rico hacendado. Una mujer muy de su casa, que vivía sólo para atender a su esposo y sus cinco hijos. Se dice que era tan exagerada que bañaba a los niños con agua hervida y no permitía que ninguna sirvienta se entendiera de sus pequeños. La familia vivía en la ciudad y los fines de semana se iban a la hacienda para estar todos juntos, ya que el señor, por su trabajo, permanecía el más tiempo posible en el rancho que estaba un  poco retirado de ese municipio.
Pero en una ocasión la señora sintió gran nostalgia por su esposo; le pidió a su cochero se alistaran porque se iban ese mismo día a la hacienda. El hombre al principio se resistió poniéndole algún pretexto, pero al recibir la orden de su patrona, no le quedó más remedio que hacerlo. Y así, muy contenta acompañada de sus hijos, después de haberse llevado hasta el perico, llegó al rancho. Cuál sería la sorpresa de la mujer, al ver que su esposo estaba acompañado por otra mujer la que ocupaba su lugar. Después se enteró que los fines de semana se va Guanajuato, mientras ella permanecía en la hacienda. La esposa, haciéndose que no estaba enterada de lo que pasaba, no dijo una sola palabra. Ordenó a sus hijos saludarán y besaran a su padre, lo mismo que hizo ella, mientras la otra mujer se esfumaba. Todo el día estuvo muy contenta, por lo que el hombre no sabía qué pensar. Su esposa era muy inteligente, comprensiva y tal vez aquí, no había pasado nada.
La señora ayudada por sus criadas hizo pastel para merendar. Al llegar la noche, les habló a su esposo y sus hijos para ir a la mesa. Le sirvió unas deliciosas tazas de chocolate muy espumoso, el que saboreó la familia acompañándolo con el pastel. Habían pasado 20 minutos, cuando uno a uno fueron cayendo muertos. Los había envenenado poniendo arsénico en el chocolate. Aquello fue aterrador, había seis cadáveres en el piso y la mujer enloqueció. Cuentan, que cerró la puerta del comedor, y por horas paso contemplando a sus víctimas, hasta que los criados dieron parte a las autoridades de lo ocurrido.
Por mucho tiempo no se supo más de ella, pero sí se hablaba de aquel hecho criminal, de que al ver que el marido la engañaba, enloqueció y pensó acabar con todo lo que le recordara aquel amante esposo al que había adorado, y terminó con toda la familia. Ella por muchos años estuvo internada en un manicomio y después se supo que había fallecido. Cuando apareció aquella dama de negro que recorría la ciudad en un carruaje, guiado por un cochero de ultratumba, se pensó que era ella, la que había regresado arrepentida y llorando por haber matado a sus hijos y a su marido, en el templo de San Francisco en donde iba a rezar, volvía a pedirle perdón a Dios por lo que había hecho…
Por muchos años se habló de la dama de negro, la enlutada mujer sin entrañas que recorría la ciudad de Celaya llorando y gritando ¡Ay mis hijos, donde están mis hijos…! La que como espectros se aparecía y traspasaba la puerta del templo. Pero después de que murió el último de los ronderos, que dieron fe de estas apariciones fantasmales, las que se contaban en toda la ciudad, se fue esfumando al paso del tiempo el suceso que ocupó la mente de infinidad de personas por mucho tiempo, convirtiéndose en una leyenda que se aplica a la “Llorona”, a su paso por la Ciudad de Celaya.

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