La conquista y establecimiento de la Colonia, trajo
no solo consigo riquezas y poder, sino también muerte y sobresaltos para los
conquistadores, y despertó la codicia de piratas y aventureros que llegaron a
las costas mexicanas causando grandes depredaciones; allá por el siglo XVII
ocurrió este suceso en que se amalgaman la codicia y el misterio, lo
sobrenatural y lo espantoso…
Una tarde de aquel siglo, apareció frente a las
costas veracruzanas un barco pirata que, a juzgar por su aspecto, había sufrido
uno de los desastres marinos propios del Golfo de México, o bien, trabado fiero
combate del que saliera mal librado. ¿De quién era ese barco con la espantable
insignia pirata? ¿Del mulato, de Lorencillo, o del sanguinario Morgan? Nadie
los sabe, solo que amparado en las sombras de la tarde, un fiero pirata
abandonó la nave, alejándose a golpe rápido de remo.
A una
distancia prudente, vuelve los ojos inyectados de odio, gritándoles a la
tripulación que todos morirían y echándoles de maldiciones; de pronto se
escucha un estruendo espantoso, y la nave pirata vuela en mil pedazos, y
mientras arde el barco, y muere destrozada o achicharrada la tripulación, el
fiero pirata escapa en una lancha mientras abre el cofre que lleva a bordo, y
se regocija contemplando su contenido, pero un trozo ardiente de mástil que ha
volado debido a la explosión, tuvo el mal tino de caer justo encima del pirata,
el cuál lucha con desesperación en vano, por quitarse aquella brasa. Al fin
logra quitarse y arrojar al mar el trozo de madera ardiente, pero queda mal
herido. Los últimos resplandores rojos del
cielo alumbran confusamente el bote, al pirata y…. ¡al tesoro! Las horas
pasan y el oleaje arroja hasta la playa veracruzana la embarcación y su
cargamento.
Cerca de la media noche el pirata herido, vacilante
se acerca a una casucha de pescadores, está dispuesto a conseguir auxilio por
las buenas o por las malas, toca la puerta y acto seguido salen dos hombres:
Adrián, Fernández y Marcos Iturralde, que abren tímidos la puerta, son humildes
pescadores españoles. El pirata les ordena a gritos que lo curen, pero antes de
que pudieran sostenerlo, el recién llegado pega un grito y muere; los
pescadores se asustaron porque creían que los tripulantes que venían con el
desconocido andarían en algún lugar cercano, se quedaron mudos mirando el
cadáver del fiero pirata, allí en la choza. Después de un rato, Adrián
reacciona y le dice a su compañero que lo ayude a llevarlo a la playa, y a la
claridad nocturna y tropical, los dos pescadores sacan al pirata.
De pronto Marcos
y Adrián descubren el bote del pirata, se acercan para inspeccionar su
única carga que era un cofre, y cuál no fue su sorpresa cuando al abrirlo
encontraron un fabuloso tesoro de oro y joyas de incalculable valor, todo
parecía un sueño o una fantasía. Cuando ambos pescadores parecen repuestos de
la impresión, Adrián propone primer que nada, enterrar al muerto lo más lejos
posible y buscar un sitio adecuado para ocultar el cofre. Adrián y Marcos se
alejan por el mar llevando aquel tesoro y salen de la ensenada, al llegar, con
grandes trabajos proceden a sacar el pesado cofre del bote y lo llevan hacia la
selva.
Exploraron, hasta encontrar un lugar adecuado para
esconder el tesoro, el cuál fue al pie de unas palmas que formaban una figura
inconfundible, los dos pescadores excavan para enterrar el cofre con su
fabuloso contenido, pasaron varias horas haciendo su labor, hasta que de manera
inevitable los sorprenden los primeros rayos del sol. Adrián no quería
compartir el tesoro con su compañero, para lo que encontró una solución rápida
y fácil: darle muerte, y en forma artera y cruel golpea con furia la cabeza de
Marcos; acto seguido Adrián Fernández cubre el cadáver ensangrentado.
Concluida su criminal obra, se aleja grabándose
bien la señal de las dos palmeras que señalaban el tesoro, se dispone a remar
hacia las rocas, sobre las cuáles ha de abandonar el bote para que la furia del
mar lo destruyera, pero de pronto navío y ocupante son arrastrados por una
súbita e incontrolable corriente marina, y por breves minutos la embarcación es
juguete del oleaje hasta que el mar lo azota contra los riscos haciéndolo
astillas, y el cadáver del codicioso Adrián queda desarticulado grotescamente y
colocado sobre uno de los riscos.
Pasa el tiempo, y el cuerpo es devorado por las
fieras, su casucha, así como sus botes y redes, van siendo destruidos por el
abandono. Nadie sabe ellos, todos ignoran que sucedió a Marcos de Iturralde y a
Adrián Fernández, pescadores venidos de Mallorca, hasta que una noche, cuatro
pescadores que se han alejado más allá de la ensenada ya cerca de los riscos,
escuchan por primera vez un lamento que les sobrecoge de pavor, y después ven
algo que los paraliza de miedo: ¡un espectro en las escolleras!, y casi al
mismo tiempo se deja escuchar un grito que hiela la sangre, procedente de la
selva. Durante de una larga distancia, todavía parece resonar en sus oídos ese
grito escalofriante, repetido por el mar y por la noche. Los cuatro pescadores
avezados al mar y sus peligros, se alejan de allí, temerosos de lo desconocido
y sobrenatural.
A partir de entonces fueron tantas y frecuentes las
escalofriantes apariciones y los lamentos que llegaban de la selva, que los
pescadores aprovecharon la llegada del padre Francisco de Salinas, para hacerle
un relato de los hechos, el religioso les sugirió que alguien fuera a
preguntarles en nombre de Dios a aquellas almas en pena, que era lo que los
tenía vagando en este mundo, pero como no hubo valiente alguna que se
atreviese, entonces había que esperar que un día llegara alguien predestinado
para ayudar a reunir a las ánimas en
pena. ¿Quién sería?
Sucedió que un día apareció por aquella aldea de
pescadores un pobre hombre barbado y sucio, en cuyo rostro demacrado se notaba
el hambre y la fatiga, caminó durante un rato más, hasta que encontró a una
buena persona que le abrió las puertas de su humilde morada, el viajero
descansó en la casa del pescador, gracias al cual sació su hambre y sed, poco
después el invitado y el anfitrión charlaban amigablemente, en donde el primero
le contó que había sido poseedor de una gran fortuna, y de un día para otro
quedó en la calle. ¿Quién era ese hombre? ¿Mendigo del camino o prófugo de la
justicia? Nada de eso, su historia aparece consignada en las consejas de la
Colonia.
Este mendigo era nada menos que don Jerónimo de la
Peña y Lucientes, caballero de la orden Calatrava, que estuvo a punto de ser el
primer ganadero de la Nueva España, pero no sucedió así, porque días más tarde
le llegaba al caballero una fatal noticia: el barco que traía parte de su
fortuna había naufragado; pero no se dejó doblegar y días después ya se
encontraba haciendo tratos con unos hacendados, a través del capataz, pero éste
no iba a mover un dedo hasta que le fuera pagada la cantidad que oro que
quería, y para esto el caballero de la orden de Calatrava tenía que llevar la
preciada carga hasta Tlaltenango. Antes de que transcurriera más tiempo, empaco
todo y se fue rumbo a aquel lugar, pero para su mala suerte, poco antes del
amanecer, el carruaje de don Jerónimo fue asaltado y robado del oro por cuatro
sujetos que, según se dijo, estaba en complicidad con el capataz. Los
salteadores mataron al cochero y dejaron por muerto a don Jerónimo, quien fue
encontrado horas después por una escolta de caballería, lo recogieron y lo
llevaron hasta su casa, donde fue atendido por un médico que manifestaba su
confianza en que ha de curarse.
Convaleciente aún, don Jerónimo se dio cuenta con
tristeza que lo había perdido todo muy pronto, sin embargo se mantenía
optimista para salir de ésta mala racha y recuperar su fortuna, y para eso
quiso buscar apoyo moral y amor en su esposa Constanza, decido entonces ir
hasta su alcoba. Sus ojos afanosos no hallaban a su mujer, pero si descubren
una carta, la lee y su contenido le llena de odio y de dolor, pues ésta decía
que se había marchado con su amante el capitán de Gálvez.
A una desdicha se eslabonaba otra, pues poco tiempo
después don Jerónimo recibía la visita del dueño de la casa que habitaba por
calle de Balvaneras para exigirle el pago de la renta, pero como ya tenía ni en
que caerse muerto, al día siguiente salió pobre, sin fortuna y sin honor.
Se dio a vagar primero por las calles de la capital
de la Nueva España, pregonando su infortunio y su mala suerte, decide recurrir
ante prestamistas y usureros, pero todo en vano, y para colmo de sus males y ruina económica, recibe una gran golpe
moral al toparse cierto día con la que fuera su esposa Constanza y el capitán
de Gálvez, ni siquiera una tizona lleva para vengar la afrenta, y sin fijarse
en aquel hombre a quien tomaron por pordiosero, siguen su camino haciéndose
caricias y sonriendo.
Y como había dicho, si n fortuna y sin honor,
decidió alejarse para siempre de la capital de la Nueva España, está cansado de
pedir e implorar, su idea es la de llegar a Veracruz y de allí, de algún modo,
embarcarse a España en donde podrá rehacer su vida. Este es el hombre que
duerme y descansa bajo la sombra amistosa del pescador. Despierta a la mañana
siguiente, pero antes de emprender sus pasos a Veracruz, el pescador y su
esposa le advierten que tenga cuidado con los espectros que llenan de pavura a
la gente.
El viajero echa a andar de nuevo, ahora lleva agua
y algo de comer para su larga caminata hasta el puerto de la Villa Rica de la
Vera Cruz, y de pronto se detiene, la selva se ha quedad en total silencio, el
menor viento no agita la espesura, como para hacer marco a un grito espantoso que
de súbito escucha. Tensos los nervios, pero sin sentir pavor, el viajero al
buscar el sitio de donde escapaba el grito espeluznante, descubre a un
impresionante espectro, y decidido se le acerca pidiéndole en nombre de Dios le
dijera el motivo por el que penaba y lloraba; el fantasma habla a través de la
horrible oquedad de lo que fue su boca y le explica que el motivo está
enterrado bajo sus pies y la causa de su penar es por el cuerpo de amigo que se
encuentra lejos de él, después el caballero le pregunta que debe hacer para que
al fin descanse en paz. ¿Qué será?
Siguiendo las instrucciones que con voz cavernosa
le dio el fantasma, don Jerónimo se oculta esa noche en los escollos, no tiene
que esperar mucho, pues a la medianoche se deja escuchar aquel lamento
espeluznante, y muy cerca de él se hace visible aquel esqueleto fosforescente,
que fuera motivo de terror por parte de los pescadores. Venciendo su temor y
cumpliendo con la palabra dada al otro espectro, le abraza y le sujeta, y sin
pérdida de tiempo le carga y le conduce
por la playa hasta la selva; cumplida la parte del trato que le correspondía a
don Jerónimo, vuelve a salir aquella voz hueca de la boca descarnada y le dice
que cuando salga el sol, las palmas proyectarían sobre el suelo una sombra en
forma de cruz, ahí debía escarbar para encontrar los restos del espectro y debajo
un cofre con el fabuloso tesoro, que sería ¡todito para él!. La condición final
era que los despojos mortales de ambos difuntos, reposaran en el mismo foso.
El espectro desaparece en la negrura, solo queda
ahí el esqueleto casi destruido por el tiempo, y en efecto, cuando llegó el
amanecer las dos palmeras cruzadas marcan el sitio del tesoro y don Jerónimo
excava valido de improvisados instrumentos, y como le había dicho el fantasma
la noche anterior, descubre un esqueleto y después más abajo el tesoro. Poco a
poco, pero grandemente emocionado, el hombre traslada aquel fantástico tesoro
hasta otro sitio en lo más denso de la selva, y después coloca juntos conforme
a los deseos del espectro, los dos esqueletos que hasta entonces penaba
separados, al fin descansaban en paz Marcos y Adrián.
Don Jerónimo regresó a la aldea y tras platicar al
pescador su notable hallazgo, lo gratificó con largueza. Los pescadores estaban
felices, pues de tal manera sabían que tocaba a su fin las espeluznantes
apariciones y además, buenas monedas de oro dio a cada uno. Escoltado por los
pescadores don Jerónimo llegó a la Villa Rica de la Vera Cruz, en donde compró
un carruaje, su tiro de caballos y rica ropa, se despidió de todos y emprendió
en camino de regresó a la cuidad.
Días más tarde nuevamente rico y poderoso, llegaba
a la capital de la Nueva España, pero ahora bien cambiado, venía con una larga
barba, las sienes plateadas por las humillaciones y sufrimientos, pero lucía
aún más apuesto; y pasado un tiempo la afrenta a su honor lavó, al humillar a
quien fuera su esposa y que un día cuando la fortuna le fuera adversa, lo
abandonó.
Y así terminó la leyenda que el vulgo conoció como
“Las Palmas del Tesoro”. Pero aún queda algo, según varios veracruzanos en
aquella selva quedaron muchas monedas de oro y joyas, que don Jerónimo no
alcanzó a transportar, y según las investigaciones hechas por varios
historiadores, el sitio se localiza cerca de lo que hoy es Tecolutla. ¿Quieren
ustedes ir a buscarlas? ¿O temen encontrarse con los fantasmas? Bueno, ¡Aquí
nos vemos la próxima semana!

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