domingo, 6 de julio de 2014

La hija del encomendero (Sucedió en la Piedad San Miguel Amantla)

Sabido es que entre los aventureros venidos con Hernán Cortés fue que se hizo el primer reparto de tierras en lo que había sido la gran Tenochtitlán. La razón, fue que decepcionados los conquistadores cuando entraron en una ciudad en ruinas, donde no había las riquezas que esperaban, exigieron tierras en compensación y fue así como nacieron las encomiendas.
Mucho se ha hablado de las crueldades y abusos de esa soldadesca enriquecida y vencedora, ebria de sangre y poder,  hasta que el 20 de noviembre  de 1542 el emperador Carlos V expidió las leyes de indias, tendientes a evitar los desmanes del sistema de encomiendas; no obstante, los viejos conquistadores continuaron cometiendo aquellos abusos, sin obedecer el real mandato.
Tal fue el caso de don Eloy de Chavarría y Sánchez, mayorazgo de uno de los soldados de Cortés que había heredado en encomienda las tierras de San Miguel Amantla, en el rumbo de Tacuba. Hombre déspota y cruel, no solo heredó las tierras, sino también los gustos sanguinarios de su padre y su afición a abusar de las jóvenes indias, de quienes siempre se escuchaban sus gemidos y alaridos de auxilio. Los infelices encomendados oían y callaban, aunque no siempre podían disimular el gesto de rabia y amargura que se pintaba en sus rostros por aquello.
En esta ocasión le tocó ser víctima a una hermosa joven india descendiente de los nobles tecpanecas. Los alaridos de la infeliz muchacha cesaron al anochecer, y más tarde, amparada por las sombras de la noche, una silueta femenina se deslizó hasta las chozas de los encomendados, hasta que llegó a la de su padre, en donde le platicó todas las atrocidades que le había  hecho don Eloy, diciéndole que ya no era digna de ser su hija. En un arranque desesperado la muchacha quiso abrirse el pecho con un cuchillo de pedernal que su padre tenía oculto, entonces el cacique comenzó a gritarle a su hija desesperadamente; al escuchar  el escándalo Alfonso acudió rápidamente a auxiliarlo. La vida de los naturales se había convertido en un verdadero infierno desde que la llegada de los españoles, pasando de ser los dueños de estas tierras, a ser sus esclavos. Para poder escapar de aquella terrible pesadilla, con el permiso del padre de la muchacha; sin más tiempo que perder, esa misma noche burlando la estrecha vigilancia de los guardianes de don Eloy, la juvenil pareja se alejó de los campo de encomienda, perdiéndose al poco tiempo en la lejanía para no verse nunca más.
Si se advirtió la fuga de los dominios de don Eloy, no le dieron importancia, por lo que el incidente de la india Catalina pareció olvidarse para siempre. Melchor, el cacique tecpaneca murió meses después sin haber vuelto a saber de su hija, y todo habría quedado sumido por siempre en el olvido, de no ocurrir que años después un caballero que iban cabalgando por tierras bastante lejanas se encontró con una grotesca figura, que la verla el caballo salió huyendo como alma que lleva el diablo;  aquel ser hacía varias muecas extrañas, y sin  dejar de sonreír extrañamente hizo al español la seña de que la siguiera para perderse en la espesura, mientras caminaba se escuchó en la lejanía el aullido de un coyote, seguido de un soplo de viento helado que calaba hasta los huesos. Nuevamente se movió algo entre los matorrales y alcanzó a ver la grotesca figura femenina haciéndole figuras y muecas, brillando atrás de ella el resplandor de una hoguera y eso acabó haciendo que el español se decidera en seguir a la criatura para pasar una caliente y confortable noche. La enana hizo una nueva cabriola y se alejó hacia el monte, seguida esta vez del jinete derribado.
Días después en la casa de don Eloy el anciano padre del  español extraviado el bosque, don Urbano, acudió a hablar con este para que investigara la muerte de su hijo, ya que el cuerpo semidevorado por las fieras había sido encontrado en los terrenos del encomendero. Después de una fuerte discusión en la que don Eloy se negaba a hacer investigaciones y dándole a entender que no le importaba, el padre del muchacho se marchó indignado mientras el otro dejaba escapar una estrepitosa carcajada.
El anciano había abordado su carruaje y se alejaba hacia la ciudad, pero al doblar en un recodo los animales se detuvieron, el cochero los fustigó con furia, pero los caballos se negaron a seguir, antes bien cayeron al suelo dolidos por los golpes. Don Urbano se apeó del vehículo para ver si podía auxiliar, pero en ese momento la grotesca figura de la enana había surgido de pronto y obstruía el paso al coche. L a pequeña monstruosidad empezó a hacer muecas y a sonreír de modo espantoso, cosa que hizo que se erizaran los cabellos de don Urbano; entonces el caballero tuvo el acierto de santiguarse al tiempo que murmuraba una nueva jaculatoria, aquello operó el prodigio de que la extraña criatura diera un salto descomunal y se perdiera corriendo en la espesura, el cochero había enmudecido de asombro, entonces reaccionó cuando las bestias se pusieron nuevamente en pie, y acto seguido reanudaron la marcha lo más pronto que pudieron para salir de ese endemoniado lugar.
Don Urbano contó a su confesor lo ocurrido y le pidió que hiciera llegar bajo secreto de confesión, aquel relato macabro a los tribunales, solo que el santo tribunal actuaba con rapidez en contadas ocasiones cuando de personas influyentes se trataba, y él no lo era. El anciano se encontraba en su estudio meditando sobre aquella situación, cuando su hija ingresó a la habitación para informarle que don Eloy le había mandado en muchas ocasiones cartas de amor, pidiéndole también una entrevista. Don Urbano quiso entonces arreglar el ingreso provisional de su hija en un convento, pero tropezó con serias dificultades, pues en todas partes le pedían el pago de la dote, dinero con el que no contaba.
Mientras tanto, en casa del anciano uno de los criados le dice a la joven que su padre fue arrollado y que debe acudir inmediatamente a auxiliarlo, y sin sospechar que todo era un engaño, acudió a salir en seguimiento de aquellos indígenas; caía la tarde ya, y al doblar en una esquina, un grupo de hombre embozados le taparon fuertemente la boca y en vilo la subieron a un carruaje, que partió velozmente en el acto. El vehículo tomaba camino a San Miguel Amantla poco después, los enloquecidos caballos habían emprendido una veloz carrera que hicieron volcar el carruaje metros adelante. Por algunos minutos todo quedó en silencio, tal parecía que nadie había salido con vida; el primero en levantarse fue uno de los indígenas, que había dado con su humanidad a varios metros de distancia, pero al despertar se encontró con aquella grotesca criatura y lo único que el pobre infeliz hizo fue pedir perdón a la que creía era la madre de todos los indios (Cihuacóatl), antes de dejar de existir. Su compañero en el pescante había muerto al golpearse la cabeza contra una roca; en tanto que, en el interior del carruaje, alguien empezaba a salir: la portezuela se abrió trabajosamente y la joven salió del vehículo, tras ella aparecía una de sus secuestradores en ese momento. En ese instante, los cabellos de aquel hombre se erizaron de pavor ante la aparición de aquella deforme indígena, enloquecido de terror se echó a correr perdiéndose en la oscuridad, escuchándose la poco tiempo un desgarrador alarido. Doña Clara Inés quedó paralizada de sorpresa, miraba a la grotesca figura que ante ella hacía infinidad de muecas y cabriolas;  entonces el aspecto de la pequeña mujercita se hizo horrible, más aún de lo que era naturalmente, y sin poder resistir tan espantosa impresión, doña Clara se desplomó sin sentido.
Don Eloy entre tanto, se impacientaba por la tardanza de los lacayos que había comisionado para secuestrar a la joven, el reloj dio las ocho campanadas y a los lejos aullaban los coyotes, los perros comenzaron a ladrar con furia en ese instante y se originó un gran alboroto entre los indios encomendados, pues alguien hizo sonar la puerta de manera desesperada: era uno de los sobrevivientes del accidente que venía a contarle a su patrón todo lo que había visto y de cómo la criatura se había llevado a su amada. Lleno de ira, don Eloy esa misma noche organizó una expedición a los montes cercanos, hasta que llegaron al lugar de los hechos, pero los hombre que hasta entonces lo había seguido valerosamente, se detuvieron en seco: los caballo se negaban a caminar. El encomendero siguió solo el camino, mientras su comitiva se miraba sobrecogida de temor, santiguándose y elevando plegarias al cielo.
Don Eloy cabalgó y cabalgó por el bosque, que cada vez adoptaba un aspecto más extraño, y de pronto se encontraba al borde de un abismo, que era de donde salía un resplandor rojizo. La pequeña indígena volteó a ver al caballero en ese momento, gritándole que por fin su padre había venido para estar con ella por siempre. El hombre miró a su alrededor, y cuando menos se dio cuenta, estaba rodeado de indígenas que presentaban un aspecto aterrador, entonces la mujercita le dijo que eran todas sus víctimas ya muertas; don Eloy creyó reconocer de pronto a uno de aquellos personajes: la hermosa india Catalina. El encomendero creyó que era víctima de una horrenda pesadilla, echó a correr despavorido sin saber a dónde, pero en ese momento la enana dio nuevos saltos y gesticuló de modo horripilante ante él, que se daba cuenta de que no había escapatoria. La criatura tomó a su padre de la mano, este quiso librarse de la prisión de aquella viscosa y gordezuela manita, pero era como si una extraña fuerza se hubiera apoderado de su cuerpo y su voluntad…
Al amanecer, dos caminantes que pasaban por el camino hacia San Miguel, vieron surgir de la espesura a una hermosa joven. Doña Clara les contó entonces su terrible experiencia, y en compañía de los dos hombres regresó al fin a su casa. Lo dicho por ella hizo que se organizara una expedición para buscar a don Eloy, que fue encontrado en el monte, al parecer devorado por los coyotes.
Pero doña Inés siempre supo cuál había sido el fin del cruel encomendero, cuya historia se pudo reconstruir con datos aportados por otras personas. Lo que no se explicaron jamás fue la razón de que virtuosa joven se hubiera salvado. Muchos piensan que solo fue el anzuelo para atraer a don Eloy. Aunque por el populoso barrio que hoy es San Miguel Amantla, se afirma que aún vaga por las calles el espectro de la monstruosa hija del señor de Chavarría y Sánchez.    

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