De las ciudades de más sabor colonial, en
América destaca San Luis Potosí; y al igual que la antigua capital de la Nueva
España, es pródiga en leyendas y sucedidos. Macabra es esta leyenda potosina,
que nos habla de misa oficiada y presenciada por espectros, teniendo como
escenario el conocido cementerio de El Saucito.
Aún hay gentes en San Luis que recuerdan la
cadena de hechos sobrenaturales que rodean este sucedido, y esto nos da pauta
para iniciar el relato. La escena macabra mencionada, al parecer la vio por penúltima vez en 1909 consuelo Meléndez
viuda de Hinojosa; se sabe que alguien más la presenció, pero no vivió para
contarlo. Con los ojos desorbitados por el miedo y sintiéndose desfallecer, la
señora Meléndez logra llegar al centro de la ciudad y llamar desaforadamente
ante la puerta de la casa del señor cura Antonio Cabañas; lo inoportuno de la
hora y el estado de cosas de la época, hace que el cura tome tiempo y
precauciones antes de abrir, al ingresar a la vivienda la mujer, le contó al
religioso las macabras apariciones que había presenciado hace unos momentos.
Curiosa la señora le pregunta de dónde surgieron los espectros, el cura le contesta que estos sucedidos se remontan a
la época de la Colonia, y decide contarle el origen de aquellas misas.
Sentémonos y escuchemos ahora el relato del señor cura.
Este sucedido comienza en la entonces capital
de Nueva España. Estamos en el segundo tercio del siglo XVI; de España había
llegado en un maduro caballero llamado don Rodrigo de Quevedo y Coronado, con
una cédula real que ordenaba se le debiese la mejor encomienda. el virreinato
trataba de un millar a los descendientes de Cortés y por eso la encomienda que
correspondía a Martín Cortés, se le dio a don Rodrigo. al caballero le parecía
poco y creyéndose el mismo rey de España, exigía más y más; así era él,
inconforme, y cada vez que alguien le preguntaba acerca de la encomienda, lo
único que hacía era quejarse de todo el tiempo, acusando a sus esclavos del
ladrones, patanes y haraganes.
Las condiciones en que trabajaban los
indígenas en la encomienda de don Rodrigo, eran miserables e inhumanas, todo
esto por su afán de enriquecerse más
rápidamente como lo había prometido al rey de España; y cada vez que el capataz
le rendía cuentas del producto de su encomienda, estallaba el cólera,
recortando cada vez más los gastos y matando de hambre a los esclavos. Los pobres infelices en esas condiciones caían
agotados sobre los surcos; y en esos momentos aparece la siniestra figura de
don Rodrigo tiene hecho una fiera, descarga una tanda de latigazos sobre
aquellos inocentes; una y otra vez cae el látigo sobre las espaldas desnudas y
las flácidas de aquellos infelices, hasta que el capataz decide intervenir para
decirle que lo único que está azotando son cadáveres, pues aquellos hombres ya
habían muerto de hambre y agotamiento.
Tantos desmanes cometió don Rodrigo, tantas
injusticias y muertes, que el virrey decidió intervenir para terminar aquello,
para lo que manda llamar a Palacio al ilustre conde de Montalbán, a quien le
dio tan delicada misión; ambos estuvieron cambiando impresiones, y entre la
plática comentaron que era necesario dotar de tierras a un descendiente de
Alvarado. Sin pérdida de tiempo el conde va a casa de un don Rodrigo y habla
con él, explicándole que por fin el rey le había concedido el tan anhelado
potosí que tanto había deseado; sin pensarlo dos veces aceptó y hechos todos
los preparativos se encamina a buscar sus anheladas tierras. Semanas después
llega al valle en donde hoy se levanta la hermosa ciudad es San Luis Potosí,
viendo don Rodrigo que aquellas llanuras inhóspitas de las que ha sido nombrado
dueño y señor, no son las tierras veraces que soñara, pero pidiendo información
se dio cuenta que el verdadero tesoro se encontraba tierra abajo: ¡yacimientos
de oro y plata!
Tiempo más tarde, como una atalaya que
vigilaba adusta que el feudo interminable, le fue construida al caballero una
casona de buena fábrica; desde ahí salían diariamente en busca del ansiado
potosí grupos de indios mandados por un español. Bajo condiciones terribles
recorrían grandes distancias, en busca del mineral que ansiaba don Rodrigo; los
indios aquella comarca buscaban también riqueza empleando el método de sus
ancestros, que consistía en tirarse de barriga hacia dónde sale el sol,
buscando entonces un vapor que debía escapar de la tierra. Cuando descubrían
ese vapor casi imperceptible corrían hacia allá sin perderlo de vista, y
excavaban con manos rápidas y deseosas, como si temieran que la riqueza mágica
se les fuese escapar. En efecto, varias piedras de colores con que los antiguos
indios fabricaban collares y adornos, brillaban al sol en las manos de los
indígenas; presa de emoción, pensando en servir a su amo y ser recompensado, el
español las llevó ante él aquellas piedras brillantes, pero se le cayeron las
salas del corazón cuando el señor le dijo que sólo eran guijarros que no
servían para nada. Conforme pasaban los días, don Rodrigo enloquecía pensando
en oro, pues sus nuevos dominios casi no producían, ya que la gente la dedicaba
buscar afanosamente el mineral amarillo; con el crecimiento de la ambición del
caballero, igualmente la población iba en aumento, ya ella llegaron un día dos
hermanos expertos gambusinos. Eran los hermanos Juan y Pablo de la Rosa, recién
llegados de España en busca de fortuna, y ambos naturalmente encontraron
acomodo con el hombre a quien la ambición de oro consumía; buscaron y
rebuscaron un indicio del valioso metal, pero no había indicios de éste por
ningún lado. Después los dos hermanos se enteraron de que los indios, arcano se
extraía mineral de un antiguo socavón y deciden experimentara, pero
transcurrieron los meses y los hermanos finalmente admiten su fracaso ante su
tirano patrón; el español fija su mirada llena de odio y de locura en el canal
que corre cerca del túnel de la mina y entonces se le ocurren una idea
monstruosa: le ordena a los hermanos que ingresen a la mina y que miran cuantas
varas habían excavado, ellos penetran al interior en donde hay más de 200
indios; tan pronto como han enterrado, don Rodrigo ordena a dos de sus más
serviles capataces que desvíen el canal hacia la mina, y bajo la amenaza de su
patrón, desvían el agua que comienza a correr a raudales al interior de la
mina. En el interior las escenas de muerte y desesperación son horrorosas:
gritos, ingresos y hayes lastimeros. Después del acto tan criminal, durante
varios días el hombre codicioso no sale de su casona, después se debe vagar
enloquecido por el valle exigiendo oro.
Conforme pasan los días, los remordimientos
empiezan a clavarse en el alma seca y dura de don Rodrigo, el castigo del Señor
no se deja esperar y empieza a ver aterradoras visiones; tanto crimen, tanto
mal lo está pagando el soberbio señor con noches y días plagados de imágenes
terribles que empiezan a hacer que pierda la razón. Cuenta la leyenda que una
noche se le aparece un rey, mas no el de España, si no San Luis rey santo
patrono de San Luis, entonces el reaparecido le muestra un impresionante
procesión fantasmal y lo incrimina, acto seguido don Rodrigo clama, implora y
ruega por que algún día el perdón le sea
otorgado. Lo que sucedió aquella noche en el alma de don Rodrigo, se vuelve
conjeturas; al día siguiente se le vio vagar por las calles del poblado, y a
cuanto menesteroso encontraba a su paso, fuera indígena o hispano, le llenaba
las manos de oro.
Los españoles que llegaban para radicar en lo
que sería San Luis Potosí, lo veían asombrados y extrañados cuando les detenía
para rogarles les perdonara sus ofensas; en cuanto a leprosos y llagados que
causaban repulsión de todos, don Rodrigo parecía buscarlos, no dudaba en
desgarrar sus finas ropas y con ellas vendar las llagas putrefactas y
espantosas. Y sucedió que un día llegó por estos lares, la dulce figura de un
fraile franciscano misionero, llamado fray Benedicto de Guzmán, que de tan
bueno tenía fama de Santo, y fue hasta este don Rodrigo para implorarle el
perdón de sus pecados; le besa su saya polvosa t desgarrara, y besa sus pies
con lobo de todos los caminos, después el fraile le impone 12 penitencias y que
su confesor oficie una misa de cuerpo presente, cuando Dios le llamara al
pecador a rendir cuentas.
Pero todavía tuvieron que transcurrir 24
largos años, antes de que don Rodrigo muriese. Entonces doña Soledad García
Coronado, familiar del difunto, presenció la apertura del testamento del
muerto, puesto mucho antes en manos del notario; en dicho documento tendría
como última voluntad que ciertas
personas estuvieran presentes en su misa, el problema es que los hay nombrados ya
estaban muertos. Con el fin de dar cumplimiento al testamento, doña Soledad
viene a la capital, en donde habla con una hija de Juan de la Rosa para pedirle
que asistiera a dicha misa, pero la muchacha se negó rotundamente; el segundo
paso de la dama fue ir en busca del padre Ledesma, y se llevó la sorpresa de
que había fallecido; después acude con el heredero del conde de Montalbán sin
éxito alguno. La mujer regresa a su casa de San Luis, en donde rezagando cuenta
a Dios de que hizo todo lo posible para que la misa se llevara a cabo.
Pero la voluntad de Dios es inmanente; tres
años después, cuando doña soledad rezaba un rosario por el sufragio de don
Rodrigo muerto tres años atrás, algo sucede: se escuchan cantos funerarios por
la calle y como si la llamaran, se ve impulsada a asomarse a la ventana, y ante
sus ojos aparece un cortejo fúnebre, y extrañamente aquellas personas se le
hacían conocidas. Desde ese momento ya no tiene voluntad doña Soledad, y como
si extrañas voces le ordenaran, se lanza en pos del cortejo; caminar deprisa
pero no logra darles alcance, pero aún así les ve entrar al panteón de El
Saucito, a la luz de la luna la mujer ve que se celebra una misa de difuntos,
con cuerpo presente; da vuelta por entre unas tumbas para ver quién es aquella
gente, y al verles el rostro descubre que son seres de ultratumba, no obstante
los reconoce. Doña soledad no puede resistir aquello y se aleja con el corazón
dándole tumbos, al llegar a su casa cae de rodillas y da gracias al cielo
porque al fin don Rodrigo había obtenido el perdón que tanto había implorado en
vida.
¿Morar en paz? ¡Eso fue lo que creyó! Mas lo
sucedido a otras ramas prueban lo contrario. Veamos cómo termina el relato del
sucedido del cura a la asustada dama potosina en 1909. El religioso le dice a
la mujer, que Dios dispuso que aquella misa se celebre cada 100 años, y el
total de estas deben sumar siete, entonces faltarían tres misas más. Faltan...
faltan, pero se cree que esos hechos sobrenaturales se han repetido sin que
hayan transcurrido los años necesarios. ¿Por qué? Eso sólo lo sabe el señor. Lo
cierto es que en 1939 un panadero encontró muerta una mujer a las puertas del
panteón de El Saucito. ¿Acaso presenció la misa macabra? ¡Y eso no es todo! En
los años 60 un chofer de taxi llevó a una mujer hasta las puertas del panteón,
y cuando éste trató de darle el cambio, con horror se dio cuenta de que su
pasajera era un ser de ultratumba. ¿Misa es ahora, y en un panteón? No cabe
duda alguna, es el fantasma iba a asistir a la misa macabra para don Rodrigo.
¿Desean averiguar la verdad? Vayamos pues a San Luis Potosí y esperemos la
noche en el panteón de El Saucito... ¡si es que tenemos valor!
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