Era una noche común, como cualquier otra. Yo estaba
terminando de limpiar las oficinas de recepción, que era la parte que dejaba al
final de la jornada, porque era donde el personal pasaba los últimos momentos
antes de salir. Recogí la basurilla que quedaba en el piso y pasé el trapeado
húmedo por el mismo lugar, para después llevar todos los utensilios de limpieza
a la pequeña bodega donde guardo mis cosas.
La bodeguita está al final de un pasillo largo,
lleno de eco, donde algunas veces había ya sentido sutil escalofrío, que con el
paso de los 10 hacía más y más intenso. Aquella noche había terminado aún más
tarde que de costumbre. Cuando comencé a caminar por el corredor, escuché un
suspiro prolongado, que me hizo saltar del susto, pero no encontré a nadie. Me quedé algo sugestionado y ya no
pude estar en paz, hasta que salí y me fui a mi casa a descansar. Nunca, en los
dos años que apenas llevaba de trabajar ahí, había escuchado algo así, a pesar
de los comentarios de muchos compañeros de que ahí “espantaban”.
Los siguientes días escuchaba lo mismo, pero nunca
encontré a nadie ni me sentí con la confianza de contárselo a algún compañero
de trabajo, por temor a las burlas, o a qué pensarán que estaba volviéndome
loco y correr el riesgo de perder mi trabajo. Una semana después del primer
incidente, me lleve el peor susto de mi vida.
Al caminar por el oscuro corredor escuché de nuevo
el suspiro, y al volver la vista vi un hombre de aspecto demacrado sentado en
una silla de la recepción. Sentí que el corazón me daba un vuelco y que perdía
el conocimiento, pero sería tal vez mayor mi curiosidad que, en vez de
desvanecerme, me acerqué con un intenso temblor en todo el cuerpo, a pasos muy
lentos hacia dónde se hallaba ese misterioso personaje.
-¿Quién es usted…? ¿Cómo entró aquí?-Pregunté con
una voz que casi causaba risa, del temor que me embargaba.
El hombre suspiró de nuevo con una profunda
melancolía. Me miró con absoluta indiferencia y después agachó la mirada.
Volvió a suspirar.
-Otra vez no vino, ¿verdad?
-¿No vino, quien?-Pregunté yo.
-Amalia… No vino. ¿No la vio usted?
Ahora caigo en la cuenta de que me interese más en
seguir el hilo de la conversación, en vez de averiguar quién era ese personaje y
que hacía ahí. Pregunté de nuevo:
-¿Quién es Amalia? ¿Trabaja aquí?
-Amalia es mi esposa.
“Me di cuenta entonces que portaba un uniforme
gris, a rayas. Se veía gris por lo desgastado y sucio. Era el uniforme de un
reo de los años cuarenta. No parecía ser un fantasma. Más bien se veía como un
hombre enfermo, agotado, abatido y con una profunda tristeza.
-¿Por qué está usted aquí estas horas? Ya se fueron
todos.
Volteé un momento para dejar mi cubeta en el piso y
el trapeador recargado en la pared, mientras hacía una pregunta más.
-¿Trabaja usted a…?
Al volver la vista, ya no estaba.
Sentí, ahora sí, que perdía el conocimiento. Tuve
que poner mi mano en la pared para no perder el equilibrio, mientras revisaba
con la mirada cada rincón de la habitación. El hombre había desaparecido así
como así, sin hacer ruido alguno, sin una sola puerta que estuviera cerca, para
atravesarla velozmente. Sólo aquel lúgubre pasillo, tan largo que era imposible
que un hombre lo recorriera en un parpadeo para desaparecer al final de él.
Corrí por todas partes buscándolo. Aumentaba mi
sorpresa y mi temor al ver que todas las puertas de acceso estaban cerradas con
llave y gruesos candados. Aunque tuviese llaves, aquel misterioso sujeto no
tendría tiempo de abrir las chapas y salir. Simplemente se esfumó en el aire.
Después de esa noche ya no fue fácil quedarme a
trabajar por las noches. La sugestión y mis temores me jugaban bromas muy a
menudo y comencé enfermarme de los nervios. Las sombras parecían cobrar vida y
acercarse a mí amenazadoramente. No obstante, pasaron varios días sin que algún
incidente me sorprendiera.
Yo sé que usted no me lo va a creer, pero fíjese
que este hombre volvió a aparecer ante mí, y así lo hizo durante un tiempo.
Todos los viernes terceros de cada mes aparecía,
siempre preguntándome por su esposa Amalia, aquella que según me contó, nunca
fue visitarlo. Pero, ¿quién era este hombre? En efecto, en un fantasma.
Su nombre era Jacinto. Le apodaban el “Venado”, en
son de burla, pues su esposa le había jugado chueco con su compadre, y le
habían “puesto el cuerno”. Además, para colmo, lo “venadearon”. El compadre y
la esposa infiel planearon un robo y un asesinato. Los adúlteros mataron a una
señora muy rica, que había contratado a Jacinto para que trabajara en su casa,
haciendo algunas reparaciones. Al darse cuenta de que la señora tenía mucho
dinero, la mataron y robaron las cosas de valor, usando el juego de llaves de
la casa que Jacinto tenía su poder. En un largo juicio, la esposa testificó en
contra de Jacinto, alegando que éste había planeado todo. El “Venado” no quiso
que su esposa se fuera a la cárcel, así que aceptó los cargos que le imputaron,
con la falsa promesa de eterno amor por parte de Amelia.
Jacinto esperó y esperó en cada viernes de visita,
a que su amada esposa lo visitara, pero ella nunca vino. Desapareció con el
compadre del “Venado”, llevándose todo el dinero que habían robado. Jacinto
nunca más supo de ella, así que se hundió en una profunda depresión. Estuvo
sólo dos meses y medio en prisión, pues el último viernes que no tuvo la visita
de Amelia, se quitó la vida, colgándose del barandal del segundo piso del
pabellón cuatro, el que ahora es la enorme oficina que colinda con el pasillo
por donde pasa guardar mis cosas.
Todo esto él mismo me lo dijo, aunque nadie me cree
que platiqué con un fantasma, por más de dos meses.
En una ocasión le dije a Luis, un compañero de
trabajo, lo que pasaba, y él solo me dijo que estaba loco y que me tomaba mis
cervezas en horas de trabajo, pero yo le dije que era cierto y lo invité a que
se quedara conmigo la noche del viernes, para que lo viera con sus propios
ojos.
Así lo hicimos y el viernes en la noche Luis estaba
conmigo, pero Jacinto no se apareció esa noche. Tal vez no quiere ser visto por
cualquier persona; sólo por mí. Luis se volvía burlar y me dijo que estaba
loco.
Una noche en que Lupita, la chica que tiene las
llaves de los cajones donde están los registros, me dejó revisar en las
bitácoras, descubrí, para mi asombro, que Jacinto si existió y que todo lo que
me contó fue verdad.
La última noche en que vi el fantasma de Jacinto,
se veía muy triste y me dijo que no podía vivir así, con esa pena a cuestas. Él
cree que está vivo, y actúa como si así fuera. Cada vez que yo le decía que era
un fantasma y que ya estaba muerto, me cambiaba la conversación, o simplemente
ignoraba mis comentarios. Tal vez sea la verdadera condena que debe pagar, aun
después de muerto; vagar eternamente, cada año, reproduciendo los momentos más
tristes y motivos que pasó en esa prisión, cuando injustamente fue privado de
su libertad, cargando con la intensa pena de sentirse traicionado por la mujer
que amaba.
Estoy seguro que mi compañía de algo le debe haber
servido.
FUENTE: Leyendas del México sobrenatural. Héctor
López.

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