Sabido es que entre los aventureros venidos con
Hernán Cortés fue que se hizo el primer reparto de tierras en lo que había sido
la gran Tenochtitlán. La razón, fue que decepcionados los conquistadores cuando
entraron en una ciudad en ruinas, donde no había las riquezas que esperaban,
exigieron tierras en compensación y fue así como nacieron las encomiendas.
Mucho se ha hablado de las crueldades y abusos de
esa soldadesca enriquecida y vencedora, ebria de sangre y poder, hasta que el 20 de noviembre de 1542 el emperador Carlos V expidió las
leyes de indias, tendientes a evitar los desmanes del sistema de encomiendas;
no obstante, los viejos conquistadores continuaron cometiendo aquellos abusos,
sin obedecer el real mandato.
Tal fue el caso de don Eloy de Chavarría y Sánchez,
mayorazgo de uno de los soldados de Cortés que había heredado en encomienda las
tierras de San Miguel Amantla, en el rumbo de Tacuba. Hombre déspota y cruel,
no solo heredó las tierras, sino también los gustos sanguinarios de su padre y
su afición a abusar de las jóvenes indias, de quienes siempre se escuchaban sus
gemidos y alaridos de auxilio. Los infelices encomendados oían y callaban,
aunque no siempre podían disimular el gesto de rabia y amargura que se pintaba
en sus rostros por aquello.
En esta ocasión le tocó ser víctima a una hermosa joven
india descendiente de los nobles tecpanecas. Los alaridos de la infeliz
muchacha cesaron al anochecer, y más tarde, amparada por las sombras de la
noche, una silueta femenina se deslizó hasta las chozas de los encomendados,
hasta que llegó a la de su padre, en donde le platicó todas las atrocidades que
le había hecho don Eloy, diciéndole que
ya no era digna de ser su hija. En un arranque desesperado la muchacha quiso
abrirse el pecho con un cuchillo de pedernal que su padre tenía oculto,
entonces el cacique comenzó a gritarle a su hija desesperadamente; al
escuchar el escándalo Alfonso acudió
rápidamente a auxiliarlo. La vida de los naturales se había convertido en un
verdadero infierno desde que la llegada de los españoles, pasando de ser los
dueños de estas tierras, a ser sus esclavos. Para poder escapar de aquella
terrible pesadilla, con el permiso del padre de la muchacha; sin más tiempo que
perder, esa misma noche burlando la estrecha vigilancia de los guardianes de
don Eloy, la juvenil pareja se alejó de los campo de encomienda, perdiéndose al
poco tiempo en la lejanía para no verse nunca más.
Si se advirtió la fuga de los dominios de don Eloy,
no le dieron importancia, por lo que el incidente de la india Catalina pareció
olvidarse para siempre. Melchor, el cacique tecpaneca murió meses después sin
haber vuelto a saber de su hija, y todo habría quedado sumido por siempre en el
olvido, de no ocurrir que años después un caballero que iban cabalgando por
tierras bastante lejanas se encontró con una grotesca figura, que la verla el
caballo salió huyendo como alma que lleva el diablo; aquel ser hacía varias muecas extrañas, y
sin dejar de sonreír extrañamente hizo
al español la seña de que la siguiera para perderse en la espesura, mientras
caminaba se escuchó en la lejanía el aullido de un coyote, seguido de un soplo
de viento helado que calaba hasta los huesos. Nuevamente se movió algo entre
los matorrales y alcanzó a ver la grotesca figura femenina haciéndole figuras y
muecas, brillando atrás de ella el resplandor de una hoguera y eso acabó
haciendo que el español se decidera en seguir a la criatura para pasar una
caliente y confortable noche. La enana hizo una nueva cabriola y se alejó hacia
el monte, seguida esta vez del jinete derribado.
Días después en la casa de don Eloy el anciano
padre del español extraviado el bosque,
don Urbano, acudió a hablar con este para que investigara la muerte de su hijo,
ya que el cuerpo semidevorado por las fieras había sido encontrado en los
terrenos del encomendero. Después de una fuerte discusión en la que don Eloy se
negaba a hacer investigaciones y dándole a entender que no le importaba, el
padre del muchacho se marchó indignado mientras el otro dejaba escapar una
estrepitosa carcajada.
El anciano había abordado su carruaje y se alejaba
hacia la ciudad, pero al doblar en un recodo los animales se detuvieron, el
cochero los fustigó con furia, pero los caballos se negaron a seguir, antes
bien cayeron al suelo dolidos por los golpes. Don Urbano se apeó del vehículo para
ver si podía auxiliar, pero en ese momento la grotesca figura de la enana había
surgido de pronto y obstruía el paso al coche. L a pequeña monstruosidad empezó
a hacer muecas y a sonreír de modo espantoso, cosa que hizo que se erizaran los
cabellos de don Urbano; entonces el caballero tuvo el acierto de santiguarse al
tiempo que murmuraba una nueva jaculatoria, aquello operó el prodigio de que la
extraña criatura diera un salto descomunal y se perdiera corriendo en la
espesura, el cochero había enmudecido de asombro, entonces reaccionó cuando las
bestias se pusieron nuevamente en pie, y acto seguido reanudaron la marcha lo
más pronto que pudieron para salir de ese endemoniado lugar.
Don Urbano contó a su confesor lo ocurrido y le
pidió que hiciera llegar bajo secreto de confesión, aquel relato macabro a los
tribunales, solo que el santo tribunal actuaba con rapidez en contadas
ocasiones cuando de personas influyentes se trataba, y él no lo era. El anciano
se encontraba en su estudio meditando sobre aquella situación, cuando su hija
ingresó a la habitación para informarle que don Eloy le había mandado en muchas
ocasiones cartas de amor, pidiéndole también una entrevista. Don Urbano quiso
entonces arreglar el ingreso provisional de su hija en un convento, pero
tropezó con serias dificultades, pues en todas partes le pedían el pago de la
dote, dinero con el que no contaba.
Mientras tanto, en casa del anciano uno de los
criados le dice a la joven que su padre fue arrollado y que debe acudir
inmediatamente a auxiliarlo, y sin sospechar que todo era un engaño, acudió a
salir en seguimiento de aquellos indígenas; caía la tarde ya, y al doblar en
una esquina, un grupo de hombre embozados le taparon fuertemente la boca y en
vilo la subieron a un carruaje, que partió velozmente en el acto. El vehículo
tomaba camino a San Miguel Amantla poco después, los enloquecidos caballos
habían emprendido una veloz carrera que hicieron volcar el carruaje metros
adelante. Por algunos minutos todo quedó en silencio, tal parecía que nadie
había salido con vida; el primero en levantarse fue uno de los indígenas, que
había dado con su humanidad a varios metros de distancia, pero al despertar se
encontró con aquella grotesca criatura y lo único que el pobre infeliz hizo fue
pedir perdón a la que creía era la madre de todos los indios (Cihuacóatl),
antes de dejar de existir. Su compañero en el pescante había muerto al
golpearse la cabeza contra una roca; en tanto que, en el interior del carruaje,
alguien empezaba a salir: la portezuela se abrió trabajosamente y la joven salió
del vehículo, tras ella aparecía una de sus secuestradores en ese momento. En
ese instante, los cabellos de aquel hombre se erizaron de pavor ante la
aparición de aquella deforme indígena, enloquecido de terror se echó a correr
perdiéndose en la oscuridad, escuchándose la poco tiempo un desgarrador
alarido. Doña Clara Inés quedó paralizada de sorpresa, miraba a la grotesca
figura que ante ella hacía infinidad de muecas y cabriolas; entonces el aspecto de la pequeña mujercita
se hizo horrible, más aún de lo que era naturalmente, y sin poder resistir tan
espantosa impresión, doña Clara se desplomó sin sentido.
Don Eloy entre tanto, se impacientaba por la
tardanza de los lacayos que había comisionado para secuestrar a la joven, el
reloj dio las ocho campanadas y a los lejos aullaban los coyotes, los perros
comenzaron a ladrar con furia en ese instante y se originó un gran alboroto
entre los indios encomendados, pues alguien hizo sonar la puerta de manera
desesperada: era uno de los sobrevivientes del accidente que venía a contarle a
su patrón todo lo que había visto y de cómo la criatura se había llevado a su
amada. Lleno de ira, don Eloy esa misma noche organizó una expedición a los
montes cercanos, hasta que llegaron al lugar de los hechos, pero los hombre que
hasta entonces lo había seguido valerosamente, se detuvieron en seco: los
caballo se negaban a caminar. El encomendero siguió solo el camino, mientras su
comitiva se miraba sobrecogida de temor, santiguándose y elevando plegarias al
cielo.
Don Eloy cabalgó y cabalgó por el bosque, que cada
vez adoptaba un aspecto más extraño, y de pronto se encontraba al borde de un
abismo, que era de donde salía un resplandor rojizo. La pequeña indígena volteó
a ver al caballero en ese momento, gritándole que por fin su padre había venido
para estar con ella por siempre. El hombre miró a su alrededor, y cuando menos
se dio cuenta, estaba rodeado de indígenas que presentaban un aspecto
aterrador, entonces la mujercita le dijo que eran todas sus víctimas ya
muertas; don Eloy creyó reconocer de pronto a uno de aquellos personajes: la
hermosa india Catalina. El encomendero creyó que era víctima de una horrenda
pesadilla, echó a correr despavorido sin saber a dónde, pero en ese momento la
enana dio nuevos saltos y gesticuló de modo horripilante ante él, que se daba
cuenta de que no había escapatoria. La criatura tomó a su padre de la mano,
este quiso librarse de la prisión de aquella viscosa y gordezuela manita, pero
era como si una extraña fuerza se hubiera apoderado de su cuerpo y su voluntad…
Al amanecer, dos caminantes que pasaban por el
camino hacia San Miguel, vieron surgir de la espesura a una hermosa joven. Doña
Clara les contó entonces su terrible experiencia, y en compañía de los dos
hombres regresó al fin a su casa. Lo dicho por ella hizo que se organizara una
expedición para buscar a don Eloy, que fue encontrado en el monte, al parecer
devorado por los coyotes.
Pero doña Inés siempre supo cuál había sido el fin
del cruel encomendero, cuya historia se pudo reconstruir con datos aportados
por otras personas. Lo que no se explicaron jamás fue la razón de que virtuosa
joven se hubiera salvado. Muchos piensan que solo fue el anzuelo para atraer a
don Eloy. Aunque por el populoso barrio que hoy es San Miguel Amantla, se
afirma que aún vaga por las calles el espectro de la monstruosa hija del señor
de Chavarría y Sánchez.

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