La cuenca de México carecía de desagües naturales,
por lo que muchos intentos se hicieron a los largo de los siglos para abrirla y
darle una salida artificial a sus aguas; lo curioso es que se hicieron obras de
este tipo, y otras más para traer agua potable desde sitios cada vez más
lejanos o su extracción del subsuelo del propio valle a un altísimo costo
económico y ecológico.
Los indígenas aprendieron a convivir con el agua,
construyendo diques - calzadas,
compuertas y viaductos, los que les permitió tener algo de control sobre las
aguas para aprovechar sus múltiples recursos, mediante las chinampas, la pesca,
la caza y la recolección de plantas; así también, era un medio de comunicación
y transporte muy eficiente en tiempo y costo.
Al llegar los españoles, introdujeron técnicas de
agricultura y ganadería, que comparadas con los indígenas, causaban un enorme
impacto en los suelos y cuerpos de agua. Los españoles y sus descendientes
criollos y mestizos, veían a los lagos como un enemigo feroz a vencer. A las
aguas del lago de Texcoco se les consideraban “aguas muertas”, debido a que
carecían de movimiento, algo que podía ser peligroso para la salud, pero aun
así fue levantada la capital novohispana sobre las ruinas de Tenochtitlán, en
medio del lago, con lo que se comenzó con el problema de las inundaciones y los
esfuerzos para desecar el valle.
Muchas veces se llegaron a aplicar las obras
indígenas, utilizando diques y el excedente de agua en canales de navegación e
irrigación; hubo también muchas propuestas para combinar la canalización y la
contención con el desagüe directo del valle, para lograr un balance que no
amenazara a la ciudad. Por desgracia, la idea que siempre predominó fue la de
utilizar el desagüe para desecar los lagos.
Uno de los proyectos más importantes que se llevaron a cabo durante la
Colonia, fue el de Enrico Martínez, quien dirigió entre 1607 y 1608 las obras
para abrir un socavón en Nochistongo, primer desagüe artificial que desviaba
las aguas del río Cuautitlán hacia el cauce del río Tula; con el tiempo este
proyecto pasó a ser considerado el más importante del mundo preindustrial. No
todo fue miel sobre hojuelas, pues dicha obra de ingeniería se vio afectada por
varios factores, desde los defectos de construcción, hasta rencillas políticas
y decisiones improvisadas. En la década de 1620, el socavón fue clausurado por
órdenes del virrey, para investigar qué cantidad de agua era vertida sobre la
ciudad; sin tener una solución al problema de las inundaciones, la capital
estuvo a punto desaparecer en el año de 1629.
Después de mucho discutir si se trasladaba la
ciudad a otra parte, finalmente se decidió dejarla en su sitio y reanudar las
obras en e l desagüe de Nochistongo, que continuaría hasta la segunda mitad del
siguiente siglo.
La lucha constante contra la naturaleza continuó
hasta la época de la independencia. Durante todo el siglo XIX prosiguieron
infinidad de debates sobre que hacer con los lagos; mientras que unos decían
que era necesario aprovechar la abundancia del vital líquido para el
transporte, la canalización y la irrigación, otros se iban por el lado de
desecar el valle a como diera lugar. Muchos proyectos fueron presentados, hasta
que el de Francisco Garay fue premiado por el gobierno en 1857, ya que
combinaba ambas opciones, pero no pudo llevarse a cabo por las condiciones del
país. Para que se den una idea del proyecto, Garay propuso construir un canal
de 50 km que saliera de San Lázaro, al este de la ciudad, para atravesar los
lagos de Texcoco, San Cristóbal y Zumpango y canalizar sus aguas y de los ríos que
atravesara su paso; un túnel de 9 km situado al final del canal, conduciría las
aguas hacia el río Tequixquiac. También se abrirían tres canales más para
desaguar los lagos de Chalco y Xochimilco.
A pesar de la importancia y magnitud de las obras
porfirianas, no se pudo dar por hecho que el problema de las inundaciones
estuviera resuelto, pues a mediados de la década de 1920 la ciudad de México
volvió a quedar bajo el agua, la igual que a medidos de la década de los
cincuenta. La urbe ahora se estaba hundiendo por la extracción de agua del
subsuelo, mediante la excavación de pozos; y como era de esperarse, el Gran
Canal fue perdiendo su declive, por lo que fue necesario bombear las aguas para
hacerlas correr por su cauce. En la actualidad existen estaciones de bombeo que
realizan esta labor tan importante, sin la cual la ciudad no podría desalojar sus aguas residuales y
estaría en riesgo de volverse a inundar.
Ante el colapso del desagüe porfiriano, este fue
reforzado con otra obra de ingeniería puesta en funcionamiento en el año de
1975: el drenaje profundo. Fue concedido como una última solución para las
inundaciones, el cuál toma el modelo de los desagües coloniales combinado con
la tecnología moderna. Consiste en una red de túneles de cientos de kilómetros,
instalados a un profundidad entre 22 y 217 m, para desaguar en lecho que no se
hunda. Entra funcionamiento durante la época de lluvias, para desalojar las
grandes cantidades de agua; sin embargo, algunas investigaciones han revelado
que estas obras se están viendo afectadas por los hundimientos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario