Establecida la Colonia después de la Conquista de Tenochtitlán, se procedió a la construcción de los edificios principales; capitanes, nobles conquistadores levantaron señoriales casonas de acuerdo a su rango y fortuna. Y al amparo de los religiosos, los nobles mexicanos vencidos, encontraron comprensión y buscaron acomodo entre los vencedores; estos, aunque dueños de tierras y fortunas que se les respetó junto con su nobleza de estirpe no se encontraba a gusto en la Nueva España, por lo que algunos indios nobles vivieron en las afueras de la cuidad y se exhibían en las calles vestidos ridículamente, algunos otros trataron de aprender a leer, religión y otros menesteres; también fuero fundados conventos especiales para las indias hijas de nobles que deseaban servir a Dios y educarse.
Una de esas nobles indias que deseaba entrar al servicio de Dios fue Juana Coatlanecatl, era joven, bella y dueña de gran fortuna en oro y tierras; quien un día se topara con unos españoles que deseaban hacer negocios con ella, pero estos no se llevaron a cabo debido a la decisión de la mujer de tomar los hábitos. Aparentemente estos acontecimientos no tuvieron trascendencia, pero muchas veces las muy buenas intenciones son torcidas por la mano del destino, como le sucediera a la india; quien en forma increíble la apartó de la senda de Dios fue un español aventurero, inmoral y perverso, llamado Jimeno de Arvide y Puertocarrero, que comentaba a su incrédulo amigo suyo iba a contraer nupcias con Juana, no porque amor a ella, sino a su cuantiosa fortuna (hay que recordar que los indios eran vistos por los españoles como seres de segunda categoría).
Ante el asombro y desconcierto de los indios y la censura de los españoles que conocían a don Jimeno, se celebró la boda. Los más descontentos eran los frailes, pues al casarse perdieron oro y fortuna para templos y conventos; y al salir del templo estos interceptaron sus pasos y las parejas lanzaron sórdidas premoniciones: “¡Desdichada Juana, que os habéis desposado con el Diablo!”. Y cuenta la leyenda que, tal vez influida por las palabras de los religiosos vio en efecto a don Jimeno como el mismísimo Demonio.
La pareja se fue a vivir a la casa del hispano, que se ubicaba en la calle que iba del Colegio de San Pedro y San Pablo, al Convento de la Concepción; después se llamó de la perpetua y la casa ostentaba entonces el número 18.
Servían a don Jimeno un criado llamado Robles y una vieja cocinera llamada Antonia, que era de Sevilla, ambos así continuaron en la casa. No había trascurrido dos semanas, cuando los criados se dieron cuenta de que don Jimeno maltrataba a la india, cuando no era porque o usaba zapatos en la casa, era por cualquier motivo por lo que don Jimeno flagelaba a la desdichada. Poco a poco el mal trato se hizo constante, golpes, puntapiés, bofetadas y latigazos cayeron sobre el cuero de Juana a todas horas.
Ante los constantes maltratos hacia la pobre mujer, la cocinera decidió irse antes de verla morir; así a la mañana siguiente muy temprano la anciana cocinera dejó para siempre la casa de don Jimeno, pero no fue hasta las ocho de la mañana que notó su ausencia, a lo que el sirviente el sirviente le contesto que se había ido muy de mañana.
Robles tomó el cargo de cocinero, y una noche en que preparaba la cena escuchó un grito escalofriante, que se repitiera varias veces, hasta que todo quedara en sepulcral silencio, perdiéndose entre las profundidades de la casa; todavía repercutía en los oídos del sirviente aquel grito escalofriante cuando escuchó la voz de su patrón pidiendo la cena; al llegar a sus aposentos, notó que se encontraba solo. A partir de esa noche siguió la ausencia de Juana en la casa, pero más extrañado estuvo el criado al día siguiente cuando don Jimeno lo obligó a acompañarlo ante las autoridades, ahí contaría la disparatada historia de que su esposa lo abandonó, que era sucia, adoración a sus dioses, hechicera y amenazándolo con marcharse un día sin poderla detener el criado, se marchó.
Durante varias semanas don Jimeno de Arvide y Puertocarrero solo salió lo indispensable de su casa, y su presencia en las calles despertó los comentarios de quienes lo conocían; y de pronto un día salió menos y no bien oscurecía, se encerraba en su cuarto como si tuviera el temor hacia algo; el sirviente con frecuencia se hacía esa pregunta al ver ese comportamiento en su amo.
Y lo que pudo ser respuesta a la pregunta del sirviente, se convirtió en incógnita, cuando una noche creyó escuchar “algo”; el sobresalto del criado aumentó al escuchar que de la alcoba de su patrón provenían unos gemidos tristes, dolorosos. Robles se levantó y se dirigió sigiloso a la recámara de su amo, pero grande fue su sorpresa cuando se acercó a la puerta, ya que aquellos gemidos dolientes, angustiosos y lastimeros cesaron de la nada quedando solamente un silencio sepulcral; entonces algo llamó su atención cuando miró al suelo: unas huellas frescas y muy claras de alguien que había andado con los pies mojados apenas hace unos escasos momentos; consternado y sin comentar nada a nadie, Robles se retiró a sus aposentos.
El criado, reservado como era su deber, nada dijo al amo que apareció esa mañana más triste y cabizbajo que otros días; el día transcurre sin ninguna novedad, pero apenas cayó la noche volvieron a escucharse aquellos lamentos, pero ahora acompañados con unas frases de súplica dolorosa, por lo que Robles decidió intervenir para que su amo no fuera molestado, pero apenas estuvo cerca de la puerta volvió a escuchar todo con claridad, reconociendo la voz de doña Juana. Pero no bien se hubo acercado el criado a la puerta, cesaron los lamentos y después notó las huellas frescas de los pies descalzos de una mujer.
Al día siguiente, cuando Robles limpiaba la cerradura de la puerta del patio fue sorprendido por su amo y colérico tomó por las ropas al sirviente y cuando quiso evitarlo ya le había revelado a don Jimeno su secreto, pero al escucharlo el hispano se dejó caer apabullado sobre un sillón cercano para confirmar que aquellos lamentos no eran simples pesadillas. El criado le llevó a su amo una copa de vino y miró como le temblaban las manos al levantar la copa, y acto seguido el español le pidió, le suplicó que cerrara todas las puertas y ventanas en las noches.
Una vez se ocultó el sol, sin saber cómo ni por donde, doña Juana volvió a entrar a la casa y sus gemidos volvieron a retumbar por la casa; Robles estaba listo, pues tan pronto escuchó los primeros gemidos se precipitó escaleras arriba y al llegar al pasillo superior un grito escalofriante lo dejó petrificado, pero tampoco pudo moverse al ver que una figura espectral, horripilante pasaba junto a él, dejando una estela de aire de humedad de agua y de ultratumba, después se coló a través de la puerta que daba al patio. Temiendo que algo horrible le hubiera sucedido a su amo, el sirviente llamó varias veces a la puerta sin obtener respuesta; por lo que a la mañana siguiente decidió ir a buscar a la justicia, les relató lo ocurrido y acto seguido fueron a la casa.
Echaron abajo la puerta, pero no bien pudieron abrirla puerta y ver el interior, se presentó ante ellos un espectáculo horroroso: allí estaba don Jimeno sobre su lecho ¡estrangulado con dos trenzas largas y negras!, que el criado de inmediato reconoció como las de doña Juana. Las autoridades creyendo viva a la india decidieron ir a buscarla por toda la ciudad, pero en ese momento Robles les relató todo lo que había visto diciendo que se encontraba muerta; después los conduciría por el mismo camino que tomara la mujer y cual no fue su sorpresa que al llegar al pozo del patio principal, impulsados por una fuerza desconocida todos se precipitaron hacia este y lo que vieron abajo les heló la sangre: ¡allí estaba el esqueleto amarillento y horrible de doña Juana Coatlanecatl sin las trenzas!
Debido a los acontecimientos tan espantosos, el pozo fue segado y nadie se preocupó por saber dónde estuvo la tumba de la india.
Pero aún hoy, después de transcurridos estos siglos, puede uno preguntarse: ¿Cómo es posible que una muerta se haya vengado de aquel que la maltrataba y humillaba tanto? Tal vez en esta pregunta que no puede contestarse radique el interés de la leyenda.
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