En San Luis Potosí, así
como en otras regiones, los niños
escriben emocionados su cartita al viejito regordete y bondadoso de las barbas
blancas, que algunos le dicen Santiclos, Santa Claus, Santita, o simplemente
Santa. La tradición de pedir juguetes es más bien para los Reyes Magos, pero el 24 de diciembre es una fiesta que en
la mayoría de las ocasiones solo es de juguetes.
Ya que sabemos en qué
momento nos encontramos, llegó de la hora de conocer esta escalofriante
historia que ocurre en estos fríos tan crudos, o como la gente de esta ciudad
le dice “frío matacabras”.
Nos encontramos con una
mujer llamada Marina, casada con un rico terrateniente, quien desde el mes
octubre preparaba una gran cantidad de obsequios para repartirlos entre los que
menos tenían, en especial los niños; ella no deseaba otra cosa más que ver a
los infantes con una sonrisa en el rostro al recibir un juguete, o también en
algunas ocasiones podían ser suéteres y cobijas.
Marina tenía muchas
amistades, las cuáles al ver la labor tan noble que hacía, se ofrecieron a
participar en la misma, con lo que la cantidad de regalos iba en aumento para
aquella celebración tan especial. Los regalos eran llevados a la Iglesia de la
Compañía, en donde los benefactores eran muy buenos amigos de los sacerdotes,
quienes se encargaban de repartir los regalos.
Muy temprano por la mañana
del 25 de diciembre, después de la misa de ocho, se podía como una larga fila
de niños se formaba en la puerta de la iglesia, emocionados por ver que regalos
les tocaban; todos se formaban muy parejitos, en perfecto orden.
Ese día todos estaban
felices y jubilosos, pero el seguramente el más animado era el joven párroco,
quién no cesaba de dar gracias a Marina y a Dios por brindar algo de felicidad.
Del barrio de San Miguelito
venía doña Carmen, quien fuera una de las primeras en llegar con sus dos hijos,
tres sobrinos y un grupo de 15 a 20 niños conocedores del evento, y que se
sentían muy acompañados con aquella mujer. Un niño de nombre Pepito, proveniente
del barrio de Montecillo, se encontraba ansioso esperando su turno, iba solito
pues tuvo que salir a escondidas de su casa, ya que su padrastro lo regañaba y
de no haberlo visto en la mañana habría estallado en santa ira, debido a que lo
obligaba a trabajar de mandadero en el mercado. También se encontraba Lupita de
11 años, quién por desgracia había nacido con retraso mental, lo único que
hacía era imitar lo que las demás niñas hacían para esperar su regalo.
Los niños se encontraban expectantes,
cuando en ese momento sale el párroco al tiempo que se escucha al unísono un
grito de júbilo; acto seguido los ayudantes de la parroquia comenzaron a apilar
los regalos en la puerta de la iglesia, ante las miradas ansiosas de los
pequeñines.
Como en esos días hace un
frío que cala hasta los huesos, el párroco sin perder tiempo comenzó a repartir
los juguetes con la ayuda de los jóvenes seminaristas. La felicidad de la
Navidad se hacía presente en este hermoso acto de bondad, regalando alegría e
ilusión entre los muchachitos. El pequeño Pepito dejó sorprendido al cura cuando rechazó una
pelota grande y preferir un carrito, recordemos que venía a escondidas de su
padrastro.
Se podían encontrar
regalos de toda clase, desde los
juguetes más modestos, hasta los más caros, pero el religioso no hacía distinción
alguna, solo se dedicaba a tomarlos y ponerlos en la manita de cada niño. Se
podía apreciar la montaña de juguetes y era tal la cantidad, que se realizó una
segunda entrega. Imagínense ¡Muchos niños nunca habían soñado con tener un solo
juguete! ¡Y ahora iban a tener dos!
Poco a poco se fue vaciando
el lugar, mientras el párroco, los seminaristas y doña Marina daban gracias a
Dios por permitirles vivir un año más
para darles un poquito de felicidad a los infantitos. La caritativa mujer se
despidió de todos los ahí presentes, y se dirigió a uno de los portales que
había a un costado de la plaza, dedicándose a caminar un rato mientras el sol
comenzaba a calentar el día.
Pero no paseaba por pasear,
esta mujer tenía un motivo para hacerlo. No pasó mucho tiempo cuando a lo lejos
vio a una niña de unos cinco o seis años de edad, que avanzaba con el rostro
lleno de gusto por verla de nuevo. Esta chiquilla se trataba de nada menos que
de María Rodríguez, quien nunca llegaba a la repartición de juguetes cuando
estaban todos, pero siempre llegaba una hora más tarde. Mariquita, como le
decía de manera cariñosa doña Marina, se acercó a ella y de la bolsa del abrigo
sacó una hermosa muñeca que incluía zapatitos, lentes, bolso, entre otros
accesorios más.
La niña escozó una
sonrisa y con un gesto que decía más que
mil palabras, agradeció su regalo con una pequeña y graciosa caravana antes de
dar media vuelta para regresar de donde había llegado. Marina se persignó y oró
en silencio, mientras observaba como Mariquita se iba perdiendo en el paisaje.
Contenta la dama, encaminó
los pasos hacia su casa.
Pero ¿Qué creen? ¡María
había fallecido tres años atrás en un accidente terrible, mientras se
encontraba en su casa! …pero nunca faltaba al reparto de juguetes en la
Navidad.

1 comentario:
me gusto tu relato es muy bueno te felicito y gracias por regalarmelo.
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