domingo, 14 de junio de 2015

Los temibles piratas en México

Filibusteros de la Cofradía de los Hermanos de la Costa.
Iniciado el siglo XVII, fray Diego López de Cogolludo relata el saqueo sufrido por la villa de Campeche el 11 de agosto de 1633, llevado a efecto por “más de 500 infantes de diversas naciones, holandeses, ingleses, franceses y algunos portugueses”, llegando en 10 navíos de los cuales siete eran de medio porte. Tan constante se volvieron los ataques piratas a este puerto, que desde entonces comenzó un largo periodo de fortificación de la villa, lo que sin embargo no impidió los asedios de James Jackson en 1644, acompañado de 1500 hombres y 13 navíos de alto bordo; de Henry Morgan, el 17 de enero de 1661, cuando asalto y robó dos fragatas españolas cargadas de mercancías, y su posterior desembarcó dos años después, junto con Christopher Myngs, apoyado con una escuadra de 11 naves.
En noviembre de 1642, la villa de Salamanca Bacalar (o el Chetumal), en el extremo meridional de la península yucateca, fue saqueada por piratas comandados por Diego el Mulato. Desde ese momento aquella comarca quedó abierta al arribo de corsarios y filibusteros, tienes 15 años después establecerían en el territorio de Belice, con el propósito de explotar los bosques y crear una base de operaciones.
En 1667 filibusteros ingleses se dirigieron a las costas de Tabasco, apoderándose más tarde de la villa de Santa María de la Victoria (después Villahermosa), en donde sólo lograron un “pingüe botín”. Pero 10 años después fue trasladada intencionalmente esa villa, refundándose como San Juan Bautista, ante el acoso constante de los piratas ingleses procedentes de la Isla de Términos, que denominaba “de Txis” y utilizaban como base de operaciones.
Aunque el número de incursiones piratas fue mayor en Campeche, el puerto de Veracruz no resultó ajeno a los asedios. El 17 de mayo de 1683 una armada de más de 10 naves, comandada por Francois  Gramont, Lorencillo, o Laurens de Graaf, se abalanzó sobre la ciudad, la cual fue tomada en el transcurso de un “cuarto de hora”. La actividad pirata comenzó con el asalto a las casas reales y al cuerpo de guardia. Los vecinos sorprendidos fuera de casa fueron atacados por los asaltantes, y una orden de  Lorencillo las casas fueron saqueadas. Los habitantes aprehendidos fueron conducidos a la plaza central, y luego encerrados en la parroquia principal.
El sitio duró casi una semana, lo mismo que el encierro de los rehenes, quienes fueron sometidos a severos castigos y amenazas a fin de que entregaran los bienes exigidos por sus captores. Al final fueron desnudados y utilizados como bestias de carga para trasladar todo lo robado a las naves piratas. El monto del botín sumado al costo de las pérdidas y destrozos ascendió a la cantidad de 7 millones de pesos. 300 fueron los muertos.
La lamentable historia volvería repetirse el 6 de julio de 1685, pero ahora en la villa de Campeche, asaltada por una armada filibustera compuesta de 10 navíos, seis balandras, un “barco luengo” y 22 piratas, al mando de los odiados y temidos Lorencillo  y Grammont. Sorpresivamente, 700 filibusteros desembarcaron en el paraje del Beque y formaron cuatro escuadrones de asalto.
Les bastaron unos días para lograr el control total de la comarca, dedicándose a talar los bosques, y saquear las haciendas, ranchos y retiros, robando ganado y cuanto encontraron; todo ello en un perímetro que abarcaba más de 20 poblaciones.
56 días duró la toma del puerto, y la devastación dejada por los piratas resultó más grave que la acometida en Veracruz. A ello contribuyó la huida de los campechanos y la negativa de la autoridad meridense a pagar un rescate por la población y prisioneros de $80,000 y 400 reses mayores. Esa negativa provocó la violenta respuesta de Grammont, quien quemó la villa e inició la ejecución de los cautivos. Antes de zarpar rumbo a Isla Mujeres, los piratas destruyeron todos los cañones del castillo y llevaron consigo a 200 prisioneros. Más tarde, los sobrevivientes describieron el desolador escenario: “Todo estaba arrasado y quemado: casas y barrios enteros; las calles con cuerpos insepultos y degollados. Lo mismo se veía en el interior de las casas y en los pozos. Todo estaba lleno de hediondez de caballos y mulos muertos.”

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