domingo, 18 de agosto de 2013

Los primeros quemados de la Santa Inquisición

En toda la Nueva España no se hablaba de otra cosa, que no fuera el gran acontecimiento que iba a efectuarse en unos días: dos reos, que habiendo cometido delitos contra la fe, iban a purgar sus pecados con el castigo del fuego. A aquellos hombres se les habían metido los demonios, apartándolos de la ley de Dios, haciendo que cometieran terribles pecados que pagarían en la hoguera, obteniendo  así un  pase directo al fuego que nunca tendría fin.
Durante las tertulias, se comentaban casos inquisitoriales, a los cuáles se referían con repugnancia y horror. Las almas buenas escuchaban aquellos relatos, estremecidas de espanto, pues no podían concebir como había  en este mundo seres tan perversos, que podían cortar los delitos por la medida de sus deseos. El camino a la religión católica era fácil y pacífico, pero aquel que osaba desviarse de él iba a dar a la antesala de infierno.
Muchas personas venidas de diferentes partes de España, que habían presenciado las quemazones de los herejes, hablaban con admirado respeto de como su Majestad había asistido a diferentes quemas sin dejar de rezar un solo instante. Los testigos de los autos de fe relataban con lujo de detalle a los oyentes, y para darle un toque más real hasta elaboraban dibujos. De aquellas personas se apoderaba la santa envidia al escuchar esas narraciones, ya que ellos no habían tenido todavía el privilegio de contemplar tal espectáculo; además, al asistir a ellos, se ganaban una gran cantidad de indulgencias plenarias que  borraban los pecados más terribles de sus vidas. Los envidiosos suspiraban por la tristeza de no haber presenciado estas pías hogueras, sus ojos se llenaban de anhelo y en su corazón nacía ese enorme deseo de asistir a la pena de fuego.
Para la felicidad de muchos este espectáculo había llegado por fin a México. En la  Santa Iglesia Catedral se hallaban colgados paños negros, al altar mayor lo cubría un gran lienzo negro, y no había más que un crucifijo de talla, sangrante, doloroso, con la cabellera revuelta; a cada uno de sus lados ardían dos velas en oscuros candeleros de madera. Parecía que en todos los rincones del templo emanaba una cosa invisible, que se metía en los corazones de los ahí presentes, dejándoles una inexplicable sensación de miedo.
Fueron levantados dos altos tablados cubiertos con bayetas funerarias, en donde se sentaron los personajes más importantes de clero y algunos funcionarios, todos vestidos de luto. En el otro cadalso estaban los dos reos, Hernando Alonso y Gonzalo Morales, cada uno acompañado por un fraile dominico que con dulzura los preparaba para bien morir. En el interior del templo la gente se apretujaba para no perder detalle de todo lo que pasaba, todos agudizaban los sentidos para ver a aquellos graves señores vestidos de luto, y a los culpables con sus sambenitos anaranjados, estampados con numerosas llamas y negros diablos.
El dominicano fray Vicente de Santa María llegó a la Nueva España en 1528 a tomar el control en los asuntos de la fe, de los cuáles se encargaban los franciscanos y dominicos. Le dejaron toda su autoridad apostólica al estricto fray Vicente, quien apenas llegó a México, ni tardo ni perezoso comenzó el juicio en contra de los dos reos.
Hernando Alonso, fue acusado de que en un Jueves Santo, después de haber hecho el depósito del Divinísimo en la urna, en unión otros judíos amigos suyos, habían bautizado con extrañas ceremonias a un niño hijo suyo, que ya lo estaba por la religión católica; también fue acusado de decir que un bautizo de otros de sus hijos había sido falso.
Gonzalo Morales fue condenado por concubinato y por dar terribles azotes a un crucifijo, actividad que había hecho en compañía de un tal Palma. Morales llevaba ya un tiempo huyendo de la justicia en San Juan de Puerto Rico, y pensando que ya se había librado de la hoguera, finalmente vino a pagar sus pecados a Nueva España.
Fray Pedro de Contreras, quien desempeñaba el oficio de secretario, leyó al público presente todos los nefandos crímenes  de estos hombres; después dio un sermón en donde se expresaba contra el pecado, sembrando los sentimientos de miedo y angustia en los corazones de los ahí presentes.
Al brazo secular, representado por el gobernador Alonso de Estrada, fueron entregados los dos reos, y escoltados fueron llevados a la Placeta del Marqués, cercana a la Catedral, en donde estaba ya instalado el tan temido quemadero. Fueron atados a un poste y se prendió fuego a la leña que tenían debajo de los pies; pronto las llamas se comenzaron a levantar, acompañadas de chispas y una espesa columna de humo.
A través de las llamas se podían ver los rostros de dolor de los desesperados reos, pero después ya no se vieron más. El fuego se fue elevando, hasta que los dos hombres quedaron envueltos por completo. La gente miraba embelesada aquel espectáculo, mientras elevaban oraciones.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Unknown dijo...

:v xdxdxdxd buena esa crack