Debido a la situación de la época, los criollos
encontraron la gran oportunidad de concretar el sueño que tanto anhelaban: la
independencia, que empezó desconociendo a Bonaparte como monarca español, y que
se hizo más evidente en el altiplano con el grito de Hidalgo en 1810; el ensayo
de libertad después de 12 años de lucha con un fallido emperador mexicano en el
21, y finalmente una auténtica República en el 23, con el primer presidente que
adoptó un nombre falso, un seudónimo adecuado para semejante ocasión: Guadalupe
Victoria.
En la historia de México, el siglo XIX fue el más
intenso, después del de la conquista. Todo lo que no sucedió en trescientos
años, ocurrió de golpe en cien. Un largo siglo que terminaría con lo que dejó a
medias: una verdadera transformación social, la de 1910.
Comienza el siglo con la visita del barón alemán
Alexander von Humboldt en 1803, aquel increíble intérprete de la naturaleza que
en un año ya había inventariado cuatro millones de kilómetros cuadrados con sus
riquezas, sus carencias y sus grandes desigualdades; indicándonos el
desperdicio y el desaprovechamiento de nuestra enorme cantidad de recursos, y
describiendo en su soberbio: ensayo político sobre el reino de la Nueva España.
Gracias a él, se supo por primera vez lo que éramos y tenemos al alcance de la
mano. Cuenta Madame Calderón de la Barca, esposa del primer embajador español después
de la Independencia, que a su paso por México, aquel Humboldt de 34 años se
enamoró de la Güera Rodríguez, “más cautivado por su ingenio que por su
hermosura”.
El siglo XIX se caracterizó por ser de los
viajeros, de los descubridores y cronistas, y después de los fotógrafos. Todos
descubrían maravillados nuestra nación, excepto nosotros, mexicanos
independientes, liberales o conservadores, desgastándonos en cuartelazos y en
profundizar en esa extraña novedad de una identidad independiente, de un carácter
que tenía que ser propio. Para ello volvimos a fijarnos en lo extranjero, que
al final no era más familiar. Ahora ya no teníamos que ser españoles de segundo
tercera, parecía más fácil imitar a los estadounidenses o franceses, a quienes
parecía irles tan bien en todo lo que hacían. Hasta nuestros días la identidad
mexicana sigue siendo el acertijo predilecto de la sobremesa de sabios e
intelectuales.
El siglo XIX fue el de la luz eléctrica, el
fonógrafo, los primeros coches, el telégrafo, el teléfono, el ferrocarril, los
tranvías eléctricos que atropellaban gente y caballos a montón; pero también
fue el siglo de terribles epidemias de tifo, cólera, influenza; de algunos
fuertes temblores, inundaciones catastróficas y el característico grito que se
escuchaba cuando por las calles se iba: “agua va”, y de las ventanas salían
volando hacia la calle los restos de las bacinicas con orines y excremento,
debido a las malas cañerías de la ciudad.
En el siglo XIX uno podía observar la ciudad entera
desde el Castillo de Chapultepec, esa ciudad que en 1880 llegó a tener 100,000
habitantes con sus pueblos, rancherías y haciendas todavía en las afueras de la
ciudad: Tacubaya, Coyoacán, San ángel, la Hacienda de los Morales, etcétera. Se
veía el paseo de la Reforma con la estatua de Carlos IV, mejor conocida como el
“Caballito”. Se pueden observar también los volcanes y el valle, todavía se
podía ver el único canal que sobrevió a la colonia: la Viga, desde Xochimilco
hasta la Merced, al igual que lo que quedaba de lago de Texcoco.
Dicho siglo fue el de dos intervenciones
devastadoras: la estadounidense en 1847, en donde Santa Anna perdió más de la
mitad del territorio y la vida de los niños héroes. Y la francesa de 1862, con
el triunfo de la batalla del 5 de mayo que cada año recordamos y que tiene una
calle que pasa por detrás de la Casa de los Azulejos. Fue siglo de Maximiliano
y Carlota, que nos dejaron su triste historia y la Calzada del Emperador, o
llamado Paseo de la Reforma y unos músicos que juntos se hicieron llamar
“mariachis”, del francés marriage.
En este siglo estuvieron presentes don Lucas
Alamán, Manuel Ignacio Altamirano, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera,
Urbina, Tablada, Díaz Dufoo, entre tantos otros.
El siglo XIX también fue el de dos oaxaqueños
impresionantes, uno más indio que el otro, soberbios, contradictorios y
geniales cada uno a su modo, que nos marcaron para siempre: Benito Juárez y
Porfirio Díaz. Dicen que Juárez nunca aprendió a sonreír, y un Díaz que se
desinfló con tanta medalla y pompa y protocolo para olvidar su origen zapoteca
tratando de ser un francés absolutista y conservador. Con Juárez aprendimos que
el vicio español de arrasar lo pasado para instaurar el presente había llegado
para quedarse en nuestra conciencia nacional: con las leyes de Reforma se
tiraron iglesias y conventos, entre ellos el primero de América y uno de los
más soberbios de México: el convento de San Francisco, frente a la Casa de los
Azulejos. Y Porfirio Díaz hizo lo propio con su moda francesa que “por ley” mandó
deshacer fachadas barrocas y neoclásicas, y también tira de edificios enteros,
mientras Carmen Romero Rubio de Díaz servía a sus invitados en el Castillo de
Chapultepec menos rotulados en francés: huachinango á la voulavaise. La Casa de
los Azulejos sufrió al decidirse abrir el segundo tramo de la calle de 5 de
mayo en 1881, cuando se tiró una buena parte trasera de la casa para abrirle
paso.

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