En la Capital de Nueva España, se cuenta que vivió Don Fermín Andueza, un caballero de noble cuna, dueño de gran fortuna y propiedades. Muy temprano por la mañana se levantaba y envuelto en su negra capa del más fino paño, acompañado de un elegante sombrero de gran falda a la chamberga y una hermosa sortija de oro; pero detrás de todos estos lujos, Don Fermín era un hombre muy bueno y bondadoso, con más riqueza espiritual que material; daba su mano al pobre para ofrecerle consuelo, quitaba el hambre y daba hartura, sus palabras daban paz y serenidad a los corazones afligidos, aliviaba trabajos y necesidades con beneficios, en fin, todo la bondad que tenía este hombre en su alma era infinita.
El noble caballero, como era su costumbre, encaminaba sus pasos hacia la iglesia de Porta Coeli para escuchar la misa con mucha devoción, a la vez que pasaba entre sus dedos su decenario de marfil o leía algunas páginas de su miniaturado libro de horas. Una vez que concluía la misa, Don Fermín se dirigía a su casa, y tanto en la ida como en el retorno nunca se olvidaba de pasar a visitar un crucifijo de muy buena talla ya amarillento por el paso del tiempo, el Cristo pendía de la cruz, todo lacerado, flojo y lacio, presas manos y pies por aquellos horrendos clavos, su cabeza se encontraba recargada sobre su pecho, llena de delgados hilillos de sangre, rodeado por un largos y negros mechones de cabellos lacios enmarcando un rostro lleno de dolor.
El caballero, con toda humildad ofrecía su oración, una vez terminada se dirigía hacia la imagen para besar sus pies rojos y negros de sangre coagulada, y por último depositaba unas monedas de oro en el plato petitorio. Todos los días sin excusa ni pretexto visitaba a aquel cristo.
Siendo don Fermín un hombre con tantas virtudes, no tardó en despertar la envidia de un caballero que era todo lo opuesto a él, llamado Ismael Treviño, quien se caracterizaba por ser un hombre avaro y mezquino que no sabía lo que era el goce de hacer alguna obra benéfica; era uno de esos seres que gozan de la desgracia ajena. Este sentimiento que lo estaba carcomiendo por dentro como si de una enfermedad mortal se tratase, hacía que don Ismael hablase pestes del buen don Fermín, toda obra buena, toda virtud la convertía en veneno; todo elogio que se diera de su odiado enemigo lo hacía ponerse amarillo y adquirir un semblante de amargura.
Aquella envidia que le recocía las entrañas lo perseguía día y noche, llegando a impedir con mil estorbos sus negocios, pero para su mala suerte todo le salía, pues solo conseguía que los proyectos del buen hombre obtuvieran más impulso y ganancias; todo esto fue un detonante para que aquella mal sana envidia se convirtiera en un odio terrible, llegando ahora a echarle maldiciones y terribles excreciones. Estos horrendos sentimientos dieron como fruto un maquiavélico plan, que parecía un consejo del mismísimo Demonio: darle muerte a Don Fermín.
Al principio don Ismael pensó que aquello era muy descabellado, hasta que después de meditarlo mucho, solo le quedaba decidir cuál sería la mejor manera de ponerle fin a aquella inocente vida: un puñal, pistolete o veneno.
Finalmente se decidió por el veneno, y para llevar a cabo su plan buscó a un judío (Don Ismael era descendiente de Tomás Treviño y Sobremonte, conocido también como Jerónimo de Represa, quemado por la Inquisición en 1649); el hombre en cuestión, le entregó en un pequeño recipiente cierta agua de un lindo color azul, que no daba muerte en el acto, sino que poco a poco se distribuía por todo el cuerpo, y finalmente después de algunos días la víctima moría sin dolor alguno. Debido a aquellas propiedades, la poción era un poco costosa al igual que la discreción e ingenio del judío, pues estaba hecha de hierbas lunarias, polvos de áloes, infusión de opio y de la horra, entre otras plantas más.
Con este mortal líquidos procedió a bañar un pastel de hojaldre, muy caliente y doradito se lo envió a don Fermín en una rameada fuente china, mandándole decir que era el regalo de un amigo regidor perpetuo del Ayuntamiento, quien le tenía en mucha estima y esperaba que disfrutase este postre durante el desayuno acompañado de un rico chocolate; el caballero que era muy afecto a esta clase de golosinas saboreó su obsequio hasta que quedó atosigado.
Don Ismael, curioso de saber qué efectos le estaba causando aquel veneno, se dispuso a seguir a su enemigo muy temprano por la mañana, cuando iba rumbo a Porta Coeli como era su costumbre, saludaba a toda persona que se encontraba con la sencillez y amabilidad que lo caracterizaban; entró a la iglesia que se encontraba impregnada del aroma de las flores, la cera y el incienso. Cuando concluyó la misa, don Fermín se dirigió hacia el Cristo para rezarle con muy devotamente, y como era su costumbre se dirigió a besarle los pies, pero apenas sus labios la tocaron, en el acto una ola negra subió a través de la imagen hasta que finalmente quedó como si hubiera sido tallada en ébano.
Muchos devotos que fueron testigos de aquel milagro comenzaron a dar voces asombro al mirarlo todo prieto, después de que hace escasos momentos era un color blanco marfil. Don Fermín quedo perplejo ante tal hecho, preguntándose porque el solo contacto de sus labios hizo que el Santo Cristo se volviera prieto; ante tal suceso, don Ismael sintió como aquel rencor se le cortaba de su alma, y acto seguido fue ante los pies del generoso caballero confesándole a gritos que lo había querido envenenar, pero el Cristo absorbió aquella ponzoña que circulaba por sus venas, librándolo así de una muerte segura.
Don Fermín que era de un corazón muy noble, le dijo al caballero con delicadas y tiernas palabras que lo perdonaba, y para darle una prueba de ello lo abrazó con muy efusivo cariño, como si aquel hombre malvado fuera un hermano ausente y querido a quien no hubiese visto en mucho tiempo. Muchas personas de ahí se sulfuraron y quisieron mandar aprehender a Don Ismael, llevarlo a la cárcel, pero don Fermín que era todo dulzura les rogó a todos los presentes dejaran ir en paz a aquel hombre arrepentido, pues él ya había olvidado el agravio, y solo pedía que se arrodillaran para dar gracias al Cristo. Don Ismael salió del recinto de Porta Coeli con la cabeza baja, con el rostro pálido entre el fervor de los cánticos que le eran elevados a la imagen. Ese mismo día abandonó la ciudad y nunca se volvió a saber de él.
En poco tiempo toda la capital de Nueva España ya estaba enterada de aquel suceso, tanto el buen Don Fermín como aquellos a los que había beneficiado con su generosidad, diario le llevaba velas a la milagrosa imagen; pero cierta tarde una de estas se cayó y la imagen comenzó a arder en llamas, quedando al poco tiempo totalmente calcinada. Ante tal acontecimiento, tiempo después fue colocada una réplica del Cristo Negro que se quemara aquella tarde, el cual podemos ver en la actualidad en un altar de la Catedral Metropolitana, lleno de exvotos de oro y plata.
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