lunes, 27 de junio de 2011

La calle de Espíritu Santo

Durante el siglo XVI, a esta calle  se le conoció como de los Oidores, debido a que algunos de estos altos funcionarios tenían ahí sus respectivos hogares, esto con el objetivo de que les quedara cerca la Real Casa, lugar donde hacían y deshacían las leyes para así ejercer una mejor justicia. Después a esta calle se le vendría a llamar  del Espíritu Santo, debido a que en ese lugar se encontraba la iglesia y el hospital del mismo nombre, después se le cambio a su nombre actual, que es el de Isabel la Católica.
Actualmente ya no quedan vestigios de la existencia de estos santos lugares, lo único que queda es una placa que dice sobre la existencia de esta casa de Dios y la de beneficencia,  señalada con fecha de 1600; y en su lugar se encuentra hoy en día el Casino Español. Vamos a regresar en el tiempo y no vamos a ubicar en este año, cuando Alonso Rodríguez de Vado y su esposa, Ana de Saldívar crearon esta noble fundación. Don Alonso era un  hombre muy rico, muy cristiano y sobre todo, muy caritativo; siempre brindaba su ayuda sin escatimar nada, no solo a su fundación, sino a cualquier persona que se le acercara a pedirle le resolviera resolver cualquier menester.
La construcción del hospital del Espíritu Santo era magnífica, dotado tanto este como la iglesia de fincas urbanas de buena renta, de las que había esparcidas por toda la ciudad, unas procedentes de negocios y otras que vinieron de herencia de antepasados. Entre las propiedades que dieron al hospital y al convento para que nunca le faltara nada, estaban las dos del Portal de la Fruta.
Don Francisco y su esposa entregaron los recién creados edificios a los frailes franciscanos, para que ahí abrieran un colegio para enseñar teología y otras disciplinas eclesiásticas. Como siempre, había personas a favor y otros en contra; los de un bando querían que el instituto comenzara su funcionamiento y el lado contrario se oponía rotundamente a esto.
Este caso fue tomado por las autoridades para dictaminar cuál sería la mejor solución, y después de exámenes detallados de los papeles, comunicaron a don Alonso que, conforme al derecho común y decisiones del Concilio Tridentino, no podía dictar constitución alguna para ese hospital sin haber tenido antes la licencia del prelado eclesiástico, y lo que pretendía llevar a cabo obraba contra el objeto de ella, pues lo que se diera a los religiosos se le quitaba a los pobres; además agregaron los entendidos letrados, que al hospital no podrían ir mujeres a atenderse, debido a que  estaba a cargo de los frailes franciscanos, pero el proyecto original era que todas las personas sin distinción de sexo tuvieran la oportunidad de asistir a este pio lugar.
El Ayuntamiento acordó que el procurador mayor saliera al pleito con los letrados, y después de discusiones, gritos y sombrerazos, finamente dictaron si veredicto con fechas de 23 de mayo, 13 de junio  y 30 del mismo mes  y año de 1608, en el cuál piadosos y limoneros fundadores  no lograron su noble intento de ayudar al más necesitado. Se decidió entonces, que el hospital se pusiera para ser administrado por las manos cariñosas y expertas de los hipólitos, dichos también Hermanos de la Caridad, cosa que se llevó a cabo y fue un atinado acierto.
La institución que tantos dolores de cabeza causó, finalmente paso a manos de estos religiosos, el Vado y su bondadosa mujer se mostraron liberales y dadivosos al aumentar los productos de fondo dotal con nuevas aportaciones de fincas urbanas: “tres pares de casas y una de entresuelo y ocho tiendas” y otra principal con un jardín, huerta llena de árboles y tierra fértil, todo esto frente a la pila de la Tlaxpana y frente a la esquina del Marqués del Valle. Con todas estas magníficas donaciones, tanto el hospital como la iglesia fueron de los más ricos en propiedades y recursos.
Pero como dice el dicho, nada es para siempre, pues una tremenda inundación acaecida en el año de 1634, causo grandes y severos daños al hospital y a la iglesia, así como también en infinidad de fincas de la ciudad, llegando a tal estado  de ruina que no fue posible rescatar nada que se pudiera aprovechar de lo poco que quedó en pie. Los hipolitanos mandaron reparar sus propiedades y luego el hospital, que con trabajos que se hicieron quedó mejor que antes de la inundación.
Los benefactores se hallaban muy complacidos por la excelente administración que llevaban los religiosos, mejorada  día a día por espacio de veinticinco años por los Hermanos de la Caridad, tanto en las cosas internas del hospital, como en las rentas que los ayudaban a cubrir gastos, y por todo esto decidieron ceder a su hermandad el patronato que ellos habían conservado, lo hicieron el 3 de abril de 1634.
Los hipólitos no se quedaron en su zona de confort, pues todos los días trabajaban duro por el aumento de su institución, ponían singular cuidado y esmero en servir a sus enfermos y hasta aumentaron en doce el número de camas para atender mayor cantidad de dolientes; y gracias y toda su dedicación y esfuerzo lograron labrar de nuevo la iglesia, el hospital y el convento.
A pesar de los trabajos de restauración y remodelación hecho después de la inundación, empezaron a aparecer hondas cuarteaduras por varios sitios, llegando a amenazar con un derrumbe. Al ver tales problemas que aquejaban a la comunidad, el padre prior mexicano Fray Basilio Patricio Martínez, “de ardiente caridad y gran espíritu”, se hizo cargo de la titánica tarea de reconstruir todo de nuevo. Contando con pocos recursos, al santo varón le encantaba aventarse a proyectos difíciles, ejecutando esta obra en poco tiempo, ahondó cimientos y los macizó con piedras firmes, echando sobre ellas grandes muros que en poco tiempo fueron elevándose y cubriéndose con bóvedas en unas partes, con labradas viguerías en otras. Lo primero en ser levantado porque urgía hacerlo, fue el hospital, después el convento y finalmente la iglesia. El lugar ya terminado fue dedicado después muchas dificultades el 19 de mayo de 1715.
En su fiesta titular, que era el Primer Día de la Pascua del Espíritu Santo, bullía en la calle entre música y estallidos de cohetes, con alegre gentío; el templo se encontraba decorado con grandes cortinajes de terciopelo, plata labrada, múltiples luces, flores a más no poder, todo acompañado de cantos y un pomposo sermón.
En uno de los claustro se encontraba un crucifijo  de hermosa factura, donde los viernes de Cuaresma  y los del Espíritu Santo, no solo acudían los vecinos del barrio, sino también gente de todas partes de la ciudad para llevarle flores y velas. Ante esta divina imagen se llevaban a cabo con solemnidad unos ejercicios que se les llamaban Desagravios de Cristo.
Esta festividad iba acompañada de una esplendorosa comida, la que disfrutaban con singular alegría los señores de las cofradías, compuesta de diversos platillos, los mejores vinos, suculentos y apetitosos dulces conventuales que llenaban de gozo las almas y cuerpos como inapreciables bienes; también eran partícipes del banquete los huéspedes del hospital y sus enfermos, pero sin comer todo lo que las personas sanas podían, a ello se les daba caldo condimentado, gelatinas, jericallas, rompopes, huevos espirituales y la infaltable copita de jerez o de Málaga.

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