domingo, 25 de noviembre de 2012

El corcel del fantasma de Tacubaya (Sucedió en la antigua Villa de Tacubaya)


El 16 de septiembre de 1635, el Marqués de Cerralvo dejó el poder para ser sucedido por Lope Díez de Armendáriz, Marqués de Cadereita, uno de los virreyes de más triste memoria en la Nueva España. Fue durante su época que tuvieron lugar los espeluznantes  sucesos, como los crímenes de don Juan  Manuel de Solórzano; y fue conocido don Lope como un gobernador déspota y poco escrupuloso, que mostraba demasiada blandura ante los desmanes de sus hombres de confianza.
Se cuenta que cierto comendador  de su época, de nombre Jesús María de Alcocer y Quiroz, abusaba de la autoridad y del favor del virrey para cometer toda clase de villanías; poseía una hermosa villa en Tacubaya y hacia allá llevaba a una muchacha, quien sufrió tremenda impresión al volver en sí, ella trató de huir, pero fue en vano todo su intento, estaba a merced de aquel hombre y acabó por sucumbir.
Pasadas dos semanas de aquel acontecimiento, doña Teresa de Pedraza logró escapar al fin de su raptor, y como pudo llegó a su casa situada en la calle de Zuleta, hoy Venustiano Carranza. La muchacha contó a su padre todo lo sucedido, y después de una larga discusión le  reveló el nombre de su captor; pero no podía hacer algún acto de venganza en contra de aquel hombre, pues era muy amigo del virrey, con quien el indignado progenitor decide ir a hablar. Don Manuel de Pedraza y Horcasitas era respetado ciudadano de la colonia y el virrey de Cadereita no tuvo objeción en recibirlo; el buen caballero le contó el abuso del comendador en contra de su hija, exigiendo se hiciera justicia, a lo que el virrey le decía que iba castigar severamente a don Jesús de comprobársele su culpabilidad.
Satisfecho dejó don Manuel la sala de audiencias del Palacio Virreinal, sin imaginarse que el amigo del virrey se encontraba escondido tras las cortinas escuchando todo; el villano salió de su escondite y su amigo le dice que lo va a “desterrar” a su hacienda de Tacubaya hasta que las cosas se calmaran, claro que podía llevar una moza para entretenerse mientras cumplía su “castigo”.
De esa suerte cuando don Manuel quiso saber del castigo que el seductor de su hija había sufrido, supo desconcertado que el galán había huido sin que nadie supiera a donde; pero  el padre ofendido no se tragó aquel cuento, bien sabía que esa justicia nunca iba a suceder, decide guardar silencio, pero al salir del Palacio llevaba ya en mente un plan de venganza.
Febrilmente se dedicó  a investigar el paradero de don Jesús, que pasaba el tiempo en Tacubaya divirtiéndose alegremente; lo cierto era que muchas honras habían sido destrozadas por aquel apuesto comendador, sus enemigos se contaban por docenas, ellos ya estaban enterados de que se encontraba en su villa gozando de la vida con una doncella, y estaban por demás decididos a ir entre todos a darle muerte. Fue aquella noche airosa y destemplada, se podía oír el aullar de los coyotes en los bosques cercanos de Tacubaya, y los cascos de los caballos de aquellos hombres, enemigos del comendador, resonaban lúgubremente en el camino.
Ajenos a la sorpresa  que se les avecinaba, don Jesús María y su acompañante gozaban de su amor, pero se vio interrumpido cuando escucharon los cascos de los caballos, y de la nada el ruido ces, por unos instantes no se oyó más que el monótono golpear de la lluvia en las ventanas. Casi en seguida la puerta de la habitación cedió con gran estrépito, y la pareja azorada vio a varios caballeros ante ellos; don Manuel de Pedraza y Horcasitas, seguido de don Gustavo de Rodríguez, avanzó hacia el comendador. Menuda sorpresa se llevó don Gustavo al ver que su hija estaba con aquel canalla, lleno de ira y loco de furor lanzó mortal estocada sobre la muchacha. Don Jesús estaba acorralado  contra la pared, el señor de Pedraza y los demás padres ofendidos lo rodeaban amenazadores, el cobarde cayó de rodillas implorando piedad. Entonces don Manuel deja caer por fin el primer mandoble sobre el cuerpo del comendador, acto seguido se arrojaron como fieras los demás, desahogando su furia contenida durante tanto tiempo, hasta que saciada su sed de venganza, lo dejaron tendido en un charco de sangre.
Minutos después los vengadores abandonaron aquel lúgubre recinto y las pisadas de sus caballos se confundían con el caer de la lluvia; casi al mismo tiempo, en las caballerizas del comendador, uno de los equinos escapa enfurecido, haciendo pedazos su encierro; los caballerangos retrocedieron espantados mientras el animal, parándose sobre las patas traseras, lanzaba escalofriantes relinchos, y ante azoro de los sirvientes, después de lanzar casi lumbre por los ojos, emprende veloz carrera para perderse monte arriba. Los caballeros cruzaron el patio que separaba las caballerizas y habitaciones de la servidumbre de los aposentos de su señor, sorprendiéndose mucho al encontrar abiertas las puertas de su casa, desconcertados ingresaron en el lugar, solo que imaginar la impresión que los hombres recibieron al penetrar en la alcoba de don Jesús, y encontrar los dos cuerpos sin vida.
La noticia se supo al día siguiente por toda la Colonia y el virrey decretó un luto de dos días por la muerte del comendador, asimismo se buscó  afanosamente a los criminales, pues no había duda de que don Jesús había sido víctima de algunos asaltantes. Los funerales del señor Alcocer fueron imponentemente lujosos, el propio virrey y todos los funcionarios del virreinato estuvieron presentes, y después de tres días la normalidad volvió a la capital de Nueva España. Los pasos del sereno se alejaron por  la calle de Zuleta, y casi en seguida el relinchar de una bestia se escuchó en la oscuridad, los cascos  de sus pezuñas resonaron en los adoquines de las calles, acercándose lentamente al sereno, que unos pasos más adelante repetía su lúgubre pregón, pidiendo un Padre Nuestro y un Ave María por el alma del recién fallecido. El vigilante se detuvo de pronto al sentir  una presencia helada y extraña a sus espaldas, un belfo ardiente le llegó a la nuca y se volvió sobresaltado, lanzando casi en seguida un grito de horror; el sereno se desplomó  sin vida mientras la bestia emprendía  veloz galope a lo largo de la calle  y se detenía ante cierta mansión. En su aposento, don Manuel  se disponía a irse a la cama  cuando oyó aquel golpear en el portón de la casa; el golpeteo se hizo más fuerte e insistente, el caballero con una bujía en la mano, se dispuso a acudir a aquel llamado, al asomarse sintió que los cabellos se le erizaban; paralizado de terror vio un rostro espectral y cadavérico mirándolo al otro lado de la mirilla: ¡era don Jesús que venía vengar su muerte!
Don Manuel pudo reaccionar al fin, y despavorido trató de alejarse del portón, mientras tanto en sus aposentos, los criados escucharon los gritos de sus amo y se apresuraron a acudir en su auxilio, pero al llegar al patio se detuvieron empavorecidos  ente lo que se presentó frente a sus ojos: un embravecido caballo acababa de derribar el portón. Aquella bestia jineteada por espectral caballero, se arrojó furiosa sobre el indefenso anciano, y con saña infernal golpeó el cráneo y el cuerpo entero de don Manuel hasta dejarlo exánime en el patio; doña Teresa había acudido al oír el escándalo y casi enloqueció de horror al presenciar aquel espectáculo, entonces la muchacha toma un crucifijo para defenderse, un horrible relincho hendió los aires y en medio de espantoso estruendo, aquella bestia desapareció en una nube de humo. Fue hasta entonces que los criados pudieron acercarse a su señor que yacía sin vida.
Mucho se comentó el suceso extraño en la ciudad durante los días siguientes, pero poco crédito dieron a lo dicho por los criados; Doña Teresa no pudo ser interrogada ya que, después de sufrir penosa enfermedad por la impresión, había quedado tocada del juicio.
Poco a poco pareció olvidarse el incidente, hasta que una noche apareció ante los serenos el espectral caballo y su jinete, dejando escapar un siniestro relincho y sembrando el terror por donde quiera que pasaba; por fin se detuvo ante una de las casas de Teponaxco, hoy San Antonio Abad. En la biblioteca de su mansión, don Gustavo de Rodríguez oyó que llamaban a la puerta, dejó su asiento y ya se dirigía a la puerta de la estancia cuando escuchó un alarido que le heló la sangre en las venas: era el portero que pegó un grito de horror. Apresurado abrió la biblioteca pero no pudo dar un paso fuera de ella, entonces un escándalo espantoso en el que se mezclaron gritos de horror y dolor, con piafar y relinchos acompañados de golpes brutales, se escucharon en toda la casa a partir de entonces.
Cuando los criados acudieron al lugar de los hechos, solo encontraron a su amo revolcándose en su propia sangre con el rostro destrozado, una tenue neblina rodeaba al cadáver, una neblina con espantoso olor azufre y muerte. Fueron encontradas las huellas de herraduras en diversas partes de la casa, por lo que se probó que era cosa del caballo infernal.
Días después tuvo lugar un hecho de esta naturaleza, otro de los enemigos del comendador de Alcocer fue encontrado muerto en su propia alcoba con huellas de herraduras en el rostro. Los soldados de la ronda acabaron de convencer a las autoridades, que decidieron enterar del caso al Santo Oficio, quienes decidieron acudir a los lugares de los hechos. La casa de la calle de Zuleta, así como la de Teponaxco, fueron bendecidas y selladas, lo mismo se hizo en la casa de don Ceferino Pérez Arce. Sin embargo, la noche en que el Santo Oficio dio por concluido el extraño caso, los cascos de un caballo resonaron en la oscuridad.
Al día siguiente otro conocido caballero colonial aparecía muerto en su propia alcoba, presentado señales de haber sido golpeado por las patas de un caballo; el pánico hizo presa en los habitantes de la ciudad, que se retiraban temprano a sus casas y no abrían a nadie cuando oían llamar a la puerta. Fueron varios los caballeros coloniales que sufrieron similar muerte; nadie podía explicarse aquel hecho tan escalofriante y extraño, hasta que hubo un santo varón franciscano que creyó encontrar la explicación, al confesar a una demente moribunda, que era nada menos que Teresa de Pedraza, quien le relató al religioso sus espantosas experiencias sin omitir la venganza que su padre  había tomado en el comendador;  el franciscano le pidió los nombres de aquellos hombres para poder evitar un desgracia, pero la mujer empezó a fatigarse después de haber hecho una lista casi completa de los enemigos de don Jesús. Los ojos de la dama  parecieron salírsele de las órbitas mientras los clavaba en una esquina de la habitación, en donde se había hecho presente el espectro del comendador; al mismo tiempo se dejó escuchar una horrísona carcajada, que la final sonó lo mismo que el relinchar de un caballo llenó los ámbitos de la  habitación. El fraile cayó de rodillas formulando algunas jaculatorias y la espantable aparición se desvaneció en el aire, dejando un repugnante hedor a azufre y muerte, después volvióse enseguida hacia doña Teresa, quien aún con la mirada fija en aquel rincón, acababa de expirar, el franciscano cerró los ojos de la muerta y le cubrió piadosamente el rostro, arrodillándose poco después para rezarle algunos responsos.
Más tarde salió de ahí y se dirigió a su convento de San Francisco para reparar algunas cosas, le pidió a San Francisco de Asís le ayudara a derrotar al demonio, y en seguida alargó las manos y despojó la sagrada imagen del cordón que le ceñía la túnica, asimismo se proveyó de un cirio y una botella de agua bendita. Las campanas del convento daban ya el toque de ánimas cuando el piadoso varón se aventuró a lo largo de la calle de San Francisco; cuando llegó a la Plaza Mayor se detuvo indeciso sin saber qué rumbo tomar, decidió cruzar dicha plaza, y fue entonces cuando a sus oídos llegó el claro relinchar de un caballo. El religioso se volvió sobre sí mismo y se plantó ante la infernal bestia, que cruzaba la plaza en ese momento, los ojos del animal parecían  lanzar llamaradas de fuego sobre el rostro del fraile, quien permaneció impasible con sus armas en la mano; el caballo volvió a encabritarse, y el sacerdote, enarbolando el cordón de San Francisco, lo lanzó hacia su cuello. La bestia  lanzó un chillado que despertó a todos los habitantes de las inmediaciones y el fraile, sacando fuerzas de la fe, logró montarse sobre él.
Los habitantes de la ciudad de México del años de 1636 no olvidarían jamás el dantesco espectáculo que se presentó ante sus ojos aquella noche memorable. El franciscano, sin dejar de formular sus jaculatorias, rociaba de agua bendita las crines del animal, que daba horribles respingos tratando de librarse de sus jinetes; la lucha fue cediendo, la bestia dobló las patas, y lanzando un horrible relincho, se desplomó al fin.
Los testigos de aquel escalofriante suceso se aproximaron hacia donde el piadoso franciscano se incorporaba ya, aun murmurando sus oraciones; de entre la gente que rodeaba la escena, de pronto alguien exclamó que la bestia estaba desapareciendo, y ante los ojos de todos tuvo lugar un hecho sorprendente: el caballo sufrió un espantosa transformación hasta dejar al descubierto un cadáver descarnado y putrefacto. Los presentes retrocedieron asustados y no faltó quien reconociera aquellos restos descompuestos, que pertenecían a don Jesús María de Alcocer y Quiroz.
Aquel prodigio dejó perplejos a funcionarios civiles y eclesiásticos de la colonia, quienes dispusieron abrir la tumba del comendador, el ataúd fue abierto en presencia de todos, encontrándolo vacío; en toda la caja se apreciaban huellas de cascos de caballo, con lo que no quedó duda de que le jinete de aquella bestia infernal, era el propio comendador Alcocer.
El suceso fue celosamente guardado  en secreto por algún tiempo, pues el virrey Cadereita no quiso que se comentara demasiado el fin de don Jesús María; sin embargo en las actas del convento de San Francisco y de Santo Domingo, se consignó el extraordinario prodigio del caballo del comendador. Las casa visitadas por la bestia infernal quedaron selladas y abandonadas para siempre, hasta que se ordenó su demolición; sin embargo a mediados del siglo pasado, se supo de una persona que al transitar por aquellas calles  escuchó algo así como el espectral galopar de un caballo. ¿Habrá sido su imaginación, o aun vagará por ahí el caballo del comendador?

1 comentario:

Unknown dijo...

Wow sin palabras....había también me cuenta gente que vivió en Tacubaya de un jinete que el tren le corto la cabeza