En
toda la Nueva España no se hablaba de otra cosa, que no fuera el gran
acontecimiento que iba a efectuarse en unos días: dos reos, que habiendo
cometido delitos contra la fe, iban a purgar sus pecados con el castigo del
fuego. A aquellos hombres se les habían metido los demonios, apartándolos de la
ley de Dios, haciendo que cometieran terribles pecados que pagarían en la
hoguera, obteniendo así un pase directo al fuego que nunca tendría fin.
Durante
las tertulias, se comentaban casos inquisitoriales, a los cuáles se referían
con repugnancia y horror. Las almas buenas escuchaban aquellos relatos,
estremecidas de espanto, pues no podían concebir como había en este mundo seres tan perversos, que podían
cortar los delitos por la medida de sus deseos. El camino a la religión
católica era fácil y pacífico, pero aquel que osaba desviarse de él iba a dar a
la antesala de infierno.
Muchas
personas venidas de diferentes partes de España, que habían presenciado las quemazones
de los herejes, hablaban con admirado respeto de como su Majestad había
asistido a diferentes quemas sin dejar de rezar un solo instante. Los testigos
de los autos de fe relataban con lujo de detalle a los oyentes, y para darle un
toque más real hasta elaboraban dibujos. De aquellas personas se apoderaba la
santa envidia al escuchar esas narraciones, ya que ellos no habían tenido
todavía el privilegio de contemplar tal espectáculo; además, al asistir a
ellos, se ganaban una gran cantidad de indulgencias plenarias que borraban los pecados más terribles de sus
vidas. Los envidiosos suspiraban por la tristeza de no haber presenciado estas
pías hogueras, sus ojos se llenaban de anhelo y en su corazón nacía ese enorme
deseo de asistir a la pena de fuego.
Para
la felicidad de muchos este espectáculo había llegado por fin a México. En
la Santa Iglesia Catedral se hallaban
colgados paños negros, al altar mayor lo cubría un gran lienzo negro, y no
había más que un crucifijo de talla, sangrante, doloroso, con la cabellera
revuelta; a cada uno de sus lados ardían dos velas en oscuros candeleros de
madera. Parecía que en todos los rincones del templo emanaba una cosa
invisible, que se metía en los corazones de los ahí presentes, dejándoles una
inexplicable sensación de miedo.
Fueron
levantados dos altos tablados cubiertos con bayetas funerarias, en donde se
sentaron los personajes más importantes de clero y algunos funcionarios, todos
vestidos de luto. En el otro cadalso estaban los dos reos, Hernando Alonso y
Gonzalo Morales, cada uno acompañado por un fraile dominico que con dulzura los
preparaba para bien morir. En el interior del templo la gente se apretujaba
para no perder detalle de todo lo que pasaba, todos agudizaban los sentidos
para ver a aquellos graves señores vestidos de luto, y a los culpables con sus
sambenitos anaranjados, estampados con numerosas llamas y negros diablos.
El
dominicano fray Vicente de Santa María llegó a la Nueva España en 1528 a tomar
el control en los asuntos de la fe, de los cuáles se encargaban los
franciscanos y dominicos. Le dejaron toda su autoridad apostólica al estricto
fray Vicente, quien apenas llegó a México, ni tardo ni perezoso comenzó el
juicio en contra de los dos reos.
Hernando
Alonso, fue acusado de que en un Jueves Santo, después de haber hecho el
depósito del Divinísimo en la urna, en unión otros judíos amigos suyos, habían
bautizado con extrañas ceremonias a un niño hijo suyo, que ya lo estaba por la
religión católica; también fue acusado de decir que un bautizo de otros de sus
hijos había sido falso.
Gonzalo
Morales fue condenado por concubinato y por dar terribles azotes a un
crucifijo, actividad que había hecho en compañía de un tal Palma. Morales
llevaba ya un tiempo huyendo de la justicia en San Juan de Puerto Rico, y
pensando que ya se había librado de la hoguera, finalmente vino a pagar sus
pecados a Nueva España.
Fray
Pedro de Contreras, quien desempeñaba el oficio de secretario, leyó al público
presente todos los nefandos crímenes de
estos hombres; después dio un sermón en donde se expresaba contra el pecado,
sembrando los sentimientos de miedo y angustia en los corazones de los ahí
presentes.
Al
brazo secular, representado por el gobernador Alonso de Estrada, fueron
entregados los dos reos, y escoltados fueron llevados a la Placeta del Marqués,
cercana a la Catedral, en donde estaba ya instalado el tan temido quemadero.
Fueron atados a un poste y se prendió fuego a la leña que tenían debajo de los
pies; pronto las llamas se comenzaron a levantar, acompañadas de chispas y una
espesa columna de humo.
A
través de las llamas se podían ver los rostros de dolor de los desesperados
reos, pero después ya no se vieron más. El fuego se fue elevando, hasta que los
dos hombres quedaron envueltos por completo. La gente miraba embelesada aquel espectáculo,
mientras elevaban oraciones.

2 comentarios:
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:v xdxdxdxd buena esa crack
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