Córdoba es una hermosa
ciudad, construida sobre un pequeño montículo, sus huertos son fértiles y
fecundos, en donde podremos encontrar deliciosas frutas como los mangos de
Manila o el plátano, y si es de nuestro agrado, también podremos disfrutar de
un deliciosos café. Esta ciudad posee un clima cálido muy agradable, que nos
permitirá pasar un buen día explorando todos sus rincones, su gastronomía y sus
costumbres.
Córdoba fue fundada
durante el siglo XVII, época en que los negros sublevados por tenían en constante
alarma a la población, pues asaltaban a los mercaderes, robaban a los
pasajeros, resultando ser un obstáculo para el comercio y la Real Hacienda al
interceptar el camino de Veracruz. Para poner fin a este problema, don Juan de
Miranda, don García de Arévalo, don Andrés de Illescas y don Diego Rodríguez,
vecinos principales del publo de San Antonio de Huatusco, solicitaron y
obtuvieron el permiso del Virrey don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de
Guadalcázar, para levantar una villa en la loma conocida como Huilango. La
villa se declaró fundada el 25 de abril de 1618, tomando su nombre de uno de
los apellidos del Virrey. En Córdoba, el café y el mango de Manila fueron
aclimatados por el español don Juan Antonio Gómez.
Esta hermosa ciudad
también es conocida por su historia y sus leyendas. Una de las más fantásticas
y populares es la de la Mulata de Córdoba, que ha sobrevivido el paso de
tiempo, gracias a que ha sido transmitida de generación en generación, ya fuera
de manera oral o escrita.
Durante la época de
la Colonia vivió en Córdoba una mujer que nunca envejecía a pesar de que los
años pasaban. Nadie sabía quiénes eran sus padres, solo la conocían como la
Mulata. La mayoría de la gente pensaba que ella era una bruja, una hechicera
que había hecho pacto con el Diablo, quien la visitaba todas las noches, pues
muchos vecinos aseguraban que cuando pasaban a las doce cerca de su casa,
habían visto que por las rendijas de su ventana y de las puertas, salía una luz
siniestra.
Otros más decían que
la habían visto volar por los tejados en forma de mujer, despidiendo de sus
negros ojos una satánica mirada, acompañada de una diabólica sonrisa con unos
labios rojos y blanquísimos dientes.
Cuando se dejó ver
por la ciudad, los jóvenes prendados de su belleza, se disputaban su corazón. A
ninguno le correspondía, a todos despreciaba, y de ahí nació la creencia de que
el único dueño de sus encantos era el Señor de las Tinieblas. Asistía
frecuentemente a los sacramentos, nunca faltaba a misa, hacía obras de caridad,
socorría a la gente pobre y acompañaba a los moribundos en su lecho de muerte.
Se decía que la
Mulata tenía el don de la ubicuidad, ya que se le llegó a ver en distintos
lugares a la misma hora, ya que se llegó a saber que estuvo al mismo tiempo en
México y Córdoba; otras personas aseguraron que la vieron en una modesta
casucha ubicada en un barrio de muy mala fama, al tiempo que otro la conoció en
un vecindad, vestida con un aire vulgar.
La Mulata
desempeñaba también el papel de abogada de causas difíciles y desesperadas. Por
sus casa se les podía ver desfilar a las muchachas sin novio, las que estaban
perdiendo la esperanza de atrapar marido, damas ricas y ambiciosas, militares
retirados, médicos sin enfermos, abogados sin pleito, escribanos sin protocolo,
jóvenes sin fortuna. Todos acudían a ella para que les solucionara sus cuitas,
quedando todos contentos y satisfechos. La fama de aquella mujer era grande, ya
que por todos los rincones de la Nueva España, su nombre era repetido de boca
en boca.
Nadie sabe cuánto le
duró su fama, lo que sí es seguro, es que se supo que había sido llevada a
México a las sombrías cárceles del Santo Oficio. Aquella noticia tan buena,
logró de milagro escapar de la Inquisición, causando gran atención entre todas
las clases sociales, no se hablaba de otra cosa en la Nueva España; hubo
incluso alguien que se atrevió a decir que la Mulata no era una hechicera, ni
bruja, que había sido pretexto para que el Santo Oficio se apoderara de su
fortuna, consistente en diez grandes barriles de barro, llenos de polvo de oro.
Otros más decían que un hombre despechado la denunció porque no le había
correspondido a su amor.
Pasaron los años,
los rumores en torno a la Mulata estaban casi olvidados, hasta que cierto día
todo mundo con asombro, se enteró de que en el próximo auto de fe saldría la
hechicera con un cucurucho de cartón y una vela verde. Días después el asombro
de la gente creció, cuando se enteraron de que la mujer había burlado la
vigilancia de los carceleros, y según contaban se había ido a Manila.
¿Cómo le hizo para
dejar a los señores inquisidores con un palmo de narices? Nadie sabía cómo
había ocurrido todo esto, y un sinnúmero
de explicaciones circularon por toda la ciudad: que si el Diablo la había
rescatado, que si los señores del Santo Oficio habían sucumbido a sus encantos,
etc.
Los rumores
descabellados cesaron cuando salió a la luz la verdad de los hechos. Uno de los
carceleros penetró en el inmundo calabozo de la hechicera, quedándose maravillado
al contemplar en una de las paredes, un barco dibujado con carbón por la
Mulata, la cuál con tono de burla le preguntó:
- ¿Qué le falta a este
navío?
- ¡Desgraciada mujer –
contestó el interrogado - , si tuvieras temor de Dios, si te arrepintieras de tus
pasadas faltas, si quisieras salvar tu alma de las horribles penas del
infierno, no estarías aquí, y ahorrarías al Santo Oficio que te juzgue! ¡A este
barco únicamente le falte que ande! ¡Es perfecto!
- Pues si vuestra
merced lo quiere, si en ello se empeña, andará, andará y muy lejos…
- ¡Cómo! ¿A ver?
- Así – dijo la
Mulata. Con agilidad saltó al navío, un poco lento al principio, pero después
rápido y a toda vela, desapareció con la hermosa mujer por un de los rincones
del calabozo.
El carcelero quedó
mudo e inmóvil, con los ojos salidos de sus órbitas, con los cabellos erizados
y con la boca abierta, vio todo aquello. ¿Y después? Un poeta escribió lo
siguiente:
Cuenta la tradición, que algunos años
después de estos sucesos, hubo un hombre
en la casa de locos detenido,
y que hablaba de un barco que una noche
bajo el suelo de México cruzaba
llevando una mujer de altivo porte.
Era el Inquisidor; de la Mulata
nada volvió a saber; más se supone
que en poder del demonio está gimiendo.
¡Déjenla entre las llamas los lectores!

2 comentarios:
pues no me dice la respuestas de las preguntas
pues no me dice la respuestas de las preguntas
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