Ocupaba la casa, que ubicábase en la calle de San Francisco y Callejón del Espíritu Santo, Doña Lucinda de la Helguera, la acompañaba una tía llamada Doña Clara, que había traído a Lucinda a casarla en ventaja, pero la joven no deseaba desposarse con aquel hombre llamado Don Cristóbal de Villalba y Calderón, pues no sentía amor por el; en esos momentos el caballero se hallaba en el Palacio de los Virreyes haciendo una petición singular, al entonces virrey de Nueva España, Don Carlos Francisco de Croix, Marqués de Croix; Don Cristóbal le pidió fuera su padrino de bodas con Doña Lucinda de Helguera, contento, momentos después el caballero llegaba a la casa de la muchacha, para darle la buena nueva y fijar la fecha de la boda para el día de San Genaro.
El hombre pone y Dios dispone, nadie puede cambiar el destino de las cosas…aquellos días eran de época difícil, los monjes jesuitas habían llegado a representar un peligro más para el gobierno y la sociedad; fundada la compañía de Jesús en 1540, a esa fecha ya se decía de ella que era una sociedad anticrisitiana, precursora del anticristo. Los jesuitas en la Nueva España se reunían secretamente, haciendo un balance de sus fuerzas y energías, el clero y el gobierno sentían profundo temor hacia los jesuitas formados en un poderoso ejército.
Portugal fue el primer país que echó de sus tierras a todos los jesuitas, sus doctrinas se consideraban heréticas y peligrosa su asociación con legos y particulares de diversas clases sociales; la noche del tres de septiembre de 1758 había sido asesinado el monarca portugués, José I, cuando regresaba al palacio de Tacuba, principales cabecillas y cómplices, fueron el Duque de Abeiro y el Conde de Astougia. Hechas las pesquisas, se supo que los jesuitas habían inspirado tal asesinato y apresaron a varios culpables, ambos fueron ejecutados el tres de febrero de 1759, para escarmiento de este temido movimiento religioso civil, y pocos días después, la inquisición de Lisboa mandó dar muerte en la hoguera, al padre jesuita Malagrida.
Carlos III de España y su ministro el conde de Aranda, decidieron enviar emisarios al Perú, Guatemala y Nueva España, estos emisarios traían al misión real de investigar a los jesuitas y procurar su expulsión de las colonias; y quiso el destino que uno de esos enviados reales, fuese Don Pedro de Villalba y Calderón, hermano de Don Cristóbal.
Por aquel entonces Don Cristóbal vivía en una casona cerca al palacio del real de Moneda, y hasta allá se fue de inmediato Don Pedro, en busca de su hermano, que no se encontraba en su casa en ese momento, entonces los sirvientes le informaron que lo podía encontrar en la vivienda de Doña Lucinda de Helguera; dadas la señales, el caballero se fue a la casona de San Francisco y Callejón del Espíritu Santo en busca de su hermano.
Pero el destino tenía ya atrapados a los personajes de la historia; Lucinda fue la que abrió la puerta al joven caballero, durante unos minutos quedaron estupefactos, mirándose mutuamente, embelesados, entre flotaba un aire de misterio, de atracción, de interés, que estalló como tempestad interna; al fin el acertó a preguntar por su hermano, el cual tenía poco de haberse ido; la tía de Lucinda recibió muy amablemente al caballero y le habló sobre los dos jóvenes comprometidos. Pero los dos jóvenes había quedado prendados uno del otro, sintiendo que ya no podrían estar uno sin el otro, todavía no se llevaba a cabo el matrimonio y en ese lapso de tiempo pueden pasar muchas, muchas cosas…, pensando en esa posibilidad, los enamorados ambos las miradas y lo que no dijeron sus labios, lo expresaron ardientemente sus ojos; si Lucinda había subyugado con su belleza a Don Pedro, el también había hecho vibrar las cuerdas de su corazón a ella, y fueron acercado sus cuerpos y sus rostros, como embrujados por un soplo pasional, hasta que la tía interrumpió aquel momento, llamando a gritos a su sobrina; afortunadamente no se dio cuenta de nada, en ese momento Don Pedro se despidió y se fue.
Al despedirse el caballero, llevaba la decisión de volver a ver a Doña Lucinda, pero no para saludarla solamente, sino para tratar de lograr su cariño, y hacerle saber el amor que en el había despertado de una manera rotunda.
Los dos hermanos se estrecharon y conversaron largamente de lo que habían hecho durante el tiempo que estuvieron alejados; el tiempo trascurrió y la noche llegó y Don Pedro se dirigió a la casa de Doña Lucinda, y se situó bajo el balcón de la hermosa dama, ansiando verla y recibir una mirada de sus ojos, ella, que la esperaba la llegada de aquel hombre que le había cautivado, se asomó a la ventana y se cambiaron suspiros y se dijeron frases de amor ardiente que la noche cobijó entre sus sombras; y así noche tras noche, fueron diciéndose sus amores, haciéndose promesas y finalmente, la petición…
Doña Lucinda arrojó una soga para que Don Pedro escalara hacia el balcón de la dama, ella cayó en brazos del feliz amante y ambos dieron rienda suelta a su pasión irrefrenable, en ese momento no hubo remordimientos y temores, se amaron y continuaron amándose hasta casi cuando llegaba el alba, acto seguido Don Pedro partió en su caballo, para que aquel amor se mantuviera en secreto. Convertidos en ardorosos amantes, Doña Lucinda y Don Pedro vieron pasar juntos en el lecho varias noches, su pasión arrebatadora crecía y crecía, sin importarles que la fecha del matrimonio con Cristóbal se acercara; entregados así a ese desenfreno traidor, nunca trataron de cuidarse de una mala sorpresa, y así una noche, fueron sorprendidos por el mismísimo Don Cristóbal, éste enfurecido al ver tal escena desenvainó su espada, retando en un duelo a muerte a su hermano; finalmente Don Pedro fue el vencedor y por petición de su amante de darle muerte, obedeció aquella orden cruel, Don Pedro hundió varias veces el acero en el pecho de su hermano, hasta que finalmente falleció; para ocultar el cuerpo los dos amantes lo llevaron al sótano y acto seguido se retiraron.
Al día siguiente, Doña Lucinda sacó a la tía para que Don Pedro su amante, pudiera emparedar al muerto, febrilmente, el joven dio término a su macabra obra de emparedar a su propio hermano. Al saber la desaparición de Don Cristóbal, el virrey montó en cólera y ordenó buscarle por toda Nueva España, días después, Don Pedro llevó su casa a Lucinda, como amante y a la tía Clara, para darle amparo.
Todo transcurrieron lo días y los meses, hasta que cierto día, Don Pedro clavó horrorizado sus ojos, sobre su mano había aparecido una mancha escarlata, corrió a la fuente y metió la mano para lavar aquel estigma sangriento, pero al día siguiente allí estaba nuevamente aquella marca infamante de la sangre de su hermano, pero ésta vez, la marca sangrienta no se borró, permaneció allí roja y fresca y para poderla ocultar se puso un guante y así, ocultando la marca infamante de su crimen, Don Pedro fue a cumplir su misión; se echaron de sus conventos a los jesuitas, comprobándose que la riqueza de esa compañía de religiosos era excesiva; 22 colegios, misiones en Sonora y California, 123 fincas, edificios urbanos y grandes sumas de oro les fueron confiscadas, varios caballeros y familias ricas, pagaban fuertes sumas de dinero como tributo a los jesuitas…se les conocía como jesuitas de capa corta y formaban parte de la poderosa fuerza de esa orden religiosa. El 22 de noviembre de 1771, Carlos III de España, concedió junto con el vizcondado de Tejada, al alcalde de México, que era Don Francisco Fernández de Tejada y Arteaga, quien reconstruyó la casona que habitaba Doña Lucinda de la Helguera; y fue cuando al hacer las reparaciones interiores, se descubrió el esqueleto de Don Sebastián de Villalba y Calderón; en ese momento el esqueleto pidió a los trabajadores le hicieran un favor a cambio de un poco de oro, les contó su triste historia y su gran deseo de vengarse de los amantes.
Armados de valor, los albañiles oyeron las instrucciones dadas por el amarillento esqueleto, y esa misma noche, aquellos hombres cumplieron, no sin temor, con la petición del esqueleto, dejándolo a la entrada de la casona donde vivían los amantes; Don Cristóbal le dio a los albañiles todo su dinero y joyas, y sin resistir más su nerviosismo, los trabajadores se alejaron de allí a toda prisa.
El esqueleto entró al cuarto de la pareja, pero de la muerte que por horror sufrieron los amantes, nadie fue testigo. Al día siguiente Doña Clara reconoció en seguida, por sus carcomidas ropas, a Don Cristóbal, el que fuera el prometido de Lucinda, el esqueleto mostraba una risa burlona entre sus dientes amarillos y helados; Doña Clara los descubrió así, muertos, con un rictus de pavor en sus rostros descompuestos.
Y ahora hagan ustedes, amables lectores, sus propias conjeturas. ¿Pagó Doña Clara a los dos albañiles para que llevaran el esqueleto hasta el lecho de los dos amantes culpables?, ¿O fue la mancha de sangre y esta venganza, obra de la maldición de los jesuitas?
Nos veremos la próxima semana.
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