Este cementerio es probablemente el único en su
tipo en la ciudad de México, ya que en éste sólo son enterrados los niños,
bebés y adolescentes, cuyas vidas terminaron sin siquiera haber empezado.
La leyenda que nos ocupa en esta ocasión tiene como
protagonista a Pedro Hernández, quien había sido sepulturero de dicho lugar
durante muchos años, y curiosamente es uno de los trabajos más tranquilos que
puede haber, pero también a la vez es triste, en más de una ocasión este hombre sintió un nudo en la garganta al ver a
los padres destrozados de dolor enterrar a sus hijos.
Por el otro lado, resultaba ser un trabajo donde se
tenían momentos para reflexionar, los altos árboles servían como una extensión
del muro exterior del panteón, lo que permitía que quedará totalmente aislado
del ruido, brindando una sensación agradable paz.
Aquella mañana Pedro se sentía cansado, ya que el
día anterior había tenido que abrir una fosa porque su compañero había
enfermado y no había podido asistir, así fue por algunos días. Tomó todo el
material necesario para su trabajo y salió de oficina, se dedicó a hacer
algunos arreglos, juntar basura y algunas flores marchitas; haciendo todas
estas labores el tiempo se le fue como agua, y cuando se dio cuenta ya eran las doce del día, hora
en que estaba programado un servicio fúnebre, se apuró para llegar cuando el
cortejo arribara al panteón, el cual estaba compuesto por una camioneta de
servicios funerarios en donde llegaría el pequeño cuerpo.
Como en cada labor, Pedro fue por sus herramientas
y les indicó el lugar, después se dispuso a esperar junto a la fosa a los
asistentes, entre los cuáles se encontraba la inconsolable madre, mujer de baja
estatura no mayor de treinta años, vestida de negro con el cabello recogido en
un cola de caballo; el padre la llevaba del brazo, era un hombre joven, pero
aquel dolor lo había avejentado de una manera increíble. No tardaron en llegar los arreglos florales,
que siempre se caracterizaban por ser en grandes cantidades; después llegó el sacerdote
para dar la bendición al féretro, lo roció con agua bendita al igual que a la sepultura
y recitó el salmo23: "El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes
campos me hace reposar", después acercó a los dolientes familiares y les
dio algunas palabras de consuelo; el sepulturero pudo escuchar que el difunto
era un niño llamado David Gómez de tan sólo ocho años de edad. Pronto llegó uno
de los momentos más dolorosos para cualquier familia: el entierro, a veces es
también sentía tristeza cuando comenzaba a echar la tierra sobre aquellos
pequeños cajoncitos que contenían todas las ilusiones y alegría entera de los padres;
era lógico que Pedro tuvieres tus sentimientos, pues tenía dos hijos ya
jóvenes, así que siempre fue solidario con los padres que sufrían una pérdida
de este tipo, pues el dolor era tan grande, que incluso el paso del tiempo no
llegaba a sanar nunca está terrible herida. Cuando moría el esposo o la esposa,
la persona en cuestión quedaba viuda; si los padres serán los que fallecían, la
persona se quedaba huérfana; pero si moría un hijo ¿seguirían siendo padres?
Estos y otros pensamientos más rondaban su cabeza cuando el sacerdote le indicó
que era tiempo de bajar el cajón, así con ayuda de unas cuerdas se llevó a cabo
su tarea; una vez que estuvo abajo, una lluvia de flores cayó sobre el ataúd
del pequeño David, en ese momento la madre del pequeño se arrodilla envuelta en
llanto ante la fosa de su adorado hijo.
Era de una
escena desgarradora, capaz de conmover hasta el corazón más duro. Pedro poco a
poco fue echando la tierra sobre el féretro, los padres permanecieron mucho
tiempo después de que los asistentes les hubieran dado el pésame, colocando
flores encima de la tierra recién removida. Aquel día en particular fue muy
triste para el sepulturero, no podía sacar de su mente la imagen del entierro
del pequeño niño, y mientras se dirigía camino a su casa en el metro elevó
mentalmente una oración para él y sus padres.
Conforme
pasaron los días, Pedro retomó su rutina y fue olvidando aquel incidente poco a
poco, hubiera sido así, pero la madre de David todos los días asistía
puntualmente antes del medio día y se iba hasta que el panteón cerraba; todo el
santo día la destrozada madre, lo pasaba sentada ante la tumba llorando
desconsoladamente, la mujer no comía ni bebía nada durante su estancia, durante
tantos años el sepulturero nunca había visto nada igual.
Una tarde,
cuando Pedro había cerrado las puertas del cementerio para dirigirse a su casa,
sintió de pronto un extraño impulso de regresar para revisar que nadie se
hubiera quedado en el interior, ya que en varias ocasiones había tenido que
sacar a jovencitos, que muy escondidos planeaban pasar la noche en aquel lugar
para hacerse los valientes y muy hombrecitos. Miró a su alrededor y no encontró
nada, pero casilla para salir paso por la tumba de David, saltaba la vista su
lápida blanca y la estatua de un hermoso ángel; de pronto al acercarse vio a un
niño o no mayor de 10 años que jugaba con la tierra a sus pies, estaba vestido
con un pantaloncito azul claro y una camisita blanca, zapatos blancos y una
tierna carita que reflejaba inocencia.
Pedro pensó
que tal vez haya perdido y decidió hacer algo al respecto, el niño dijo que
estaba solo y le pedía su ayuda; pero en el momento que iba a tomar su pequeña
mano, el niño ya no estaba, lo buscó por todos lados sin encontrar rastros de
él, y pensando que tal vez podría ser un fantasma, sintió mucho miedo. El
infante no podía haber salido del panteón, ya que las puertas estaban cerradas,
así que la única explicación que pudo encontrar fue que era un ser de otra
dimensión; en todos sus años de sepulturero jamás había vivido algo igual, si
había escuchado muchas historias de este tipo, pero vivirlo en carne propia
¡nunca! Entonces salió del cementerio como alma que lleva el diablo.
Impresionado
por la aparición de aquel día, el pobre hombre cayó en cama, todo le dolía: los
huesos, los músculos, las articulaciones, la espalda, todo o se sentía cansado
y con un miedo constante, llevó incluso a pedirle a su esposa que no lo dejará
solo, pues en todo momento recordaba al niño del cementerio. Diez días después
ya era necesario que se presentara a trabajar, visiblemente más delgado y
todavía un poco demacrado llegó al panteón; trataba con todas sus fuerzas hacer
de cuenta que no existía la tumba del pequeño David, y para su alivio no
ocurrió nada durante dos días, pero el tercer día, cuando Pedro se hallaba en
su oficina vio pasar a un niño corriendo. Por todo su cuerpo corre un
escalofrío, quedó paralizado de miedo en su asiento, sin embargo la curiosidad
por ver lo que pasaba fue mayor; lentamente se levantó y salió, camino por el
pasillo central hasta que llegó a la tumba del pequeño, en donde nuevamente lo
vio. David se acercó al hombre asustado y le pidió que le ayudara, necesitaba
que le dijera a su mamá que lo dejara descansar, Pedro le contestó que no podía
hacer eso, pero cuando volteó ya no había nadie. El sepulturero regresó a su
casa apesadumbrado, ya que no sabía qué hacer; si le decía aquello a la madre
del pequeño, pensaría que se había vuelto loco de remate o que la estaba
engañando; por el otro lado, si no lo hacía, el espíritu del pequeño deba
seguir rondando.
Al día
siguiente, Pedro llegó muy temprano a trabajar como era su costumbre, esperaba
ver llegar a la madre del pequeño en su hora habitual, pero esta vez no
ocurrió; por lo que decidió aguardar al siguiente día, pasaron dos días más y
ni señales de la mujer, esto lo preocupó, por lo que decidió ir esa misma
tarde, pero antes de poder salir se encontró al pequeño, quien se acercó a su
oído y le susurró su recado para su mamá, y acto seguido desapareció. El
sepulturero abordó el metro y pronto llegó a su destino, se encontró frente a
un condominio en cinco pisos, se acercó y tocó el timbre, una voz femenina le
contestó y le comentó que vende un asunto urgente, después lo dejó pasar. Llegó
al departamento indicado y espera que le abrieran la puerta, una mujer mayor lo
invitó a pasar y se retira, Pedro dio un vistazo a la sala, en todas partes
había fotos de la familia que antes había sido feliz, una en particular estaba
cuidadosamente colocada en el muro y abajo de ella un pequeño nicho con una
veladora, era la carita de David; en ese momento aparece la madre, que parece
haber envejecido mucho en poco tiempo.
El
sepulturero le dice a la mujer que trae un recado muy importante por parte de
su hijo, muy serio le dice donde trabaja y de la aparición del pequeño fantasma
que no puede descansar en paz, ya que cada vez que la mujer llora y quiere
morir para reunirse con él, lo hace sufrir; le comenta que David dice que está
bien, no le hace falta nada y lo único que quieren este mundo es descansar,
también la libraba de toda culpa sobre su muerte porque sabe que ella hizo todo
lo que estuvo en sus manos para salvarlo, ahora se encuentra en un lugar mejor
en donde es muy feliz. No quería ver cómo su madre se destruía poco a poco sin
comer y sin dormir, deseaba verla contenta cada vez que lo fuera visitar, y a
su tiempo el vendería por ella.
La madre
soltó el llanto, a Pedro le dolía ser el causante del sufrimiento de la pobre
mujer, por lo que decidió retirarse, pero antes que marcharse le dio la señora
tres canicas llenas de barro como prueba de que decía la verdad, y le dijo que
a veces jugaba con ellas a los pies de su tumba. Días después, el sepulturero
fue visitado por la madre de David, quien le agradeció profundamente cumplir el
deseo de su hijo y hacerlo reflexionar sobre su conducta, ambos dieron un paseo
por el panteón hasta llegar al sitio donde se encontraba el niño sepultado;
ante su tumba se podía ver en la tierra que estaba escrito su nombre, y a los
lados se veían las trayectorias trazadas por las canicas al ser lanzadas.
Como
podemos ver, los panteones infantiles lejos de ser lugares tristes, pueden
llegar a ser a menudo sitios alegres, llenos de globos, juguetes y flores, como
si trataran de evocar la vida de risas y juegos que sus huéspedes llevaron
durante su corta estancia en el mundo terrenal.

4 comentarios:
Me gustó la historia, pero deberían checar el artículo antes de subirlo. Se nota que el autocorrector les cambio muchas palabras.
Es interesante, pero la redacción está bastante extraña =S
Muy buena pero demasiado romántica, para dar ánimos en lugar de espantar.
Genial!!!me pareció gran idea me ayuda a reflexionar y a hacer grandes cosas bueno esque mi maestro me dejo una tarea de reportaje y tuve la sensación de investigar sobre el panteón de san Isidro muchísimas gracias y buen reflexión =>
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