Filibusteros de la Cofradía de
los Hermanos de la Costa.
Iniciado el siglo XVII, fray Diego López de Cogolludo relata el
saqueo sufrido por la villa de Campeche el 11 de agosto de 1633, llevado a
efecto por “más de 500 infantes de diversas naciones, holandeses, ingleses,
franceses y algunos portugueses”, llegando en 10 navíos de los cuales siete
eran de medio porte. Tan constante se volvieron los ataques piratas a este
puerto, que desde entonces comenzó un largo periodo de fortificación de la
villa, lo que sin embargo no impidió los asedios de James Jackson en 1644,
acompañado de 1500 hombres y 13 navíos de alto bordo; de Henry Morgan, el 17 de
enero de 1661, cuando asalto y robó dos fragatas españolas cargadas de
mercancías, y su posterior desembarcó dos años después, junto con Christopher
Myngs, apoyado con una escuadra de 11 naves.
En noviembre de 1642, la villa de Salamanca Bacalar (o el
Chetumal), en el extremo meridional de la península yucateca, fue saqueada por
piratas comandados por Diego el Mulato. Desde ese momento aquella comarca quedó
abierta al arribo de corsarios y filibusteros, tienes 15 años después
establecerían en el territorio de Belice, con el propósito de explotar los
bosques y crear una base de operaciones.
En 1667 filibusteros ingleses se dirigieron a las costas de
Tabasco, apoderándose más tarde de la villa de Santa María de la Victoria
(después Villahermosa), en donde sólo lograron un “pingüe botín”. Pero 10 años
después fue trasladada intencionalmente esa villa, refundándose como San Juan
Bautista, ante el acoso constante de los piratas ingleses procedentes de la
Isla de Términos, que denominaba “de Txis” y utilizaban como base de
operaciones.
Aunque el número de incursiones piratas fue mayor en Campeche, el
puerto de Veracruz no resultó ajeno a los asedios. El 17 de mayo de 1683 una
armada de más de 10 naves, comandada por Francois Gramont, Lorencillo,
o Laurens de Graaf, se abalanzó sobre la ciudad, la cual fue tomada en el
transcurso de un “cuarto de hora”. La actividad pirata comenzó con el asalto a
las casas reales y al cuerpo de guardia. Los vecinos sorprendidos fuera de casa
fueron atacados por los asaltantes, y una orden de Lorencillo las casas fueron
saqueadas. Los habitantes aprehendidos fueron conducidos a la plaza central, y
luego encerrados en la parroquia principal.
El sitio duró casi una semana, lo mismo que el encierro de los
rehenes, quienes fueron sometidos a severos castigos y amenazas a fin de que
entregaran los bienes exigidos por sus captores. Al final fueron desnudados y
utilizados como bestias de carga para trasladar todo lo robado a las naves
piratas. El monto del botín sumado al costo de las pérdidas y destrozos
ascendió a la cantidad de 7 millones de pesos. 300 fueron los muertos.
La lamentable historia volvería repetirse el 6 de julio de 1685,
pero ahora en la villa de Campeche, asaltada por una armada filibustera
compuesta de 10 navíos, seis balandras, un “barco luengo” y 22 piratas, al
mando de los odiados y temidos Lorencillo
y Grammont. Sorpresivamente, 700
filibusteros desembarcaron en el paraje del Beque y formaron cuatro escuadrones
de asalto.
Les bastaron unos días para lograr el control total de la comarca,
dedicándose a talar los bosques, y saquear las haciendas, ranchos y retiros,
robando ganado y cuanto encontraron; todo ello en un perímetro que abarcaba más
de 20 poblaciones.
56 días duró la toma del puerto, y la devastación dejada por los
piratas resultó más grave que la acometida en Veracruz. A ello contribuyó la
huida de los campechanos y la negativa de la autoridad meridense a pagar un
rescate por la población y prisioneros de $80,000 y 400 reses mayores. Esa
negativa provocó la violenta respuesta de Grammont, quien quemó la villa e
inició la ejecución de los cautivos. Antes de zarpar rumbo a Isla Mujeres, los
piratas destruyeron todos los cañones del castillo y llevaron consigo a 200
prisioneros. Más tarde, los sobrevivientes describieron el desolador escenario:
“Todo estaba arrasado y quemado: casas y barrios enteros; las calles con
cuerpos insepultos y degollados. Lo mismo se veía en el interior de las casas y
en los pozos. Todo estaba lleno de hediondez de caballos y mulos muertos.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario