domingo, 16 de octubre de 2016

La leyenda del hombre lobo

El México Colonial no estuvo exento de la leyenda del hombre lobo, ya que muchos se decía sobre las transformaciones que sufrían los viejos indígenas, tratando de salvar su raza. Hay quienes hablaban de nahuales, lo cierto es que según la leyenda, en la Nueva España hubo acontecimientos que indicaban apariciones de lobos que luego se convertían en seres humanos.
Se dice que todo empezó cuando los españoles arribaron a estas tierras: al convertir a los indígenas en el blanco de las peores torturas y asesinatos. Cuando las ciudades fueron saqueadas en su totalidad y sus mujeres ultrajadas; los hombres ancianos no hacían otra cosa que implorar, a sus dioses, paz en el territorio. Sin embargo, la adoración a estas deidades también les fue prohibida.
Los viejos sabios, entristecidos por los hechos y sobre todo enojados por la traición de algunos nativos, pidieron a los dioses el castigo más cruel contra ellos que se atrevieron a faltarle su raza. Se dice que luego de realizar varios ritos y algunos sacrificios humanos a escondidas de los conquistadores, los ancianos adquirieron poderes sobrenaturales, mismos que coincidían con la luna llena.
De tal forma, sólo los hechiceros se convirtieron en mitad hombre y mitad animal a fin de defender a su raza. Cada noche de luna llena, un aullido despertaba a los pobladores y a los soldados españoles, que envalentonados se apostaban en los alrededores para atacar a la fiera. Pero no tuvieron suerte y muchos de ellos aparecieron muertos, se les encontraba en un charco de sangre con la piel hecha jirones.
Cuenta la leyenda que los hombres lobo atacaban hasta matar, principalmente a los hombres blancos que abusaban de los nativos. Sin embargo, el castigo era diferente para los que traicionaban a la raza; las noches de luna llena, los hombres lobo buscaban a aquellos indígenas que servían a los conquistadores y a las mujeres que habían entablado amoríos con los mismos. El ataque era igual de feroz, pero procuraban no quitarles la vida, pues la condena consistían convertirlos en hombres o mujeres lobo, por el resto de sus días. Así cada mes sufrían la dolorosa transformación que los llevaría asesinar humanos para alimentarse sobrevivir. A consecuencia de esto muchos niños comenzaron a desaparecer y también, animales, que luego eran encontrados muertos.
Durante años, la maldición continuó: un hombre mestizo notificó que había cortado la pata a uno de estos seres pero, cuando la mostró sus a sus familiares y amigos, descubrió que solo era una mano. Razón por la cual lo sentenciaron a muerte, sin que pudiera defenderse. Durante el juicio, insistió que le había cortado la pata un lobo y no a un humano. Así los rumores acerca de los hombres lobo cada vez fueron más frecuentes y durante el periodo de la Santa Inquisición la cacería de bestias comenzó y aunque se dice que condenaron a muchos ancianos y personas porque eran nahuales, lo cierto es que había hombres lobo entre ellos. Y muchos de ellos sobrevivieron durante cientos de años.

Leyenda del perro del conquistador

En la época de la conquista algunos perros fueron utilizados como armas mortales en las batallas contra los guerreros nómadas. Los españoles los llevaban a las poblaciones de indios desprevenidos, donde dichos animales no distinguía en edad o sexo para atacar:
Cuenta la leyenda que en una de estas jornadas de ataque, una india no pudo huir; se quedó paralizada y sola ante la presencia de uno de estos perros. El animal corrió hacia ella y la mujer se sentó en la tierra, y comenzó a hablarle:
-Perro, perrito, señor perro, perrito…
El fiero animal, acostumbrado al ataque y a la agresión, frenó su embestida homicida, se quedó perplejo; acercándose a ella le mostró sus afilados colmillos; la joven india permanecía sentada sobre la tierra del desierto; veía al animal, sin miedo, con ternura, le decía:
-Perro, perrito, señor perro, no me coma perrito, señor perro, está india lo quiere. Señor perro escúcheme…
Sus manos poco a poco se acercaron a las fauces del perro; la india sintió pánico, que sin embargo, supo ocultar, y el perro, percibió su amor y ternura, y sorpresivamente se dejó acariciar. Lejos de ahí, los hispanos reían, y la daban por muerta; se entretenían con otros perros persiguiendo indios; la joven, sin más arma que el poder de sus ojos, y su voz, mantenía tranquilo al animal, que meneaba la cola lentamente.
-Perro, señor perro. No me coma perrito. Lo quiero señor perro.
Cuenta la tradición, que esa noche, desapareció sin haber muerto, el primer perro hispánico; paulatinamente fueron muchos perros más, utilizados por los españoles en la conquista, que desaparecieron para volverse indios. De ahí en adelante a los españoles no les fue posible atacar un rancho desprevenido para sorprender más a los indios. Los perros ya no eran rivales para ellos.

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