domingo, 7 de junio de 2015

El negrito poeta

Una de las figuras mexicanas más simpática, arraiga de popular es la del Negrito Poeta, el ingenioso improvisador de tantos versos célebres, que la gente no olvida a pesar de los siglos, por la agudeza de su creatividad y la amada figura del juglar de los tiempos virreinales.
Todo investigador, bibliógrafo, cada cronista que se precie, ha dedicado un estudio, un saludo, un recuerdo a aquel humilde Vasconcelos desconcertante que no usaba papel y pluma para rimar, sino que en cualquier lugar, a cualquier hora, estaba listo para recitar sobre un asunto forzado o de cualquier índole. Es así que, el asunto presenta dos aspectos interesantes; el Negrito Poeta llevaba en sí una dualidad personal: la populachera, que todos conocen, y la de expresión profunda que fue admirada por los mismos maestros de retórica y de literatura del Colegio de San Ildefonso, en cuya puerta improvisó ante los doctos, sin haber estudiado nunca.
Claro que, la obra que más perdura y que es más conocida del peregrino rimador callejero, es aquella que por su sencillez y tino está al alcance de la comprensión del vulgo y que, pertenece al folclor nacional, habiendo hecho su propaganda la propia facilidad de los versos que están clavados en el corazón del pueblo. A continuación reproduciremos algunas de las improvisaciones que más fama le dieron; pero antes cabe destacar que la vida del negrito José Vasconcelos discurrió entre los años de 1734 a 1789, abarcando el periodo gubernamental de varios virreyes, con todos los cuales se metió en sus gracejos, aplicándoles sentenciosos versos o sátiras llenas de sal, lo que divertía a Sus Altezas y levantaba comentarios de admiración entre el público amante de su ingenio.
En todos los ámbitos del país son conocidas estas producciones tradicionales del Negrito Poeta: aludiendo a que él era tuerto y el virrey también padecía un defecto ocular, exclamó entre la imagen de Santa Lucía:

Señora Santa Lucía,
por tu singular clemencia,
dame un ojo, Santa mía,
y otro para Su Excelencia.

En relación con los ojos, tuvo esta otra ocurrencia contestando un amigo que le preguntó:

-¿Qué haces aquí, negro tuerto?
-Lo que tú no habrás pensado:
en este mar agitado
navegando para el puerto…

Agradeciendo un peso que le dieron por un acertijo, improvisó:

-El que no llora no mama,
y no me vale ni aún eso.
Sin embargo, cayó un peso;
quien da fruta es buena rama.

Tiene mucha gracia lo que en le contestó a un indigente que le pidió un par de medias viejas, haciendo vieja ella:


¡Pobre de ti, que te quejas
a mí para tu remedio!
¡Qué te partan por en medio
y tendrás dos medias-viejas!

También es muy conocida aquella respuesta que dio la vez que le pidieron que sin ofender al Santo, versificara sobre la siguiente frase: “Santo Domingo es un perro”. En el acto contestó:

En esa opinión no hay yerro;
vive usted desengañado,
pues lo que tiene a su lado
Santo Domingo, es un perro.

Terrible bofetón que asestó a quien le sometió el pie de “El que nació para burro”:

El que nació para burro,
no es otra cosa, por cierto;
yo, dormido, más discurro
que vos estando despierto.

Sobre la impertinencia criolla de “El que nació para guaje”:

El que nació para guaje,
hasta acocote no para;
te ha costado, amigo, cara
la sandez de tu lenguaje.

A una coqueta la puso como no digan dueñas porque los ridiculizó al pasar. La cosa pasó así:

Coqueta:
-Adiós, Negrito Poeta
vestido de tafetán,
taralán, tan, tan.
Negrito:
Cuando nuestro padre Adán
comió la primera fruta,
ya te tenía por… astuta
y moza de un capitán,
taralán, tan, tan.

También se le atribuye, en este género, esta obra respuesta satírica a dos mujeres ligeras que le hicieron burla desde un balcón, tirándole una flor:

Dos flores habéis perdido,
ambas en edades tiernas:
una por abrir las manos
y otra por abrir…

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