Los entretenimientos han ido cambiando a lo largo
de los siglos, de acuerdo a la época o circunstancia que se viva en ese
momento, un ejemplo claro lo tenemos en los niños que presenciaron la quema de
los condenados de la Inquisición, pues de aquí nació un juego en el que los
pequeñines quemaban muñequitos, lo que después diera origen a los famosos Judas
que hoy en día se les prende fuego en los festejos de Semana Santa.
Ahora vamos a detener nuestra máquina de tiempo en
el año de la Independencia para averiguar cómo se divertían nuestros
tatarabuelos en aquellos tiempos tan revueltos. A todos les encantaba asistir a
las Sombras Chinescas, que eran proyecciones luminosas que se hacían con la
ayuda de linternas, y sobre el fondo de un telón se proyectaban imágenes de los
episodios y hechos destacados que acontecían en aquel momento; estas
representaciones se llevaban a cabo en lugares cerrados, era algo parecido como
a un teatro de títeres, pero en vez de tener muñecos que representaran a los
personajes, solo se tenían puras sombras de estos. Se llegó incluso a
representar el grito de Dolores, llegando a despertar odios, desprecios e iras
en contra de los tiranos opresores.
Además de las Sombras Chinescas o representaciones
de cosas del día, había otros pasatiempos y diversiones en 1810. Era muy
socorrido ir por las tarde en coche en caballo o a pie, al paseo de Bucareli o
a dar la vuelta a la Alameda, en este último durante los tres días en que se celebraban los días
de Pascua de Espíritu Santo, lo paseos cambiaban al Pradito de Belén. El de la
Viga o de la Orilla, empezaba al igual que en los anteriores, en los días de
fiesta ya por las tardes el ánimo se empezaba a ver, desde el primer Domingo de
Cuaresma, hasta que concluía el día de la Ascensión.
Los asistentes a aquellas fiestas llevaban sus
mejores ropas y joyas; a los jinetes se les podía ver en briosos caballos,
luciendo sillas vaqueras ostentosas con
adornos de plata, sombreros galoneados, chaquetas, pantalones de cuero o
chaparreras con pieles de chivo, también muy ostentosas por los galones,
alamares y botonaduras de plata pura y plata quintada.
Por el lado contrario se encontraba la gente pobre,
especialmente en la Viga, que con
alegría y regocijo comían golosinas a la orilla del canal cenagoso, cubierto
por chalupas tripuladas por pintorescas indígenas floreras, ataviados con
trajes típicos, remando a la vez que ofrecían hermosas amapolas o perfumadas
rosas de Castilla; se podían ver también largas y anchas canoas con techos
decorados al gusto popular, en las que al ritmo de arpas, vihuelas, guitarras,
tamboriles y flautas, bailaban y cantaban jarabes y palomos, léperos y chinas,
charros y gatas, con deslumbrantes vestimentas por el hermoso colorido de sus
telas: el satín de los rasos de las faldas y chapines, el brillo de los
galones, lentejuelas y piedras de fantasía.
En 1810 había diversión al por mayor en las
pomposas procesiones del Corpus y de la semana mayor, así como también en las
letanías, las peleas de gallos, las corridas de toros, en las vísperas de las
fiestas titulares de muchos templos y conventos, las tocadas de las bandas de
música de los cuerpos militares, en las ejecuciones públicas, los reos
fusilados en la plaza de Mixcalco, los ahorcados en la picota de la Plaza
Mayor; en los dos últimos casos los coches llegaban desde las tres de la tarde
para alcanzar buen lugar, y poder divertirse de lo lindo viendo esta clase de
espectáculos.
Las personas pudientes lucían siempre sus mejores
joyas y siempre andaban al último grito de la moda; en cambio los que no podían
costearse tales extravagancias, siempre tenían la opción de sacar de sus baúles
olientes a canela o alcanfor sus mejores galas, pero por lo general se
conformaban con admirar el lujo le potentados son nobles; esto fue entonces
considerado como una diversión, ir al Palacio Real, o a los templos en las
festividades religiosas. Aquellos momentos pasaron a ser «los días en que la
corte se vestía de gala», y en los que debían vestir el uniforme los capitanes
generales, mariscales, brigadieres y oficiales del real ejército. Los días en
1810 fueron los siguientes: el 30 mayo, santo del Rey Nuestro Señor; el 13
agosto, Santos Hipólito y Casiano, patronos de la ciudad; el 14 octubre, años
del Rey Nuestro Señor; el 3 diciembre, días del Excelentísimo Sr. virrey; y el
12 del mismo mes, aniversario de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe,
Patrona jurada de esta Nueva España.
Durante aquella época no podía faltar la exhibición
de animales adiestrados, o personas
que tuvieran algún defecto físico de
nacimiento. Un ejemplo
lo tenemos a principios del mes de enero de 1810 cuando se
expuso a la vista pública en la calle de la cerbatana, a María Rosa, india de veinte años, cuya construcción
en el tamaño de su cuerpo era tan digna de notar, que solamente la vista podría
calificar el cómo la naturaleza se ensañó
para crear a criatura tan extraña; por lo que se describen los documentos
de la época, aquella muchacha tenía una estatura muy baja, no considerada como normal en aquella época.


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