domingo, 12 de abril de 2015

La Calle de la Joya (Hoy 5 de febrero)

La florida leyenda colonial que nos habla de una maldita joya ensangrentada, clavada sobre una recia puerta, dio nombre a la que hoy es calle 5 de febrero, desde finales del siglo XVIII la gente la conoció como: la Calle de la Joya. Durante años aquella joya estuvo expuesta sin que nadie osara robarla, pero un día un sujeto quiso quitarla de su sitio y entonces se le apareció el demonio.
¿Qué poderoso maleficio pesaba sobre aquella joya ensangrentada? Algunos historiadores y gentes ancianas, dicen haber visto todavía el agujero que hizo el puñal sobre la madera, pero muy pocos fueron testigos de los momentos en que el Cabildo ordenó abrir las puertas de aquella casa, para ver lo que en su interior había.
Empieza nuestra historia allá por las calles de Mesones, donde felices de su amor un nido habían formado, don Gaspar y doña Violante, compañera fiel y de limpio corazón; mas era tanta la belleza de la esposa, que Gaspar la tenía rodeada de espinas, altos muros y de rosas, para protegerla de las miradas de los hombres. La inmaculada mujer veía así pasar las horas, presa entre flores y el canto de su aves.
Don Gaspar, de las intrigas de la corte ajeno, sabía que su tesoro estaba allá escondido, y que de salones palaciegos, mejor era el tibio perfume de su nido. Toda la gente de la colonia sabía que aquel hombre tenía a su mujer encerrada por temor a la infidelidad. Cuanto más demoraba don Gaspar en la calle, más tardaba en regresar al lado de su esposa amada. En tanto la azafata de Violante, una negra atrevida llamada Maravatía, y tan prieta como tunante, aprovechando la ausencia del patrón, la mujer la tentó como el diablo lo hizo con Lucía, para que saliera a la calle y la acompañara a la casa de la gitana. Vacila la dama, pero finalmente acepta y sube al lujoso carruaje, tirado por finos caballos de negro pelaje, y en ese carro Violante y la negra fueron en aquella ocasión a preguntarle a la adivina las cosas del corazón; la bella mujer se detiene ante la puerta, asustada del talante de una gitana tuerta, quien le hace la predicción de que en poco tiempo vendrá un caballero que prendado de su belleza perderá a tal punto la cabeza, y acabará matándola. Espantada por aquellas palabras de la vieja, Violante la negra corren prestas a la calle.
Pocos meses han pasado desde aquel vaticinio de la bruja, y la mujer con labores de la aguja, pasa el tiempo con su esposo amado; olvidada estalla la gitana, lejos muy lejos sus temores, cuando se escuchan redobles de tambores, cuyo eco traspasa la ventana. Al escuchar tal cosa, ambos corrieron asomarse a la ventana; llegaba el capitán Diego Fajardo, doncel de noble cuna poseedor de gran fortuna y de un porte muy gallardo, y quiso el destino ¡oh desdichada! Que el mancebo mirara la hermosura de Violante allí asomada. Montado en su yegua Jerezana, cuenta la leyenda que desde aquel instante no pudo arrancar su corazón de la ventana; entonces detuvo el paso, la miró extasiado y fuese volviendo el rostro a cada instante, mientras que Gaspar confuso y agitado quería desbaratar aquel semblante; desde ese instante el capitán Fajardo sentía encajado como dardo, la sublime belleza de Violante. Y a su gente plática de aquella que le absorbido la mente, y poco le importó saber que la mujer era casada, estaba dispuesto a conseguir su amor al que tuviera que pagar con su propia vida.
Desde entonces, las sombras protectoras rondando aquella calle le envolvían y unas tras otras, siempre las auroras en el mismo lugar le sorprendían, buscando de Violante los favores siempre se topaba con el muro cubierto de cardos y de flores. Al fin desesperado un día decidió atentar a la infiel Maravatía dándole una buena cantidad de oro para que le entregara una esquela. La astuta negra metió bajo la puerta aquella esquela llena de ternura, más para la honesta y fiel bella Violante, era más que letra muerta aquella petición de una aventura. No obstante así, el galán no se cansaba de rondar la casa de la bella, y a veces pensaba que sería más fácil para el echar mano a una estrella, hasta que una noche la azafata impía, al galán se acerca cautelosa para ofrecerle la llave de la puerta a cambio de una muy buena cantidad de oro. Tres noches más tarde la maldita condujo al enamorado galán hasta los aposentos; de súbito la dama se estremece, cuando se abre la puerta y a sus ojos, el capitán Fajardo se aparece, y va a apostarse ante sus pies para pedirle calme esta pasión que inflama su pecho, pero ante aquel caballero suplicante, la honesta de Violante con encaje el llanto enjuga y le ordena salir de su aposento. Todito el capitán corrido salió de la casa de la dama.
Más no faltó ni infame, quien a don Gaspar dijera que su esposa le era infiel con don Fajardo, y dos días después hizo sus planes, inventando que salía aquella noche y fingiendo alejarse en raudo coche. Brillaba el pomo de su espada cuando Fajardo entró en pos del amor de la casada, pero obtuvo una vez más la misma respuesta de rechazo. Ya que no le podía pagar a la dama a un pecado, entonces sería por su honestidad: un brazalete de oro cincelado que vierte vivos resplandores, en el que con diamantes se ha formado el escudo condal de sus mayores.
En tanto Gaspar entre la negra sombra, mira salir al hombre de su casa, y cuando junto a él airado pasa le reconoce y hasta nombra en voz alta. Como león que su melena agita, lanzó un rugido y a su mansión se precipita; trémulo, vacilante, loco, ciego, siente del odio el espantoso fuego, al descubrir la joya de Fajardo en las manos de aquel ángel silencioso. Está celoso, entonces descubre aquella daga con que Violante estaba dispuesta a defender su nombre, ni la inquiere ni  la insulta; pero en tremenda cólera desechó 100 veces el puñal sobre el honrado pecho de su esposa. Aunque la mujer lo mira con ternura, más el odio en su corazón se inflama; y la sangre en ardorosa llama, tiñe de rojo la blancura. Muerta ya, así sin clemencia, la pálida Violante parece pregonar más su inocencia; entonces su marido recoge con crispada mano aquella joya que dejó el villano, y la ve llena de sangre, tibia, ardiente de la esposa que así cobró una infamia según el punto, solamente alcanza a pensar a devolver la joya, y consumar en sangre la venganza.
Recorre la ciudad con talante fiero, descubre al fin la casa del artero en lo que hoy es 5 de febrero, sus ojos encendidos de fuego, son ojos de un ente poseído por el diablo; su pecho se agita en 1000 espasmos y la sangre se agolpan sus venas. Ante la puerta de la casa aquella, siente que flaquea, que va a caer y que su corazón estalla, entonces toma la joya ensangrentada y clavel filoso puñal; la gruesa puerta de madera cruje y las piedras preciosas a la luz de la luna, iluminan el rostro del hombre cruel. Echa mano al pomo de su espada, pues a cobrar con sangre va lo que supone una afrenta, pero quiere el cielo que el celoso Gaspar que de allí muerto, es víctima de un ataque y no termina lo que su venganza sería.
Encuentran con gran desconcierto a don Gaspar muerto, ante la casa de Fajardo, y la joya ensangrentada pendiente del puñal en la puerta ya clavado; por temor y por respeto a los representantes de la leí aguardaron hasta que el capitán salió, y se da cuenta con pavura de la joya ensangrentada, adivinando de Violante su fin. El llanto enjuga y sus ojos se tornan fieros, y ordena la ronda ir a la casa de la bella mujer para que le informaran de todo lo que hubiera pasado. De los funerales de tan bella como casta dama, encargóse el audaz capitán, causante indirecto de tan triste drama, y ordenó que del portón de su casa nunca fuera arrancado el puñal, ni la joya manchada de sangre. Desde entonces el capitán Fajardo no abandonó su casa, embargada como el de honda tristeza, no comía, no dormía y se oía gemir dolientemente, la culpa no lo dejaba vivir; y dice la crónica y el cuento que después de llorar su desventura, fue a sepultarse un convento.
Lejos del mundo y sus mentidas galas, a Cristo Jesús tendió sus alas, mientras la gente que pasaba por su casa miraba con codicia la joya; más cuando alguien trató de robar la joya, como por arte de magia comenzaba de nuevo a llenarse de sangre, y a muchos les marchó el rostro; otros al tratar de tomar aquella alhaja, vieron que su sombra se perfilaba al diablo. Tiempo hacía que ni guardia había, y aquella casa por maldita se tenía, y es de creerse que algún maleficio hubo, pues muchos fueron los que tomar la joya creyeron, otros aseguraron que quedar presos parecieron cuando afianzaban aquella maldita joya, y no faltó quien dijese que la guardia que antes un soldado hizo, Lucifer ocupaba después. Hasta cronos frailes mandados por el Santo Oficio, desprendieron el puñal y la joya de la puerta de la casa de Fajardo, y la autoridad abrió la casa, encontrando en su interior joyas y dinero diseminados por doquier. Aquí termina este colonial cuento, y según el Provincial Montoya  que vivió con Fajardo en el convento, por esto se le dio el nombre de la Calle de la Joya, que hoy es 5 de febrero.   

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