domínicos de Oaxaca, para poder establecer un convento de monjas de esa orden en la Cuidad de México. Dicho y hecho, pues al poco tiempo mandaron de Antequera, Oaxaca a dos monjas a la capital. Finalmente, en 1683 las monjas se mudaron a su nuevo monasterio; y a partir de ese momento convento e iglesia fueron dañados. Al convento se le demolió una parte y la que se mantuvo en pie fue convertida en cuartel y después en escuela de jurisprudencia.
La iglesia fue construida entre 1619 y 1623 y renovada en el siglo XVIII. Fueron construidas portadas y una torre, se le cubrió de bóvedas, a excepción del coro y se labraron retablos de estípites; el principal de éstos pudo rescatarse y fue colocado en el testero de la capilla de Balvanera, junto al templo de San Francisco; su hermosa tribuna, la reja del Coro alto y la viguería con emblemas domínicos tallados en sus zapatas, es lo único que conserva de su antiguo esplendor. Actualmente es la Iglesia Presbiteriana del Divino Salvador.
En 1908, totalmente transformado, el presidente Porfirio Díaz lo convirtió en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que estuvo ahí hasta 1954 y fue traslada a Cuidad Universitaria.
A la iglesia se le demolió primero la torre y en su interior “hubo varios retablos de primer orden, conservados hasta 1932”, según lo refiere Francisco de la Maza, quien añade, respecto de la muy lamentable e inútil desaparición de dichos retablos:
“…en esos años fue Ministro de Educación Pública un ilustre protestante cuyo odio al catolicismo era exacerbado. No soportando que frente a su despacho hubiera culto romano, decidió entregar el templo a sus cófrades. Se le explicó que no era el cambio adecuado, precisamente por los retablos, dada la iconoclastía luterana. El respondió que serían respetados salvo en las esculturas, en cuyo lugar se pusieron letreros con inscripciones bíblicas. Para 1936 no había ya ni un solo retablo. Clandestina y lentamente fueron desensamblados y tirados a una bodega.”
Aunque el retablo mayor posteriormente fue rescatado, de los restantes se ignora su paradero y pudridero.
Las monjas domínicas acostumbraban rezar un rosario de quince misterios diariamente, aparte del Oficio Divino y entre los tesoros que poseía el templo, se encontraba una muela de Santa Catalina de Siena; también eran famosas las “Velas de San Dimas”, que elaboraban las religiosas y tenían una gran demanda entre la sociedad novohispana, pues eran usadas para la buena muerte y para asegurar un parto exitoso a las mujeres en cinta.
Entre las tradiciones que tenían era que presidía el Coro una imagen de Nuestra Señora de la Sala Dómina que es mejor conocida como la Virgen del Rosario, pues lleva en sus brazos al Niño Jesús y en sus manos un rosario, y la cuál le tenían gran estima y le rendían gran culto. Se cuenta que ésta virgen es muy milagrosa, y cuenta la leyenda que en 1629 hubo una terrible inundación en el convento y, milagrosamente el agua cedió antes de que los daños fueran irreparables y también en ese mismo momento de los sucesos una monja ciega recobró la vista.
Otro suceso curioso que se cuenta es que bajo el manto de la Virgen un día se cobijaron 24 palomas blancas, que llegaron volando sin que nadie hubiera interviniera y se fueron de un momento a otro también. Paso el tiempo y un buen día, ingresaron 24 jóvenes al convento.

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