domingo, 14 de julio de 2013

El barrio de los encadenados (Sucedió en el barrio de San Álvaro, cuidad de Tlacopan, hoy Tacuba)

Cuenta la leyenda que durante el año de 1686, que cuando era virrey de Nueva España Don Francisco Portocarrero Lasso de la Vega, conde de Manclova comenzaron aquellas apariciones de un ente conocido como “El encadenado”, el cuál fue nombrado así por los habitantes de la capital. A este espectro se le relacionó con el virrey… ¿Por qué?
La historia cuenta que por aquellos rumbos vivía un herrero de apellido Rosado, que era un anciano miserable de inofensiva apariencia; entre la gente era conocido como un hombre bueno y honrado, sin embargo, los niños y los animales le temían, por lo que solamente algunos clientes frecuentaban su lugar de trabajo.Una de las personas que más lo frecuentaba era el virrey, ya que a cada rato le mandaba hacer trabajos de herrería, quizá porque el era de los pocos que sabían que el anciano tenía un cobertizo en su patio.
Una noche de luna llena, el herrero se encaminó a las afueras de la ciudad, hasta llegar a una cueva misteriosa que había en una colina cercana; pero nadie sabía a que iba el anciano, lo que si era un hecho es que algunos de sus clientes se les podían oír gritar de dolor. Y casualmente desde aquella noche, al virrey se le veía cojeando, pero el señor Rosado le había advertido que si el dolor le aquejaba, era señal de que tendría el amor de Doña María; ya que ella también había sido requerida por el caballero, pero el problema es que sus señores padres querían enclaustrarla.
Aquel día el comportamiento de la dama fue distinto, pues le permitió a Don Francisco que la acompañara hasta su casa, después ella se enfrentaría a su padre negándose rotundamente a ingresar a un convento; el padre explotó en cólera y acto seguido envía a su joven hija a confesarse, pero claro ella en vez de ir a descargar su alma fue directo a la casa de su amado. Mientras, el tenía que pagar cada vez más el trabajo del herrero; pero el no era el único que había vendido su alma la Maligno, ya que un hombre llamado Don Rodrigo lo hizo a cambio de riquezas y una dama de nombre Doña Serafina pudo conseguir que su marido regresara a su lado.
Ante aquellos magníficos resultados obtenidos, los clientes empezaron a llegar como moscas a la miel al local de Rosado; así con el tiempo los mancos y cojos empezaron a abundar en el barrio, y cuando se veían en la calle lo único que hacían era mirarse unos a otros, conscientes de que habían cambiado una extremidad por su más caro anhelo. Aquellas personas gozaban de los favores concedidos, pero a la vez sentían un profundo temor y pánico a la muerte y esta situación los hacía actuar como locos. En la casa de Doña Serafina, sus temores empezaron a molestar su esposo, el cuál pensaba seriamente en abandonarla, pero ella le advierte que si lo hace un rayo lo partirá para matarlo; Don Miguel haciendo caso omiso un deja a su mujer, subió a su carruaje y no había avanzado muchas calles cuando los caballos desbocaron y perdió el control de la carreta, perdiendo la vida en aquel trágico acontecimiento. Más tarde Doña Serafina recibió el cadáver de su marido.
EL otro caballero, Don Rodrigo de Brugos no salía ni a la esquina por temor de tener un accidente, apenas y probaba bocado porque temía que sus empleados lo envenenaran. Y así como esos trágicos casos, muchos eran los que vivían bajo ese horrible miedo a la muerte en los rumbos de San Álvaro, todos culpaban al herrero Rosado.
Paso el tiempo y todas aquellas personas empavorecidas, salieron a las calles en busca del anciano, quien al verlos trató de emprender la graciosa huida, cosa que no consiguió porque totalmente acorralado; acto seguido sintió sobre su cuerpo pedradas, garrotazos y puñaladas, dejándolo en un charco de sangre. La gente no satisfecha todavía, lo arrastró a las afueras de la cuidad hasta llegar a las cuevas misteriosas, donde subieron a la parte más alta del barranco y desde ahí lo aventaron al vacío, Rosado dio tumbos y destrozándose el cráneo al estrellarse en contra de unas piedras. Aún no contentos con este acto de barbarie, regresaron a la casa del anciano y registraron hasta el último rincón.
Al día siguiente el padre Bermúdez quedó paralizado de horror al ver destrozada la casa del anciano, pero su asombró fue mayor al ver regadas en el piso monedas de oro; y claro no tardó en correr el chisme de que el “nahual”, como era conocido en el pueblo, había muerto.
El santo varón fue directo a las Oficinas del Santo Oficio a dar el informe; más tarde irían a sellarla vivienda del herrero. En el rumbo de San Álvaro los días transcurrieron tranquilamente, pero cuando fue luna llena los coyotes aullaron y entonces muchas personas tuvieron ante sus ojos una siniestra aparición: un aterrador espectro recorría las calles hasta detenerse en la casa de Don Francisco Portocarrero; el virrey sentía como cada cabello se le erizaba de terror, al ver y escuchar aquella voz hueca y cavernosa de ultratumba.

La puerta de entrada implicó un obstáculo para el fantasma, ya que con mucha facilidad entró al patio que era iluminado por la luz de la luna. Don Francisco aterrado ya presentía lo peor: Rosado venía por él. Los pasos se aproximaban lentamente hacia el infortunado hombre, lo que obligó a su esposa a que se encerrara bajo llave; pronto el fantasma se encontraba frente a él, cargando unas pesadas cadenas y mirando fijamente de manera amenazadora al virrey.
El espectro venía por Don Francisco por haber vendido su alma al diablo; y acto seguido la descarnada mano tomó del brazo al condenado, Doña María acudió a ayudar a su marido, pero presa del terror al ver aquella horrenda imagen no pudo soportarlo, y se desplomó en el piso. Los criados la atendieron inmediatamente, más le hubiera valido a la pobre mujer nunca despertar, porque nunca volvió a volvió recobrar la cordura, algunos dicen que no soportó el trauma de la muerte de su marido.
Cuenta la leyenda que al querer amortajar a Don Francisco descubrieron una cadena atada a su tobillo, pero lo espeluznante fue que al tratar de quitársela se adhería a la carne. Otro suceso que se cuenta es que cuando la luna llena volvió a brillar, Rosado volvió a aparecer en el barrio sembrando el terror por donde quiera que fuera, todos los pobladores atestiguaron, que después de aquella noche amaneció muerta Doña María con una cadena atada a su tobillo; la misma suerte corrió Don Rodrigo, que fue encontrado con una cadena atada a la muñeca. Así uno por uno, todos aquellos que habían sido partícipes del linchamiento de Rosado, murieron de igual forma; cada noche de luna llena era lo mismo y decían los habitantes que el anciano desaparecía en aquellas cuevas misteriosas.
Pero una noche decidido a terminar esta ola de muertes, el padre Bermúdez se enfrentó al espectro, y con una cruz en alto le preguntó porque penaba su alma, pero no obtuvo respuesta; el religioso arrojó entonces agua bendita sobre aquel ser logrando que desapareciera solo unos escasos momentos, luego lo vio huyendo hacia las afuera del barrio, viendo como desaparecía en las cuevas.
El religioso lo siguió hasta su escondrijo, donde se escuchaban voces y se veía una luz verde; y sin otra arma más que el crucifijo, el sacerdote se introdujo en la cueva, y ante sus ojos tenía un aterrador escenario: una legión de espectros encadenados, que gritaban y blasfemaban de un modo impresionante. La leyenda cuenta, que el padre salió de ahí lo más rápido que pudo para alejarse de aquella sucursal del infierno, pero al llegar al pueblo se le tomó como un loco y finalmente fue recluido en un manicomio.
En cuanto al espíritu de Rosado, las historia nos relata que al terminar su misión de recoger a todos los encadenados, y que luego se les veía penar por las colonas en las noches de luna llena.
El aterrador suceso fue documentado por el padre Bermúdez con lujo de detalle.Años después de su fallecimiento el Santo Oficio encontró la información y fueron a bendecir aquella cueva maldita, y también quemaron la casa del anciano.
Como dato curioso les cuento que el virrey Portocarrero en sus retratos se mostraba como un hombre de aspecto duro y sin un brazo; el gran misterio sin resolver es que no se sabe si perdió el brazo en combate ópor favores pedidos al maligno.

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