domingo, 12 de septiembre de 2010

Fray Tomás de Torquemada y el nacimiento de la Santa Inquisición


Curiosamente este Santo Varón fue de ascendencia judía y el que más empeño puso y usando a la Inquisición como su instrumento organizó una persecución en contra de los judíos conversos, sospechosos de judaizar, esto se refiere a mezclar la fe de Moisés con la de Cristo por medio de dobles ritos ó síntesis heréticas; la expulsión de los judíos culminó en 1492 tras un largo proceso persecutorio.
Es considerado como una de las figuras más sombrías del renacimiento español por el importante papel que desempeñó en la puesta en marcha de la Santa Inquisición, aunque no se sabe a ciencia cierta quien fue, pero lo más seguro es que haya sido este personaje.
Las referencias sobre su vida se extrajeron de la crónica de los frailes domínicos, que fray Juan de la Cruz escribiera en 1597. Los estudios han tratado de evitar la polémica a toda costa y plasmar la realidad histórica de quién fue este famoso inquisidor, así se puede contar con más detalle su ascenso de este ambicioso personaje.
Tomás de Torquemada Valdespino nació en 1420, del matrimonio del a regidor Don Pedro Fernández de Torquemada y Doña Mencía Ortega. Su tío Juan de Torquemada, quien ocupaba el cargo de confesor del rey, le proporcionó todos los contactos a Tomás para satisfacer todas sus ambiciones.
La carrera eclesiástica de Torquemada fue un factor decisivo; sus primeras andanzas iniciaron en el monasterio de San Pablo de Valladolid, para después continuar su formación religiosa en el monasterio domínico de Santa Cruz de Segovia, del cuál llegó a ser prior. Los cronistas de la época dejaron plasmado en escritos como fue su formación y explicaron los trazos más destacados de su carácter: ambición, austeridad y severidad. Estas cualidades con el tiempo le harían merecedor del cargo de confesor de la reina Isabel.
Para el año de 1483 se estableció el Consejo de la Suprema y General Inquisición y para su cargo se nombró a Torquemada, quien daba las instrucciones sobre el carácter itinerante, procedimientos penales y los cargos del Tribunal. El establecimiento del religioso como Inquisidor General en Castilla no representó la menor dificultad, pero en Aragón fue todo lo contrario. Los catalanes aceptaron la Inquisición a regañadientes, pero a cambio pidieron ellos mismos nombrar al religioso que dirigiera el tribunal en ese lugar; pero el rey Fernando no se los autorizó y los aragoneses fueron más lejos, pues la cuidad del Teruel se levantó en armas contra el Santo Oficio. Los turolenses procedieron a cerrar las puertas de la cuidad a los inquisidores que venían de Zaragoza; para esto el rey solicitó que los funcionarios aragoneses acudiesen armados a proteger la entrada de los santos varones. Sin embargo, no lo pudo conseguir y tuvo que recurrir a las tropas de Castilla para que tomaran la cuidad, pero la caída de Teruel desesperó y radicalizó a conversos, judíos y a muchos viejos cristianos que veían que la Inquisición acababa con sus fueros y libertades. Las conjuras comenzaron el Zaragoza y una de ellas tubo el desenlace del asesinato del inquisidor Pedro de Arbués.
La represión fue rápida y feroz; los judíos al principio colaboraron como delatores de los despreciados conversos, ya cuando era demasiado tarde se dieron cuenta de que iban a ser víctimas de un sistema que no solo eliminaba a los que no terminaban de ser judíos ni cristianos, sino que imponía por la fuerza la existencia de una solo fe.
Torquemada logró con estas masacres masivas acrecentar su poder, hasta el punto de actuar a veces contra algunos obispos; tal es el caso de Carranza, quien fuera arzobispo de Toledo y primado de España, fue acusado injustamente de luteranismo y condenado a pena capital por la Inquisición española; por tratarse de un prelado, la causa se inició con la autorización de Roma, pero fue revisada por el Papa quien no encontrara motivos para tal veredicto, y este al no tener una fuente solida que lo sustentara nunca llegó a aplicarse. Felipe II no se quedaría con los brazos cruzados, pues destituyó a Carranza para subrayar la autonomía del tribunal español respecto a la Santa Sede.
Un ejemplo muy claro de la utilización política de los santos tribunales por parte del rey, fue el caso de su secretario Antonio de Pérez, quien fuera acusado de asesinato; pero como consiguió huir de la justicia de Castilla, la Inquisición le imputó ciertos cargos para poder detenerlo, sin embargo, logró salir de España y dio a conocer su caso en las cortes de Francia e Inglaterra.
Estos casos de injusticia y calumnia hacia Carranza y Pérez, ponen de manifiesto algo muy característico de los tribunales de la Inquisición: su poder no hacía distinción alguna cuando se trataba de acusar y prelados, cortesanos, nobles y ministros no fueron la excepción; en ese sentido fue un tribunal democrático con una jurisdicción solo inferior a la del Papa.
En sus últimos años de vida, Torquemada perdió los favores reales y vio como su poder se iba neutralizando con el nombramiento de tres inquisidores más; finalmente se trasladó al monasterio de Santo Tomás de Ávila, donde ejerció durante dos años más, hasta que falleciera en 1498.
La aportación de Torquemada consistió en convertir lo que era un proyecto político para la religión en uno religioso para la política; los diez trascurridos desde el establecimiento del Tribunal del Santo Oficio hasta la orden expulsión de judíos en 1492, escrita seguramente por el mismo Torquemada, muestran la evolución del problema de los conversos bajo la actividad inquisidora. Ambos hechos fueron pensados para preservar la pureza de la fe y asegurar la posición social de los viejos cristianos, pero el desenlace fue una enorme cantidad de ejecuciones mediante la hoguera con resultados de un número varias veces superior de encarcelamientos, confiscaciones, torturas y degradaciones públicas.

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