Eran tres de doncellas hermosas, y también tres
mozos igualmente galanes. Dichos Mancebo serán los afortunados novios de estas
damiselas. Ellos con todo ánimo andaban bajo la obediencia de don Agustín de
Iturbide. Este hombre vino a México para responder ante las acusaciones graves
que le hacía la gente principal de Querétaro y después de haber salido bien
librado de sus cargos y tras las juntas de la Profesa, partió hacia el sur del
reino, con la firme decisión de hacer la independencia de México y también,
bajo sus banderas, se pusieron los tres apuestos mozos novios de las tres
doncellas.
Estas bellas jóvenes de señorial distinción, vivían
felices y tranquilas en la callada Puebla de los Ángeles; poblanos también eran
los apasionados hidalgos, sus novios. Una de ellas alababa a su amado tanto por
su elegante gallardía como por ser muy valiente. La otra engrandecía a su galán
por ser esforzado y constante amador y porque cantaba magistralmente lindas canciones
en las que jugaba la voz armoniosamente, y la otra, decía más halagos,
ponderando a la vez su arrojo en los peligros y ser un devoto cristiano y en el
amor humilde.
Estos tres galanes de Puebla se hallaban de
guarnición en México, con su regimiento, retenidos por los rigores de la
disciplina que les multiplicaba inconvenientes para no dejarlos ir a su
apacible ciudad y darse el gusto de estar con las gentes de su familia y con
sus respectivas novias, que en las misivas que les escribían, les decían que
los aguardaban con grandes ansias del corazón y que sembraban fatigas con la
esperanza de verlos.
Al fin los apuestos mancebos salieron con sus
deseos y llegaron felices a la Angelópolis, con los corazones dilatados de
gozo. Ellas bebían el raudal del deleite y ellos se llenaban de gran gozo con
la vista de lo que adoraban. La alegría les repicaba en sus corazones festivas
campanitas de plata. Las palabras eran toda una miel. A las ventanas de las
tres doncellas iban por las noches sus galanes repitiendo amores.
Después de rezar la novena que hacían a la Virgen
del Rosario en la suntuosa capilla de la iglesia de Santo Domingo, se iban las
tres damitas a casa de una de ellas para platicar largo y tendido de sus
galanes y los hermosos regalos que recibían de ellos. Para agasajar a sus
novios a una de ellas se le ocurrió prepararles exquisitos manjares. Después de
mucho discutir, una de las jóvenes sugirió mandarles un guisado estupendo que
contuviera bien definidos y claros los colores del distintivo que portaban, que
son los tres bellos colores de su bandera trigarante: rojo, verde y blanco.
Entonces decidieron echar a la suerte que color le tocaría a cada una para
decorar el platillo; la lluvia de ideas comenzó con el chile, jitomate, el
queso, entre otros ingredientes. Tenían que inventar una cosa nueva y
exquisita, nada que se encontraran recetario alguno, algo de un positivo valor
gastronómico, como si fuese sacado de la fértil fantasía monacal o del
grandioso cerebro del cocinero de su majestad imperial Carlos V. Si lograr
ponerse de acuerdo, cada una se retira a sus respectivas casas, para mañana
verse otra vez con ideas nuevas. Pidieron con fervor aquella noche a la Virgen
del Rosario que les iluminara el entendimiento; le rogaron también a San Pascual
Bailón, patrón eficaz de las cocineras.
A la mañana siguiente, un 28 de agosto de 1822,
fiesta titular del señor San Agustín, las tres doncellas acudieron con ánimo
alegre; se regocijaban en su espíritu como si vieran el cielo abierto. Se
cubrieron sus ampulosas faldas con unos grandes delantales blancos, se
comunicaron sus pensamientos y el gusto se asomaba a sus semblantes, conforme
iban hablando. Los santos les habían dado su preciosa ayuda en negocio tan
importante y delicado. Y aquellas delicadas manos de doncellas ricas, se
empezaron a mover con singular gracia en los distintos menesteres que se habían
impuesto para realizar aquella obra que iba a llevar un nuevo contento a los
hombres.
Compraron dos docenas y media de chile poblano, que
crujían deliciosamente al frotar, y su verde de tan profundo que era llegaba
casi a los confines del negro, y tenían un olor que atizaba delicadamente la
gula, alborotando violentamente el apetito. Con sólo olerlos se llenaba la boca
de agua y el corazón de gozo. Tostaron aquellos chiles, después los arroparon
por buen rato entre una servilleta bien mojada, y enseguida los despojaron de
su delgado pellejito con gran cuidado, les hicieron una rajadura en medio no
muy larga, para despojarlos de sus venas y semillas. En tanto, prepararon un
rico aderezo; un suculento picadillo de lomo de cerdo, aderezado con especia
fina, la puntita de ajo y dos hojitas de laurel, le añadieron también trozos de
durazno, piña manzana, pera, pasas y almendras y unos pedacitos de acitrón. Con
todas estas maravillas rellenaron abundantemente los chiles; después batieron
huevos con singular destreza y bañaron cada chile en las pumas a mezcla, y uno
a uno, los echaban en una cazuela con manteca bien caliente. Enseguida
trituraron en el metate una cantidad bastante generosa de nueces de Castilla,
moliéndola finamente hasta formar una pasta a la que se le añadió canela y
azúcar, un chorrito de jerez; queso fresco, y para aligerar la masa la
agregaron un poco de leche.
Toda esta mezcla se le vertió encima a los chiles,
formando filas en torno de una fuente de porcelana que era parte de una vajilla
suntuosa que trajo el galeón de Manila. Con lo cual salió a las mil maravillas
la damisela que tuvo a su cargo el difícil color blanco. La del rojo también se
llevó la gala, quedando como las propias rosas, al echar sobre la blancura de
la nuez, una buena porción de granos de granada. La ingeniosa doncella a quien
le correspondió el color verde, todavía colocó unas ramitas de perejil para
darle un toque extra. Aquello era una alegre fiesta para los ojos. Y así
quedaron bien dispuestos, los magníficos colores de la bandera, gracias al
sutil ingenio de estas damiselas poblanas.
Quedo un plato de artística presentación y seguro
provecho. Superaba a todo sabor y nadie lo podía censurar por picante, quedando
este guiso plasmado en los recetarios de cocina para la posteridad.
Cuando los tres gallardos militares, novios de las
muchachas, comieron de aquel magnífico manjar, los celebraron de manera muy
entusiasta. No abrían la boca sino con encarecidas palabras. También a los
frailes de San Agustín, por ser día de su santo patrono, les fueron enviadas
dos preciosas fuentes con la magnificencia de sus chiles soberanos. Después de
probar los religiosos aquel manjar, resonó todo el lugar con gloriosas
aclamaciones, celebrando ese bocado inapreciable. Lo hacían los buenos frailes
sino engrandecer esos chiles por sus perfecciones y encarecían sobre el oro las
manos primorosas de aquellas doncellas que parecía estuvo gran tocadas de la
gracia divina de Dios. Estos santos varones ayudaron, alegres a la celebridad
de las tres damiselas, no hacían sino coronarlas de gracias al publicar sus
grandezas, y aún las dirigían mil bendiciones y muchos de ellos se ponían
llenos de gozo.
Pronto por toda la Puebla de los Ángeles, se
extendió la famosa receta, siendo un éxito rotundo. No había persona que se
perdiera el gusto de probar aquella joya culinaria.
Se sabe con precisión hasta en que casa se inventó
la inminente receta de los chiles enojada, que fue gesta del mayor aprecio para
Puebla: la que forma esquina con las calles de Micieses y Victoria.

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