Esta leyenda sucedió en la calle de Mecateros, que hoy en día es la séptima del 5 demayo; para darle amplitud a esta calle fueron derribados en 1881 los callejones del Arquillo y Mecateros.
En el estrecho callejón de Mecateros hubo una vieja casona que los vecinos llamaban como “la de los Jáureguis”, la cual constaba de un portón clavado con piedra armera, amplios balcones salidizos, fornidas rejas de fierro de Vizcaya y gruesos canalones. La casa tenía un aspecto lúgubre y sombrío.
Corría el tiempo en que la Reforma estaba en su estaba su apogeo, y a esta vetusta casona fueron a refugiarse unas monjas que tuvieron que huir debido a que su convento fue arrasado por los liberales. Las dueñas de la casa eran unas mujeres mayores que llevaban una vida de recogimiento y oración; las monjitas que fueron recibidas llevaban una vida muy agradable por los cuidados que recibían de aquellas buenas mujeres que les tendieron la mano. Con mucho fervor y entrega, las religiosas elevaban sus oraciones y se dedicaban a hacer lo que mejor sabían: dulces y deliciosos pasteles.
Sus vidas en aquel lugar corrían tranquilamente, hasta que cierta noche, todo se vería alterado por una misteriosa e intrigante visita. Como era costumbre, las monjas se encontraban en una estancia acondicionada de oratorio rezando los maitines, en ese momento entra en la habitación una mujer ataviada de negro de pies a cabeza, llevaba una vela encendida en la mano y en su pecho podía apreciarse un hermoso collar de rubíes; cruzó la estancia y se arrodilló silenciosa entre las religiosas apretando fuertemente contra su pecho un pequeño bulto, termina la hora del rezo, se levanta, da un profundo suspiro y sale de la habitación así como llegó. Las monjas intrigadas pensaron que tal vez se trataba de una de las señoras de la casa.
La siguiente noche a la hora del rezo vuelve a entrar aquella misteriosa mujer a la estancia, siempre con el rostro cubierto por un grueso manto, su vela encendida y el pequeño fardo en los brazos; se arrodilla e inclina, permaneciendo en esta posición todo el tiempo; llega la hora de término de los maitines y sale con paso lento. Así noche a noche sigue asistiendo la dama puntualmente, entrando silenciosa y saliendo del mismo modo, solo que algunas veces podía oírsele suspirar, su suave caminar hacia que pareciera que flotaba.
Las monjas comenzaron a extrañarse por la asistencia de la dama enlutada, ya no pensaban que fuera una de las señoras de la casa, pues eran bajas de estatura y regordetas, en cambio la mujer misteriosa era delgada y muy alta; tal vez era una amiga de ellas o una vecina. Intrigadas las monjas fueron a preguntarles a las dueñas de la casa por la visita misteriosa que tenían noche a noche, a lo que ellas les respondieron que con los tiempo tan revueltos que corrían, lo mejor era tener cerrado el portón, nadie más entraba de la calle. Con aquella noticia, todas comenzaron a inquietarse, un temor las comenzó a llenar de sobresalto. ¿Quién era aquella mujer?
Al caer la noche las devotas señoras asisten curiosas al rezo nocturno. A la hora de siempre llega la dama enlutada con los mismos aditamentos que trae a diario, termina el maitines y sale de la estancia como si flotara en el piso, pero al llegar a la puerta levanta el rostro, y lo poco que se podía adivinar tras el grueso manto era un rostro pálido por el que rodaban lágrimas, cubierto por un caballo lacio y aceitoso; una ráfaga de viento le abre el manto y se alcanza a apreciar que el bulto que trae pegado al pecho se trata nada de menos que de un niño dormido. La mujer misteriosa caminó hasta el fondo del pasillo hasta perderse en una habitación, pero el problema es que esta llevaba muchísimo años cerrada, y lo único que se guardaba ahí eran muebles viejos de desecho. Las mujeres se apresuraron a buscar la oxidada llave de la estancia, se dispusieron a abrir la puerta cubierta de telarañas, la cual dio muchos trabajos para que finalmente cediera; al entrar en el lugar se encontraron con unos asustados ratones, olor a ranciedad y abandono. El temor invado a las mujeres, que no dejaban de santiguarse y diciendo con voz ahogada: ¡Ave María Purísima!
La suerte de las monjas cambiaría al día siguiente, pues ya se sabía dónde estaban escondiéndose e iban a ir por ellas para llevarlas presas junto con las señoras que les dieron asilo; al enterarse de que iban a ser apresadas todas salieron como alma que lleva el diablo. Poco tiempo después regresaron las dueñas de la casa y volvieron a ver a la dama enlutada, incluso una noche la escucharon llorar con largos y lastimeros gemidos. No soportaron más esta situación y decidieron vender el inmueble.
El comprador fue el bibliófilo don José Herrera, quien era un hombre escéptico que no creía en aparecidos ni en cosas por el estilo, pues le contaron que en su nueva morada había duendes y ánimas en pena, a lo que él respondió con una sonrisa incrédula. Pasó el tiempo y compró unos hermosos muebles para darle su toque personal a las habitaciones; todo era perfecto para el caballero, pero una noche todo esto cambió cuando escuchó un persistente llanto al pie de su cama, acto seguido encendió la luz y el lloro se fue alejando poco a poco hasta que se apagó por completo. Don José quedó muy inquieto sin poder conciliar el sueño durante el resto de la noche.
El pobre hombre ya no sonreía desde ese día, todo el tiempo apretaba contra su corazón la foto de su novia, doña Guadalupe Gutiérrez Vázquez, para de este modo darse ánimos.
Días después, en otra noche escuchó que alguien arrastraba un pesado cuerpo por todas las habitaciones, acompañado por gritos de angustia. El señor se levantó y registró toda la casa sin encontrar absolutamente a nadie, todas las puertas estaban cerradas. ¿Quién las abriría para que entraran a arrastrar aquel cuerpo? ¿Quién gemía? ¿Quién volvió a cerrar la puerta? Y como en la ocasión anterior, se volvió a escuchar aquel llanto así como venía de la nada, desaparecía de igual forma.
Don José estuvo durante varios días pensando en porque eran aquellos sucesos, hasta que por fin se le ocurrió algo bastante descabellado: había dinero enterrado en la estancia donde desaparecían los sollozos ¡Claro que sí, esa era la razón! ¿Cómo no se le ocurrió antes?
NI tardo ni perezoso esa misma tarde quitó las tablas del suelo y comenzó a cavar muy afanoso, mientras hacía su labor pensaba en todo lo que iba a poder comprar con aquel tesoro que descubriría, en ese momento apareció ante sus ojos una dama vestida de negro con el cabello enmarañado sobre su rostro, un niño en los brazos y sosteniendo una veladora, a la luz de la llama se podía ver como los rubíes brillaban con un aire siniestro. Sin mover los labios y con una voz honda que se escuchaba muy lejana, le dijo al caballero: “Aquí ni hay tesoro alguno; y lo que hay tú no has de descubrirlo. No escarbes más”.
La mujer se alejó lentamente dando un largo sollozo antes de desaparecer. Don José se quedó con la boca abierta y parpadeando atónito, petrificado de miedo. Ese mismo día abandonó la casa y la poco tiempo la puso en venta.
Para los trabajos de apertura de la calle de 5 de mayo en 1861, fueron derribadas la Casa de la Profesa y el Convento de Santa Clara, y en 1881 el Ayuntamiento acordó echar abajo las casa del lado Sur de los callejones de Mecateros y del Arquillo; el segundo se llamaba así porque se entraba por el por un arco de piedra, antes se le llamó de la Guardia por estar a un lado de la guardia del palacio de Hernán Cortés; al primer callejón antes mencionado se le dio este nombre porque los cordeleros tenían ahí sus tiendas. Durante los trabajos de demolición fue tirada la casa de los Jáuregui, debido a que llevaba muchos años abandonada, pero al echar abajo uno de sus muros los trabajadores se encontraron con una momia emparedada con las características de aquella dama enlutada que noche a noche se manifestaba en la casa. ¿Por qué tuvo ese final tan horrible aquella mujer? Sigue leyendo.
La historia nos cuenta que en cierta casona amueblada con los más lujosos muebles, los mejores tapices, las mejores vajillas de plata y porcelana blasonada; vivía doña Inés de Jáuregui, dama grácil, alta, afable y de largas manos blancas. La vida de esta mujer cambiaría para siempre cuando en una fiesta de estafermos conoció a cierto caballero, el cuál se caracterizaba por sus destrezas y su infinita arrogancia; doña Inés quedó impactada mirándolo por largo tiempo a este hombre, quien llevaba por nombre don Pedro Solares. Sus miradas se cruzaron con singular encanto, después estas pasarían a convertirse en amor y esto lo confirmaba el temblor de las manos de las despedidas.
Pasó el tiempo y llegó la tan esperada fiesta de bodas, la pareja recién casada vivía en su pequeño mundo en que todo era perfecto y feliz, pero como nada es para siempre, poco a poco se empieza a acabar aquella alegría y empiezan a aflorar los caracteres tal y como son: el de ella dulce, con un toque de enérgica obstinación; el de él, áspero, autoritario y cruel.
Don Pedro Solares siempre fue un libertino que solo se ocupaba de satisfacer sus apetitos y sus vicios; la prueba más palpable de este abuso fue que la fortuna que le dejaran sus padres le duró el día y la víspera. Este hombre era de costumbres infames y ruines, tenía el alma tan podrida, que cuanto caía a su pensamiento se le corrompía al punto, era borracho, pendenciero y muy jugado; pasaba los días dándose gusto en cuanta taberna y mesón encontraba, siempre lleno estos locales de gente de la peor calaña.
Don Pedro le fingió amor a doña Inés para poder desposarse con ella apoderarse de su cuantiosa fortuna, y no tardó mucho en empezar a derrochar los bienes de la pobre mujer, llegando a gastar en un día más de lo que adquirieron en un año largo los padres de la esposa; e esta la engañaba diciéndole que era para hacer negocios y aumentar la fortuna para tener el pretexto de meterle mano al dinero, invirtiendo según el en productivas hipotecas, compra de tierras y casas. Así se fue aquel patrimonio, sin que nunca llegaran las tan esperadas ganancias, pero lo que si llegaron fueron las discusiones, los pleitos, los malos tratos; a doña Inés le esperaban largos de días de sufrimiento junto a aquel vicioso.
Pasó el tiempo y arribó a este mundo un niño, pero en vez de traer alegría como en toda familia que se preciara, traería un terrible desenlace para la madre primeriza ¿Cómo terminó doña Inés? Sigue leyendo.
La mujer decidió negarse a las exigencias monetarias de su marido, pues lo poco que le quedaba sería para asegurar el futuro de su hijo. Ante tal decisión Don Pedro montó en cólera y pocas fueron las palabras y los golpes para descargar su ira hacia aquellos dos seres inocentes condenados a la desgracia.
Cierta noche el esposo vio que del cuello de su mujer pendía un hermoso collar de rubíes, a lo que quiso apoderarse de la joya, pero ella opuso resistencia; las malas palabras no se hicieron esperar la igual que los golpes. Amenazó a doña Inés de dar muerte a su hijo, ella lo apretó contra sus brazos. Don Pedro ciego de rabia, la arrastró hacia un hueco que había en la pared, metió a empellones afianzándola al muro con cuerdas atadas en alcayatas para que no pudiera salir, y empezó el siniestro trabajo de emparedarla, cubriendo el hueco lo más rápido que pudo.
Doña Inés gritaba con los ojos desorbitados, y el lleno de furor ni siquiera la veía, echaba argamasa y afianzaba piedras y más piedras. La pobre mujer estaba ronca de tanto gritar, se retorcía desesperada queriendo desasirse de aquellas cuerdas que la tenían prisionera, sus aterrados ojos veían como poco a poco las hileras de ladrillos iban subiendo, desesperada pedía le decía a don Pedro que tomara todos sus bienes y que la dejara vivir, a lo que él hizo caso omiso. Con enorme angustia veía como los ladrillos iban subiendo, primero a las rodillas, después a la cadera, luego rebasaba el pecho, posteriormente la cabeza y por último la oscuridad total.
Doña Inés finalmente quedó tapiada y lo único que se escuchaba desde el exterior era una voz débil y apagada. El llanto ya había cesado, el silencio reinó llenando a la casa entera de este ambiente, el cual solo fue quebrantado por una distante campanita de un convento.
Don Pedro se desenfrenó como nunca en sus vicios y al poco tiempo murió apuñalado en una bulliciosa mancebía de la calle de las Gayas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario