Nos encontramos en el siglo XVII en el monasterio de Jesús María, donde una serie de extraños acontecimientos inquietaban de sobremanera a las religiosas. Pero había un lugar en especial donde las manifestaciones sobrenaturales eran más intensas, ahí podían escucharse, ver y sentir cosas que ponen los pelos de punta hasta al más valiente; el aposento en cuestión, era la sala de labores de las monjas, donde pasaban la mayor parte de tiempo dedicándose a los ejercicios que se acostumbraban en la época, como la costura.
El horario no era implicaba un impedimento para las manifestaciones, pues la monjas podían experimentar cualquiera de éstas a plena luz del día. Por la mañana para ir a rezar a la capilla, debían de cruzar el patio central con una hermoso jardín lleno de rosas, pero al pasar por ahí siempre escuchaban unos pasos que se alejaban entre los matorrales. Al caer la medianoche terminaban sus últimas oraciones y se iban las religiosas a recoger a sus aposentos, pero cuando estaban a punto de conciliar el sueño escuchaban que alguien tocaba a su puerta y acto seguido una voz ronca y apagada pronunciaba el nombre de la aterrorizada hermana. Otra cosa que ya se les había vuelto una costumbre era cuando encendían una veladora, se apagaba de la nada, sin ninguna corriente de aire que lo pudiera provocar; y se decía también que al momento que se apagaba el fuego de la veladora se podía ver una sombra, que con su sola presencia extinguía las luces. Otro fenómeno que llenaba a las religiosas de pavor, era cuando se encontraban rezando, detectaban un aroma inconfundible de una fragancia que poco a poco se apoderaba del lugar; se trataba de un olor agrio y penetrante, el cuál era tremendamente parecido al de un cementerio.
Algunas monjas aseguraban haber visto durante dos Jueves Santos seguidos la figura de un monje que subía de las escaleras principales lentamente, con un aire cansado y silencioso; y a juzgar por la apariencia que tenía, aseveraban que estaba muerto, es decir, se trataba nada menos que de un alma en pena; pero debido al terror que tenían las hermanas a aquel espectro, siempre trataban de evitar que este tema saliera en alguna conversación.
Los meses y años pasaron sin pena ni gloria en aquel monasterio, con todo y su fantasma incluido que seguía haciendo de las suyas; pero todo cambiaría un día en que llegara al convento una viuda llamada Tomasina Guillen Hurtado de Mendoza, que su esposo había fallecido hacía apenas dos días, quien llevase el nombre de don Francisco Pimentel. Y grande era la pena de Tomasina ante aquella pérdida pues al morir le dejó una raquítica cantidad de dinero como herencia; pues en el testamento de este hombre decía claramente lo siguiente: “La única condición a la que tiene que responder doña Tomasina Guillen Hurtado de Mendoza para acceder a esta suma de dinero, es que entre de monja al convento de Jesús María”.
La pobre de Tomasina no había tenido una vida feliz, pues desde su infancia había sufrido terriblemente al lado de su madre, quien era una mujer muy mala que no tenía el menor reparo en golpearla o encerrarla; trataba también a su desdichada hija con excesivo rigor, siempre la tenía entre tablas hilando oro, la reprendía por cualquier cosa y la golpeaba con el huso hasta que la descalabraba. No satisfecha la progenitora con los malos tratos que le daba a Tomasina, decidió recluirla en el convento de Jesús María apenas cumplió los quince años de vida; sin embargo a la señora poco le duraría el gusto, pues no la muchacha se las ingenió para escaparse a las pocas semanas de estar ahí, pues sentía que la vida religiosa no era para ella, así que en cuanto puso un pie en el exterior, se dedicó a explorar y conocer el mundo que se la había negado a su corta edad.
En aquella época las calles eran sucias y muy insalubres, así que Tomasina no tardó en contraer varias enfermedades, y una de ellas la puso al borde de la muerte. Sin saber qué hacer, agonizante y desesperada por no tener nada que comer, decidió regresar al lado de su madre para pedirle ayuda; debido a la situación en que se encontraba, la muchacha le prometió a Dios y a su progenitora que si lograba recuperar la salud, se iría de motu proprio a recluir al convento, dedicándose en cuerpo y alma a llevar una vida religiosa hasta su muerte.
Pero como toda jovencita, Tomasina tenía ganas de vivir y no cumplió su promesa, pues apenas se recuperó volvió a llevar la vida de libertades que tanto le gustaba; pero su madre no toleró esta situación y movió cielo, mar y tierra para encerrarla en el convento de Santa Isabel, donde las monjas eran educadas bajo reglas muy estrictas; y como en el caso anterior, poco le duró el gusto a la señora, pues su destrampada hija logró darse a la fuga. Ya fuera del santo lugar, encontró a un hombre del cual cayó perdidamente enamorada y con quien se casara a los pocos meses de conocer, y se trataba de nada menos que de don Francisco Pimentel.
¡Pobre de Tomasina! La mala suerte parecía perseguirla a donde quiera que fuera, pues la vida de sufrimiento que llevó con su madre no tuvo comparación con la que llevaría con su esposo, pues al segundo de día de contraer nupcias don Francisco cubrió todas las ventanas de la casa para impedir que su mujer se asomara o alguien la viera desde el exterior; cuando el caballero salía a la calle se aseguraba de encerrar a su esposa en el más apartado y frío de los cuartos, colocando decenas de candados y cadenas.; pero otra cosa que tenía el señor Pimentel es que era muy celoso, razón por la cual siempre peleaba con su mujer.
Para buena suerte de Tomasina, su “adorado” marido murió a los dos meses y dos semanas de haberse desposado; y cuando llegó la hora de leer el testamento, se dio cuenta de que tendría que entrar de novicia al convento de Jesús María para poder disponer de la herencia. Y como dice el dicho, no hay día que no llegue ni plazo que no se cumpla, pues finalmente Tomasina tuvo que cumplir aquella promesa que había hecho años atrás, que era dedicarse a la vida religiosa hasta el día de su muerte.
Una vez que ingresó al convento, la igual que las demás monjas, comenzó a escuchar aquellos extraños ruidos. Al principio creyó era producto de su imaginación y de su mente tan confundida; pero conforme pasaba el tiempo, aquellas manifestaciones se hicieron más frecuentes y ocurrían en cada vez más lugares; para lo que ella, al igual que otras religiosas, decidió callar, pues el solo hecho de pronunciar lo que todas sabían la hacía estremecerse y paralizarse de miedo.
Las cosas comenzaron a empeorar cuando Tomasina comenzó a tener extraños sueños, en donde se le aparecía el clérigo que todas las monjas aseguraban haberlo visto por una de las escaleras del monasterio. En ese sueño, el religioso le pedía a Tomasina que ella y sus hermanas, le elevaran oraciones para ayudar a la salvación de su alma, con el fin de que pudiera salir de los tormentos y castigos del Purgatorio, lugar donde se encontraba desde hace mucho tiempo, pues no había logrado que alguna monja lo escuchase.
Tomasina le relató aquellos sueños a su confesor, pero este le dijo que todo era pura fantasía, pero ella estaba totalmente convencida de que todo era real. Por varias noches la pobre monja tuvo ese mismo sueño, pero en una de esas ocasiones fue diferente, pues aquella alma le pidió de una manera tan desgarradora le ayudara a que su pena terminara, que sus hermanas le elevaran oraciones y un ayuno a pan y agua, que solo ella debía hacer. En cuanto Tomasina aceptó ayudar a aquella alma terminar con su pena, el difunto tomó su brazo y al instante la monja sintió un terrible dolor que la hizo gritar y acto seguido todas las religiosas se hallaban despiertas.
Tomasina les relató todo lo ocurrido a sus hermanas y les enseñó la marca de la mano que tenía impresa en su brazo, quien no paró de llorar y gritar por el terrible dolor que le causaba.
Se cuenta también que los medicamentos de la época no ayudaron a sanar aquella herida, que las quemaduras no eran de este mundo, pues dicen que se podían observar las marcas de las yemas de los dedos y poros del difunto. Este acontecimiento hizo que se mandaran decir misas y se rezaran rosarios; a pesar de que Tomasina no pudo hacer su ayuno debido a su estado delicado de salud, muchas monjas se ofrecieron a suplantarla, y así finalmente los ruegos desesperados de la pobre ánima fueron escuchados.
Pocos días después el clérigo se le volvió a aparecer a Tomasina, pero no en sueños, para manifestarle su agradecimiento por lo que ella y sus hermanas estaban haciendo por él, que su sufrimiento en el Purgatorio ya no era tan grande, que por las quemaduras no se preocupara, pues tan pronto subiera al Cielo aquellas marcas y dolores desaparecerían por completo, y que le sabría recompensar todas las bondades que había tenido con él, pues solo ella lo había escuchado y ayudado.
Al fin, después de que el pobre clérigo anduvo penando en el convento por cuarenta años, finalmente logró que su atormentada alma lograse descansar; y cuando por fin consiguió subir al cielo, los malestares de Tomasina desaparecieron. Después de estos acontecimientos la vida que llevó aquella monja fue ejemplar hasta el día de su muerte. Cambió sus atuendos hechos de delicadas telas por unas túnicas que la cubrían incluso en los días en que el calor era fuerte; en vez de usar finos colchones y sábanas, durmió en dos toscas tablas de madera tapándose solo con una delgada colcha; incluso llegó a colocar en sus zapatos algunas piedritas y algunos clavos. Tomasina casi no hablaba, pues guardaba su dulce voz para las oraciones y los cantos de medianoche, aunque algunas de sus hermanas decían que la oían platicar con alguien ya muy avanzada la noche, y cuando esto ocurría se podía percibir en el ambiente un olor a carne quemada, que después se convertía en un intenso aroma a flores marchitas. Se decía que cuando esto ocurría, el clérigo visitaba a Tomasina en medio de la oscuridad y silencio de la noche.
Así que ya sabes: si transitas por la calle de Jesús María y observas a una monja y un clérigo, ya sabrás quienes son… dulces sueños.
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