Esta leyenda causó revuelo en la capital de la
Nueva España, tanto así que todavía podemos conocerla hasta nuestros días a
pesar del paso de tantos años.
El protagonista de esta historia era un hombre que
vivía en una terrible pobreza, que le había arrebatado sus bienes y su familia,
asunto que lo hacía pasar enormes penurias, pues casi nunca tenía dinero para
comer un mendrugo de pan.
Cierta noche en que no podía conciliar el sueño,
acurrucado en el resquicio de una puerta, escuchó que una misteriosa voz le
hablaba y le decía repetidas veces: “Si quieres pan, anda y roba”; el
desdichado hombre lleno de pavor, se puso a rezar de manera frenética, creyendo
que el que le hablaba era el Diablo que se hallaba escondido quien sabe dónde. Cerró
los ojos, lleno de pavor espero a que el amanecer de un nuevo día alejara
aquellas malas consejas salidas de un ser maligno.
Comenzaron a salir los primeros rayos del sol y el
mendigo cogió sus mantas sucias y encaminó sus pasos a una casa cercana para ir
a pedir agua, pero apenas hubo abierto la pesada puerta, comenzó a escuchar
aquella voz que tanto miedo le daba, y que le empezaba a decir “Si quieres pan,
anda y roba”, “quiero pan” contestó el hombre, “pues ve a robarlo”, “¡me
ahorcarán!”, “ve a robar”. “¿Quién me lo ordena? ¿Dios o el Diablo? No hubo
respuesta alguna a esas interrogantes, a lo que el mendigo insistió: “¿No hay
quien responda?”, y lo que la voz contestó “Ve a robar”.
Asustado y turbado, el hombre salió corriendo hacia
la Plaza Mayor hasta llegar a la Catedral, encaminó sus pasos hacia el interior
del templo y se sentó. Trataba de rezar, pero las palabras se le hacían como
madeja de estambre en la lengua, en ese momento levanto su cabeza hacia donde
estaba una dama que rezaba piadosamente con la cara levantada viendo a la
gloria del retablo dorado; y fue en ese momento que los ojos se le iluminaron
cuando vio que la mujer traía en el cuello un hermoso collar de piedras preciosas,
se levantó rápidamente y ocultándose en una columna vio como ella se acercaba a
prender una veladora en el altar de las Reliquias. Aprovechando la penumbra del
lugar, el mendigo se acercó lentamente y con un hábil movimiento despojó de la
joya a su propietaria, para luego correr hacia la salida.
Cuando pensó que había consumado su fechoría de
manera exitosa, un caballero se atravesó y lo detuvo en el camino al tiempo que
le recriminaba de porque robaba, a lo que el mendigo angustiado respondió que
quería pan; el caballero le dijo que él le daría todo lo que quisiera comer y
que no lo denunciaría, siempre cuando regresara la alhaja robada a su dueña.
Así lo hizo aquel hombre; regresó con la dama y le pidió una disculpa, después
siguió al caballero que había conocido.
Los hombres se encaminaron hacia un rumbo apartado,
hasta llegar a una vieja casucha donde entraron y se encontraron con otros
mendigos armados con látigos y disciplinas, golpeando sin parar un bulto
cubierto con lienzos sucios y raídos, pero eran tantos, que no se podía ver lo
que abajo se encontraba. El caballero le explicó al mendigo que su trabajo iba
a consistir en solo golpear, ya que al ser poseedor de gran fortuna, podía
costearse ciertos caprichos. La labor que tenía que desempeñar el pordiosero
consistía en venir todas las mañanas a golpear un bulto, y que al sonar las
campanadas de las tres de la tarde en todas las iglesias pegara más fuerte, con
todas las fuerzas que le diera su cuerpo; eso sí, tendría toda la comida que
quisiera siempre y cuando no abriera la boca sobre aquel asunto, y para
terminar de convencerlo, su patrón le adelanta un duro como incentivo y le dijo
que le diera las gracias a Astaronth por haber tenido esta oportunidad y que le
sábado no fuera a trabajar, pues ese día la casa estaría cerrada para todos.
Dadas las instrucciones el hidalgo salió de la casa.
El mendigo quedó muy contento porque ya tenía
salario, comida y techo, así lleno de energía se dispuso a dar de golpes al
bulto hasta quedar exhausto; llegó la
media noche, cuando la curiosidad se apoderó de su mente y pensó que quería ver
lo que envolvían las telas sin testigo alguno, desató los nudos quitando las
pesadas hebillas y clavos y alzó las pesadas telas, pero al levantarlas se
encontró con algo que nunca imaginaría: ¡Un
Santo Cristo calvado en una tosca cruz! El pobre hombre quedó mudo y
pálido al ver el sacrilegio que había cometido sin saberlo, y lleno de angustia
se arrodilló ante la imagen y le pidió perdón.
Salió a la calle como loco corriendo y gritando por
clemencia para su terrible falta, en ese momento iba pasando una ronda, quienes
pensaron que aquel hombre estaba loco o hechizado, por lo que decidieron
llevarlo atado de pies y manos al cuartel. En ese cuartel el mendigo le relato
a la justicia de que en cierta casucha de la ciudad era azotada la imagen de
Dios. Ni tarda ni perezosa intervino la Santa Inquisición para dar con aquel
pecador, que investigando muy minuciosamente, resultó ser un nigromante
adinerado, quien a base de mentiras se hizo de un crucifijo muy grande, uno de
muchos de lo que había mandado Felipe II o su padre don Carlos; y todo esto
solo para azotar la imagen. Descubierto aquel secreto, aquel hombre fue
apresado, torturado y condenado a la hoguera, y su casa fue derribada.
La imagen fue trasladada a la Catedral, donde le
fueron rezadas varias novenas para desagraviar al ofensa, y con el tiempo fue
adquiriendo fama de conceder favores en tiempo y forma, por lo que la gente lo
empezó a llamar como “El Señor del Buen Despacho”.
En la actualidad lo podemos ver todavía en la
capilla que lleva su nombre, en la nave oriente de la Catedral. Dicen que
todavía sigue siendo tan milagroso como en los tiempos de la Colonia.
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