domingo, 25 de agosto de 2013

La mulata de Córdoba (Sucedió en la calle de la Perpetua, hoy primera calle de República de Venezuela)


Córdoba es una hermosa ciudad, construida sobre un pequeño montículo, sus huertos son fértiles y fecundos, en donde podremos encontrar deliciosas frutas como los mangos de Manila o el plátano, y si es de nuestro agrado, también podremos disfrutar de un deliciosos café. Esta ciudad posee un clima cálido muy agradable, que nos permitirá pasar un buen día explorando todos sus rincones, su gastronomía y sus costumbres.
Córdoba fue fundada durante el siglo XVII, época en que los negros sublevados por tenían en constante alarma a la población, pues asaltaban a los mercaderes, robaban a los pasajeros, resultando ser un obstáculo para el comercio y la Real Hacienda al interceptar el camino de Veracruz. Para poner fin a este problema, don Juan de Miranda, don García de Arévalo, don Andrés de Illescas y don Diego Rodríguez, vecinos principales del publo de San Antonio de Huatusco, solicitaron y obtuvieron el permiso del Virrey don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar, para levantar una villa en la loma conocida como Huilango. La villa se declaró fundada el 25 de abril de 1618, tomando su nombre de uno de los apellidos del Virrey. En Córdoba, el café y el mango de Manila fueron aclimatados por el español don Juan Antonio Gómez.
Esta hermosa ciudad también es conocida por su historia y sus leyendas. Una de las más fantásticas y populares es la de la Mulata de Córdoba, que ha sobrevivido el paso de tiempo, gracias a que ha sido transmitida de generación en generación, ya fuera de manera oral o escrita.
Durante la época de la Colonia vivió en Córdoba una mujer que nunca envejecía a pesar de que los años pasaban. Nadie sabía quiénes eran sus padres, solo la conocían como la Mulata. La mayoría de la gente pensaba que ella era una bruja, una hechicera que había hecho pacto con el Diablo, quien la visitaba todas las noches, pues muchos vecinos aseguraban que cuando pasaban a las doce cerca de su casa, habían visto que por las rendijas de su ventana y de las puertas, salía una luz siniestra.
Otros más decían que la habían visto volar por los tejados en forma de mujer, despidiendo de sus negros ojos una satánica mirada, acompañada de una diabólica sonrisa con unos labios rojos y blanquísimos dientes.
Cuando se dejó ver por la ciudad, los jóvenes prendados de su belleza, se disputaban su corazón. A ninguno le correspondía, a todos despreciaba, y de ahí nació la creencia de que el único dueño de sus encantos era el Señor de las Tinieblas. Asistía frecuentemente a los sacramentos, nunca faltaba a misa, hacía obras de caridad, socorría a la gente pobre y acompañaba a los moribundos en su lecho de muerte.
Se decía que la Mulata tenía el don de la ubicuidad, ya que se le llegó a ver en distintos lugares a la misma hora, ya que se llegó a saber que estuvo al mismo tiempo en México y Córdoba; otras personas aseguraron que la vieron en una modesta casucha ubicada en un barrio de muy mala fama, al tiempo que otro la conoció en un vecindad, vestida con un aire vulgar.
La Mulata desempeñaba también el papel de abogada de causas difíciles y desesperadas. Por sus casa se les podía ver desfilar a las muchachas sin novio, las que estaban perdiendo la esperanza de atrapar marido, damas ricas y ambiciosas, militares retirados, médicos sin enfermos, abogados sin pleito, escribanos sin protocolo, jóvenes sin fortuna. Todos acudían a ella para que les solucionara sus cuitas, quedando todos contentos y satisfechos. La fama de aquella mujer era grande, ya que por todos los rincones de la Nueva España, su nombre era repetido de boca en boca.
Nadie sabe cuánto le duró su fama, lo que sí es seguro, es que se supo que había sido llevada a México a las sombrías cárceles del Santo Oficio. Aquella noticia tan buena, logró de milagro escapar de la Inquisición, causando gran atención entre todas las clases sociales, no se hablaba de otra cosa en la Nueva España; hubo incluso alguien que se atrevió a decir que la Mulata no era una hechicera, ni bruja, que había sido pretexto para que el Santo Oficio se apoderara de su fortuna, consistente en diez grandes barriles de barro, llenos de polvo de oro. Otros más decían que un hombre despechado la denunció porque no le había correspondido a su amor.
Pasaron los años, los rumores en torno a la Mulata estaban casi olvidados, hasta que cierto día todo mundo con asombro, se enteró de que en el próximo auto de fe saldría la hechicera con un cucurucho de cartón y una vela verde. Días después el asombro de la gente creció, cuando se enteraron de que la mujer había burlado la vigilancia de los carceleros, y según contaban se había ido a Manila.
¿Cómo le hizo para dejar a los señores inquisidores con un palmo de narices? Nadie sabía cómo había ocurrido todo esto, y un sinnúmero  de explicaciones circularon por toda la ciudad: que si el Diablo la había rescatado, que si los señores del Santo Oficio habían sucumbido a sus encantos, etc.
Los rumores descabellados cesaron cuando salió a la luz la verdad de los hechos. Uno de los carceleros penetró en el inmundo calabozo de la hechicera, quedándose maravillado al contemplar en una de las paredes, un barco dibujado con carbón por la Mulata, la cuál con tono de burla le preguntó:
- ¿Qué le falta a este navío?
- ¡Desgraciada mujer – contestó el interrogado - , si tuvieras temor de Dios, si te arrepintieras de tus pasadas faltas, si quisieras salvar tu alma de las horribles penas del infierno, no estarías aquí, y ahorrarías al Santo Oficio que te juzgue! ¡A este barco únicamente le falte que ande! ¡Es perfecto!
- Pues si vuestra merced lo quiere, si en ello se empeña, andará, andará y muy lejos…
- ¡Cómo! ¿A ver? 
- Así – dijo la Mulata. Con agilidad saltó al navío, un poco lento al principio, pero después rápido y a toda vela, desapareció con la hermosa mujer por un de los rincones del calabozo.
El carcelero quedó mudo e inmóvil, con los ojos salidos de sus órbitas, con los cabellos erizados y con la boca abierta, vio todo aquello. ¿Y después? Un poeta escribió lo siguiente:

Cuenta la tradición, que algunos años
después de estos sucesos, hubo un hombre
en la casa de locos detenido,
y que hablaba de un barco que una noche
bajo el suelo de México cruzaba
llevando una mujer de altivo porte.
Era el Inquisidor; de la  Mulata
nada volvió a saber; más se supone
que en poder del demonio está gimiendo.
¡Déjenla entre las llamas los lectores!

2 comentarios:

anónimo dijo...

pues no me dice la respuestas de las preguntas

anónimo dijo...

pues no me dice la respuestas de las preguntas