domingo, 26 de abril de 2015

La niña del cántaro/ El cráneo que grita

La niña del cántaro
Durante el reinado de Luis XI en Francia, la población entera sentía un miedo espantoso a la Santa Inquisición, situación por la cual debían de cuidar muy bien cada uno de sus actos y las palabras que salían de sus bocas.
En un bonito pueblo francés vivió una joven a quien todos apodaban “la niña del cántaro”, porque siempre se le veía con un cántaro lleno de agua fresca, y en las horas más calurosas del día ofrecía a los leñadores y campesinos, a cambio de lo que ellos desearán darle. Era huérfana de padre y su madre estaba muy enferma como para trabajar; por lo que ella tuvo que hacerse cargo de alimentar a su madre y a sus hermanos pequeños.
Al atardecer, diariamente regresaba a su casa con un poco de leña, granos, frutas y hortalizas, que se ganaba con su trabajo. Con la leña prendió el fuego y con los vegetales preparaba una comida deliciosa. Frecuentemente su madre asombrada siempre le decía, que resultaba increíble, que con vegetales tan sencillos pudiera preparar algo tan exquisito.
Sus hermanos también le halagaban mucho el gran talento culinario que poseía; y cuando le preguntaban cuál era su secreto, ella solo les decía que una buena cocinera no debía revelar sus secretos. Pero nada se le comparaba en lo delicioso como su agua, que no sólo saciaba la hacer sino que dejaba una sensación de profundo bienestar. La famosa niña del cántaro no era agraciada físicamente ni tenía ninguna gracia aparente, era más bien una chica del montón, pero después de que sus clientes probaban su agua, crean ver en ella a la más hermosa y graciosa joven del mundo.
Su fama se fue extendiendo, y como nunca falta la gente envidiosa llena de malicia, no tardaron en denunciarla ante la Santa Inquisición. Una tarde, mientras la muchacha preparaba su deliciosa comida, llegaron tres hombres a detenerla. La pobre niña se quedó asombrada de ver en los rostros aquellos hombres una maldad tan grande, que lo único que pude hacer fue sentir pena por ellos. Aquellos malvados corazones deben estar muy tristes, pensó ella y quiso ablandarlos con un poco de agua, pero a los policías se les había advertido que aquella agua estaba embrujada, por lo que se negaron a beberla y se la llevaron violentamente.
Las retorcidas mentes de los inquisidores decidieron que  la tortura ideal para la niña, sería la del agua; así que procedieron a atarla a una mesa para que quedara totalmente inmovilizada. El verdugo le metió un trapo en la boca hasta que le quedó la garganta, después le fue echando agua lentamente, produciéndole una terrible sensación de ahogamiento. Cuando el verdugo notaba que la muchacha no resistiría más, le sacaba el trapo de la boca y la dejaba descansar unos momentos; la pobre niña tosía y jalaba aire desesperadamente, con la boca bien abierta. Después aquel perverso hombre volvía a meterle el trapo y continuaba torturándola.
Cuando eran las dos de la mañana, el verdugo comenzó a sentir sueño y fue reemplazado por otro; pero éste decidió hacerle unos cambios al suplicio: le quitó el trapo y le echo en la boca varios litros de agua presión. La pobre niña del cántaro murió ahogada.
Cuenta la leyenda que en el sitio donde fueron enterrados sus restos mortales, surgió de pronto un arroyo y las personas que beben de sus aguas sienten una agradable sensación de bienestar.

El cráneo que grita
Durante el año en gracia de 1600, las hermanas Griffith de Burton, Agnes Hall en Humberside Inglaterra, se vieron envueltas en una terrible tragedia: la más chica de las tres, Anne fue herida gravemente por un salteador de caminos.
En su lecho de muerte les hizo prometer a sus hermanas que le cortarían la cabeza y la colocarían en una mesa en el salón de la casa. Aceptaron la última voluntad de la joven, pero fue sepultada sin cumplir su escalofriante deseo. Al poco tiempo comenzaron a escucharse extraños quejidos, que provocaron que los sirvientes salieran huyendo de la residencia. Cuando las hermanas hubieron desenterrado el cuerpo de Anne y llevaron el cráneo a la casa, los quejidos dejaron de escucharse.
Tiempo después, una mujer arrojó por descuido el cráneo una carreta, los caballos se encabritaron y la casa tembló hasta que el cráneo fue devuelto a su lugar. Hubo muchos intentos por deshacerse de él, pero todos resultaron inútiles y acababan mal. Finalmente el cuarto donde estaba el cráneo fue tapiado con un muro, donde permanece hasta nuestros días.

No hay comentarios: